lunes, 30 de abril de 2018

Palinodia o canto de gallina

Ahora (Madrid), 10 de abril de 1936

Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno,
como de Dios, al fin, obra maestra.
Miguel de los Santos Álvarez.

Estos versos, que puso Espronceda al frente de su Diablo Mundo, le dirán a usted, mi anónimo reprensor, que acaso —o mejor, al caso— tenga usted razón. Y sólo razón, no más. Quién sabe... ¿A qué este andar con pesimismo a vueltas? ¿A qué verlo todo en negro, en lóbrego y en lúgubre? Los ciegos no ven el campo en negro, como tampoco lo ve usted así con la espalda. Por lo que me dice que no se debe ser pesimista. Y luego, que no hay derecho a serlo. ¿En qué quedamos, en deber o en derecho? Pero, ¡adelante!

Después de esos versos del amigo de Espronceda, con la cuádruple bondad de esta obra maestra de Dios, que es el mundo que habitamos, añadía el Álvarez aquel: “¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!” Vamos, pues, a cantar, pero canto de gallina, o sea palinodia, ya que me dice que usted está arrepentido de un su anterior pesimismo. ¿Cuál la causa? Y que se propone usted acabar su vida, si no reventando de risa, por lo menos con una chanza. Tal vez como un paisano mío muy “chirene”, que al ir a dar su última boqueada se volvió a la pared diciendo: “¡Colorín colorao, este cuento se ha acabao!” ¿A qué tomarlo más en serio? O aquel otro, hombre correcto, que al presentir, en su agonía, el inminente último momento de vida hizo que le afeitasen cuidadosamente y le arreglasen el pelo. No confiaba en que se lo habrían de hacer en cadáver. Y quería tomar el mundo en serio.

“¿Lo toma en serio su autor?”, me pregunta usted. ¡Verá! En mi vieja comedia nueva El Hermano Juan o el mundo es teatro le hago decir a esa reencarnación del Tenorio, hablando de la risa divina, la de Dios: “Sus truenos, los del final del Don Álvaro, me suenan a pavorosas carcajadas...” Y ello es de tradición homérica, pues el Zeus (Júpiter) de Homero hace retemblar el cielo con su risa. Y si me dice que esto es concepción pagana, le diré que en la Biblia se dice que Jehová se ríe de sus enemigos, aunque Clarín le hubiese reprochado esa ocurrencia a don Alejandro Pidal y Mon como si hubiese sido de éste. Sí. Dios se ríe y es humorista, como ha elucidado el famoso deán anglicano, que fue de San Pablo, de Londres, Inge.

¡Y si sólo fuese reírse y tomarlo a broma...! Hay un tremendo pasaje en uno de los dramas de Shakespeare en que éste le hace decir a una de sus criaturas que los dioses —y este plural es un eufemismo— se divierten con nosotros torturándonos como los niños —por lo general, inconcientemente crueles— con bichos, gusanos e insectos. Y le invito a que lea la estupenda novela norteamericana Moby Dick, de Herman Melville, en que la ballena blanca es el símbolo de una terrible divinidad malévola que se complace en atormentar a los hombres. Recuerdo que en mi niñez tuve un amiguito que se divertía en ponerle a un limaco una cerilla encendida encima y ver cómo se arrastraba chamuscado y dejando baba. Y ahora, en mi vejez, veo en tomo mío retrasados mentales que se divierten con algo parecido, y no precisamente con limacos. ¿O es que no cree usted, mi anónimo reprensor, que muchas de las atrocidades que presenciamos no son sino divertimientos? Como eran antaño los autos de fe. Las más de las quemas... sociales son desahogos, diversiones. Y a propósito de desahogo, le voy a contar a usted de un desahogado social que siempre está haciendo alarde de servir a otros —de altruismo—, de servir al común, a la comunidad —de comunismo—, y, en efecto, come, digiere su comida merced a su mucha bilis de resentido y luego va al común a descargarse en él, en el pueblo, de su servicio. ¿Encono? Alguien dirá que resentimiento artístico. Se trata de un literato fracasado, torvo, enconado, cobarde. Cuando habla —pedantescamente— del genio de la especie no se sabe si es del que empuja a la propagación de ella, a la prole, o del que empuja al suicidio colectivo y a la guerra y la revolución. Y éstos son los que llevan a los pobres retrasados mentales, que, con la sesera en puño, se divierten con diversiones fúnebres.

Ahora que hay quien se queja de todo eso. ¡Ganas de quejarse! ¡Manía pesimista! Perversiones humanas, artificiales, no sentimientos animales, naturales. Porque ¿quién nos dice que el insecto torturado o el limaco chamuscado sufre con ello? Yo escribí una vez que habría que comparar —y esto es un absurdo— el dolor de la oveja devorada con el placer del lobo que la devora. Pero ¿quién nos dice que el pobre lobo no sufre con tener que devorar a la oveja y que la oveja no goza con sentirse devorada por el lobo ? Aunque entre los animales no haya ni sadismo ni masoquismo. ¿O no se exalta alguna vez el dolor en goce? ¿No hay hombres y pueblos que se recrean en su propia agonía? Nada, pues, de pesimismo.

El más grande lírico portugués del siglo XIX —ni creo le hubo mayor en España—, João de Deus, tiene una fábula, Cabra, carnero y cochino cebón, en que la cabra y el carnero se extrañan de que el cochino berree en el carro en que les llevan a los tres al mercado, como si fuera mejor ir a pata, y se lo reprochan. Y el cochino cebón responde que a él no le llevan a ordeño ni a esquileo. Y por eso grita: “Aqui d'el-rei! Aqui d'el-rei!” Y añade el fabulista: “¡Hablaba como un hombre! Mucha gente no discurre con tanta discreción. Infelizmente cuando el mal es fatal, el plañido ¿qué vale?, ¿qué vale la prevención? Antes ser insensato que prudente; un insensato, al menos, menos siente; no ve un palmo ante su nariz; ve el presente; está contento; ¡es más feliz!” Y puede ser optimista, agrego yo ahora aquí.

Así, pues, cantemos la gallina, la palinodia; ¡cantemos en nuestra Patria, criaturas! Ni hagamos una divina tragedia de lo que no es ni divina comedia. Volveremos, como el Dante, saliendo de este infierno, a rever las estrellas. Y entre ellas, la revolución... de los astros. Y quién sabe si a reventar de risa mientras truena la carcajada del Señor. Nadie podrá decir que no estamos viviendo unos tiempos interesantes y divertidos. A pesar de los berridos de los cebones. Hagámonos, pues, optimistas. Y colorín colorao...

domingo, 29 de abril de 2018

Fallas y quemas

Ahora (Madrid), 3 de abril de 1936

Hay muy estrecha y honda relación entre las fallas levantinas —o valencianas, alicantinas...— y las quemas de iglesias e imágenes en éstas. Porque hay dos modos, por lo menos, de sentir y comprender la imaginería. Según arte profano y temporal o según arte religioso que se presume eterno. Y hay dos idolatrías, la estética y la del fetichismo mágico. Que a la veces se entremezclan y hasta se confunden. Y cuando alguien se queje de que en las quemas de templos se reduzcan a cenizas obras maestras de arte debe fijarse en que en las hogueras de falla también suelen quemarse verdaderas obras de arte. La diferencia estriba en el modo de sentir y comprender el arte. O estética o religiosamente. O en temporalidad o en eternidad. O en apariencia pasajera o en sustancialidad inacabable.

Hay la idolatría del fetichismo mágico, contra la que suelen revolverse —demoníacamente— los iconoclastas, aun siendo artistas. La obra de arte es para éstos goce del momento que pasa. Ni llegan a lo de Keats, de que “una cosa de belleza es un goce para siempre”. El “para siempre” se les atraviesa. No pueden o no quieren creer en ninguna inmortalidad del alma. En cambio, el fetichismo mágico trata de eternizar y divinizar la materia. De perpetuar los ídolos y las reliquias con supuestas virtudes mágicas. Lo que no quiere decir, ¡claro está!, que no sea condenable la feroz y salvaje rabia iconoclasta de los incendiarios de templos. Y sin excusa alguna.

¿Que no se adora la materia, la madera o la piedra o el bronce? Hace años fue robada de su santuario la imagen de Nuestra Señora de la Peña de Francia en esta provincia de Salamanca. Se hizo otra, mas cuando luego aparecieron los restos de la robada, en un pozo, se los metieron, como reliquias de algo antes vivo, a la talla nueva, dentro de su madera. Para conservar la magia del fetiche. Y tenemos la Pilarica de Zaragoza, la de la leyendaria aparición de la Virgen, que desapareció en el incendio del primitivo templo gótico, y reapareció la actual, su sustituta, imagen borgoñona de mediados del siglo XV. ¡Pero váyase con esto a sus devotos! Habría que recordarle lo que en el capítulo XIX de los “Hechos de los Apóstoles” se cuenta que le pasó a San Pablo en Éfeso cuando los efesios que explotaban a su Artemis (Diana) creyeron que el Apóstol iba a estropearles su negocio idolátrico. Se dice, por otra parte, que cuando se dijo que había aparecido en Compostela el cuerpo del apóstol Santiago un cierto canónigo —con dejos priscilianistas, sin duda— exclamó: “Que sigan excavando a ver si aparece el del caballo.” ¿Tiene, pues, nada de extraño que los que sienten y viven sólo al día, los que no sienten la perennidad, los que acaso, y tal vez por desesperación religiosa —o irreligiosa, que es igual— no creen en el “para siempre” se den a quemar lo que les recuerda el “morir habemos”? Me decía en Alicante, tierra de fallas y quemas, su alcalde que allí la religión popular era la de las habas frescas. La de lo que pasa, a la mañana verde, seco a la tarde. ¡Lo que hablaba yo de esto con Sirval!

Y ahora voy a traer aquí a cuenta dos cosas que le oí en París, en 1925, a mi amigo Vicente Blasco Ibáñez, típico valenciano fallero. Fue la una que hablando en un mitin que dimos allí por entonces y brindándome a mí el pasaje, dijo: “Cuando desaparezca para siempre este conjunto de células que soy Blasco Ibáñez...” Que él no creyese, no pudiere creer en su propia espiritualidad individual no me chocaba; ¡pero que se complaciera en ello...! Y otro día, como se empeñase en ponderarme las grandezas de los Estados Unidos y le replicase yo que él era un hombre para quien el universo visible existía, pero no el invisible, y que como no sabía inglés no había podido penetrar en honduras anglo-sajonas, me atajó así: “Bueno, bueno, esas son teorías, pero los Estados Unidos para usted, para usted; váyase allá y con esas preocupaciones que tiene de la vida después de la muerte inventa allí una religión nueva y en seguida encuentra una porción de viejas chifladas que le den todos los miles de dólares que le hagan falta”. No para inmortalizarse uno, pensé. Aquel “conjunto de células” a quien quemó la vida que pasa parecía no creer en otra. Y, sin embargo...

Los imagineros religiosos tallaron imágenes a las que luego el pueblo idólatra y materialista hizo fetiches y les atribuyó virtudes mágicas. Y no a las mejores artísticamente. Las niñas prefieren las muñecas deformes. Y el fetichismo le consoló de haber nacido y le dio una esperanza — inconscientemente desesperada— de un oscuro ensueño ultramundano sin fin. ¿Y no es acaso demoníaco e inhumano ir contra esa vital ilusión? ¿Materialismo? ¿Cuál? ¿El que se atiene a las apariencias, a los fenómenos pasajeros que la vida quema, a las habas frescas que duran lo que el heno, o el que toma las apariencias por sustancias, por materia permanente, perduradera por los siglos de los siglos? ¿Materialismo? Le hay que da vida íntima; opio que ayuda a vivir contento al pueblo. Mejor que el opio, también materialista —aunque de otra materia— que pregonaba Lenin y mejor que la inhumanidad de los humanistas. Dos opios, que el contraveneno es veneno también. “Simula similibus”...

Queda dicho que la palabra, el verbo, el espíritu, el son, la historia es “aere perennius” más duradera que el bronce. Pero dentro de la historia pasajera, temporal, al día, dentro de la revolución que pega fuego a creencias, consuelos, esperanzas e ilusiones para encender otros, ¿hay acaso otra historia permanente y eterna? ¿Dentro del arte hay religión? El máximo historiador helénico, Tucídides, escribió la historia de la guerra del Peloponeso “para siempre” según su arrogante frase. ¿Para siempre? ¿Las quemas falleras y las revoluciones petroleras pretenden acabar con lo eterno? A lo que algunos llaman materialismo histórico. ¡Quién sabe...!

Y hay quien se queda, bajo sí mismo, con una esperanza desesperada, con una fe incrédula, con un consuelo contrarracional. No sin razón, sino contrarrazón. ¿Cual el gozne de la historia?

sábado, 28 de abril de 2018

Venizelos

Ahora (Madrid), 31 de marzo de 1936

La “Tribuna Libre” (Eléfoeron Vima), el órgano venizelista de Atenas, publicó el dia 19 de éste, apenas muerto Venizelos, el siguiente elocuentísimo escrito de su redactor Spiro Melos, el gran cronista que tan bellas cosas ha escrito de España, por donde viajó hace poco y que conoce y quiere tan bien. Y lo he traducido fielmente a la lengua de Castelar.
MIGUEL DE UNAMUNO

He aquí lo que llorará Grecia

Silencio eterno le selló los labios con la consabida y enigmática sonrisa, la misma sonrisa que había vencido ejércitos, armadas y diplomacias en la historia. La sombra de la muerte apagó los dos festivos cielos helénicos, aquellos luminosos ojos que se le proyectaban fuera de los anteojos y hacían que su cara brillase llena de inteligencia… ¿Y ahora? ¿Se acercarán los hombrezuelos con las sospechosas frasecillas, las babas, las ponzoñas, y las disculpas procesales? ¿A hacer qué? La tumba que abrió el Hado con el impetuoso ritmo de las trágicas purificaciones, es tumba de héroe. ¿Qué buscarán junto a ella los que vivieron y viven con el sagrado temor a la personalidad y cuantos hacen de la lucha contra ésta su cotidiana tarea? ¿Arrojar acaso, en vez de tierra, el indescriptible polvo que levantaron en tomo de él los rencores y las envidias de la inmensa comunidad de las medianías? Sobre esa tumba no puede dignamente alzarse en esta hora sino sólo la Grecia del pueblo, la Grecia de las masas, la Grecia anónima de las muchedumbres. Desgreñada, despechugada, destrozada, se sentará en tierra con sus harapos y se golpeará el pecho y su voz será inmenso plañido y convulsión y quejumbre desde las nevadas cumbres del Beles hasta las faldas de las Montañas Blancas.

Sólo la Grecia de la grande, de la anónima muchedumbre, la verdadera, la eterna y sola —aunque la desgarren cuanto quieran los partidos—, la que figura aquí abajo la forma ideal que adoró Venizelos y a que sirvió un tercio de siglo, sólo ella puede dignamente lamentarse hoy. Porque llorará la asombrosa fábula que vivió con él, cual otra Cenicienta con el hermoso Príncipe, en sueño encantador que al despertar se le disolvió más pronto que el del más leve engaño de primavera. Llorará Grecia sobre esa imprevista tumba su perdida e irrevocable juventud, la increíble juventud que le donó aquel maravilloso mago apenas llegó de su escarpada isla y le tocó con la yema de su dedo. Plañirá las inolvidables visiones de vigor, más fugitivas que las del aleteo del alción, cuando aquel gran faquir, animador, hipnotizador y conductor de las masas levantó a los bravos de todos los rincones del país a que llevasen nuestras águilas guerreras por los viejos gloriosos senderos de Alejandro el Grande y atasen sus caballos a las puertas mismas de la Imperial Ciudad. Con grave sollozo y con amargas lágrimas de arrepentimiento confesará ella, la Grecia del pueblo y de las muchedumbres, encima de la abierta tumba, su primera horrible traición, cuando acobardada, prendida de las predicaciones del apego a la vida y del pequeño helenismo, dejó de creer en él y se paró, desanimada, en medio del camino. Lamentará desde las honduras del corazón la Grecia esta al héroe inverosímil que la agarró entonces con robusta mano y con indomable voluntad la empujó de nuevo a las grandes luchas y a los grandes horizontes con aquella su epigramática palabra: “¡Si tú no crees en mí, yo, sin embargo, creo en ti y es lo mismo!”

Esta Grecia llorará la inimaginable grandeza que conoció cuando, escoltada por su héroe, se sentó, a igual honor, a las mesas de los reyes y los poderosos de la tierra, a que volviese, ilustre, a ser ella misma y, si preciso, a golpear con su puño. Le frotaron los ojos los que se los habían secado antes y hecho pasar por Europa el platillo de la mendiguez, según el mezquino imperialismo de los Theotokis y Rallis: “Dadnos algún pegujar con que nos agrandemos también nosotros un poquito y así nos perdonen nuestros muertos.”

Con estremecimientos y sollozos dirá, golpeándose los pechos la segunda terrible traición, cuando a la grande obra de Sevres, le respondió: “Desdichado, abajo. ¡Fuera de Grecia!” Derramará lágrimas amargas por las ganancias asiáticas que se perdieron del todo, por la mutilación de la Tracia, por las tremendas hecatombes de la muchedumbre, por la desgracia que se desató en el país. Derramará lágrimas de arrepentimiento y de reconocimiento por el celo que mostró él, el desterrado, el perseguido, en correr a Lausana a atestiguar que se esforzaba en recoger los andrajos ensangrentados a que la demencia comunal redujo su obra. Llorará esta Grecia por todas las traiciones a lo suyo propio —y principalmente a lo más precioso de lo suyo—, por las balas de los asesinos, los odios, las injurias, las anatemas. Y llorará desde lo hondo del corazón, sobre todo, al hombre que en medio del vendaval de pasiones que suscitó su inconmensurable personalidad pudo mantenerse firme en su deber, “fiel frente a los infieles”, pronto a servirlos a cada momento y a cada sacrificio. Su acerada voluntad, su asombrosa felicidad de adaptación, su sorprendente agudeza, su genio mismo político, todas sus raras y grandes excelencias, parecen cosa secundaria frente a la grandeza de su carácter, aquella grandeza que se extinguió para siempre y llora hoy Grecia. Y ve, con agonía, dibujarse en el horizonte la amenazadora invasión de la mediocridad y la poca fe.
SPIRO MELAS

(Por la fiel traducción del romaico: Miguel de Unamuno.)

viernes, 27 de abril de 2018

En la muerte de D. Hipólito R. Pinilla

El Adelanto (Salamanca), 31 de marzo de 1936

Al recibir, por telegrama, la noticia de la muerte de don Hipólito Rodríguez Pinilla, dos horas escasas después de ocurrida, sentí que se me iba otro pedazo de mi vida salmantina de cuarenta y cinco años. Y que me iba muriendo yo más. Porque él estaba estrechamente ligado a mi Salamanca, donde viví el tan mentado, simbólico, y ya legendario 1898, el de la generación así llamada. A la que él, don Hipólito, no perteneció en rigor.

Porque él era un epígono de la de 1868, la de la Revolución de Setiembre —la gloriosa— de que su padre, don Tomás, fue aquí reconocido patriarca. Y sus hijos, Hipólito, y el hermano de éste, Cándido, el poeta ciego, que tanto me hizo aprender para poder servirle de lazarillo y de lector, mantuvieron siempre la nobilísima tradición liberal de la Gloriosa, el liberalismo que está pasando por pasajero eclipse. A los de la actual generación simbólica —no sé si de 1931 o de 1923— apenas les dice nada esta muerte. A mí mucho.

Aquí, aparte de su actividad —más que acción— como médico y catedrático de medicina, ejerció la política y llenó cargos en ella. Mas lo propio suyo fue una íntima, innata y radical bondad. Hombre de hogar y de plaza, laborioso, afectuoso, sencillo hasta el candor, crió una numerosa familia sirviendo a sus conciudadanos sin codicias, sin ambiciones, sin rencores, sin insidias, sin envidias, sin resentimientos. Algo excepcional. Fue todo un santo varón, y es lástima que a esta felicísima expresión le hayan prestado un cierto dejo malicioso los recorosos, los insidiosos, los resentidos y los envidiosos y los ambiciosos.

De su amor, filial y paternal a la vez, a su Salamanca, atestigua, entre otras cosas, la Casa Charra, que fue, en Madrid, obra suya.

jueves, 26 de abril de 2018

Ayer, hoy y mañana...

Ahora (Madrid), 27 de marzo de 1936

Vamos despacio, amiguito, que yo no tengo prisa. Aunque quiera metérmela el tiempo. Los viejos no tenemos prisa porque —y tómemelo a paradoja si quiere— sabemos esperar mejor que los jóvenes. Hemos aprendido a esperar; tenemos larga experiencia de la esperanza. Más de una vez me ha oído usted uno de esos aforismos que tanto se me reprochan y que dice que mis pasadas esperanzas de recuerdos se me han trocado —si no en todo, en gran parte— en recuerdos de esperanzas. Pero de estos recuerdos de esperanzas vivo, y ellos, los recuerdos, viviendo en mí, me enseñan a seguir esperando. Y recuerdo —¡todo es recordar!— aquello que leí en el libro de Las variedades de la experiencia religiosa, del psicólogo norteamericano William James, quien, comentando una estrofa terrible de un poema inglés —de uno de los tres Thompson más conocidos en la literatura inglesa—, estrofa en que se predica el suicidio, decía James: “Bueno, pero esperemos a mañana, a ver qué dicen los periódicos.” Vivir en la Historia —y aun revivir en ella— devorado por ella. A ver cómo acaba todo esto. Para empezar otra cosa. “¡Qué tiempos estamos viviendo!”, se oye decir.

Y eso que no nos damos, que no podemos darnos cuenta de lo que estamos viviendo. Saturno o, mejor, Cronos, el Tiempo, se traga a sus hijos sin darles tiempo a que se den cuenta de que son tragados y cómo. Cuando se sepa la historia contemporánea, la actual, la de hoy, de aquí a cien, a quinientos o a mil años, y los de entonces se enteren de cómo la estamos viendo sus actores, se asombrarán de nuestra ceguera. La historia narrada, la historiografía, es el relato de lo que los hombres soñaron que hacían; mas lo que había debajo del sueño sólo llegan a averiguarlo los descendientes de los soñadores, su posteridad, que, a su vez, sueñan lo que están haciendo. Por mi parte, e individualmente, ahora es cuando, a mis más de setenta y un años, empiezo a cobrar conciencia de lo que fue inconciencia de mi niñez, cuando sé lo que entonces ignoraba que me movía. Y así revivo mi niñez. ¿No estaba acaso en el fondo de ella mi vejez de ahora? Como en el fondo de mi vejez está mi niñez de entonces. Y esto es el sentimiento de la continuidad de la Historia.

¿No ha leído usted, amiguito, lo que aquel español del siglo V, que fue Pablo Orosio, escribió de la Historia, que le ceñía y apretaba —“tristezas del mundo” la llamó—, y no ha visto cómo fue narrando la agonía del mundo antiguo, de la antigüedad pagana, en que él, Orosio, agonizaba? Merece la pena de leerla. Parece un héroe que está transmitiendo a la posteridad la agonía de su heroísmo. Es como un telegrafista —de telégrafo sin hilos— de un gran trasatlántico que se está hundiendo y que para aplacar la desesperada congoja de sus compañeros, los tripulantes del navío, les va contando las noticias que va recibiendo y va trasmitiendo a los de fuera el relato del hundimiento de su navío. Es, sin duda, un consuelo. Es tan heroica su acción como la de aquel médico que al llegarle el trance de muerte reunió a sus discípulos en torno a su lecho y les fue explicando su agonía. “Así se muere”, les decía. Y ello recuerda el maravilloso diálogo platónico Fedón, en que Sócrates diserta, en la hora de su muerte, de la inmortalidad. De la inmortalidad en la Historia y en la conciencia universal.

Los pobres soñadores que se creen despiertos y, sobre todo, los pobres energúmenos o poseídos del dogma de su ensueño no llegan a comprender esta conciencia de la Historia. Que es el otro mundo. Hay que oírlos cuando se empeñan en que uno se defina y tome partido, se parta. Y hasta se desaforan cuando uno se esfuerza por penetrar el sentido y la razón de los contrapuestos pareceres de los combatientes de uno y de otro bando. Y es que los pobres siervos de la acción no se dan cabal cuenta del valor de la libertad en la contemplación.

¿Qué va a suceder aquí mañana? ¡Bah! ¡Si nos diéramos cuenta, razón y sentido de lo que está sucediendo hoy...! Por de pronto y de contado, no basta aguardar; hay que esperar y aguantar. Esperar no con espera o aguardo, sino con esperanza. Que hay quien aguarda o espera sin esperanza. La espera —aguardo— está en el tiempo; la esperanza, fuera de él. Lo que llamamos desesperado es algo peor: es un desesperanzado. La espera o aguardo es cosa de razón; la esperanza lo es de fe o es la fe misma. Y aquí, la tragedia.

Pero ¿quién va a dar sentido de la Historia eterna a esos que están quemando ídolos para erigir en otros nuevos, en fetiches venideros, sus restos carbonizados?

miércoles, 25 de abril de 2018

Acción religiosa y acción política

Ahora (Madrid), 20 de marzo de 1936

Acabamos de leer la Carta Pastoral que el obispo de esta diócesis de Salamanca, Dr. D. Enrique Pla y Daniel, ha dirigido a sus diocesanos. Se titula Sentíos miembros vivos de la Iglesia y trata de la cooperación económica a las necesidades del Culto y Clero. Es un escrito de una serenidad y corrección, sin ningún exceso polémico, verdaderamente pastoral.

Parte del quinto de los llamados mandamientos de la Santa Madre Iglesia, el de “pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”. De cómo al suprimirse estos diezmos y primicias por decreto de 29 de julio de 1837 se sustituyeron éstos por el presupuesto de Culto y Clero, obligándose la Nación, en virtud del artículo 11 de la Constitución de 1837, a “mantener el culto y los ministros de la religión católica que profesan los españoles”. Hace notar cómo el verdadero ideal económico de la Iglesia no ha sido nunca “el depender del Presupuesto del Estado”. Cita un Catecismo que decía: “El quinto pagar diezmos y primicias o lo que a esto haya sido debidamente subrogado”. Y viene esta queja: “¿Puede, por tanto, sin ruindad de ánimo y raquitismo de corazón tomarse pie de los haberes pasivos (los concedidos en 1934 a los sacerdotes que en 1931 percibían dotación del Estado) para disminuir la suscripción en las diócesis donde no se había cubierto el antiguo Presupuesto de Culto y Clero?” Y esta queja transcurre a través de la Pastoral toda. Véase esto: “Por nuestra parte, ante los inconvenientes que en la práctica han surgido en las pocas parroquias de nuestra diócesis donde como sanción a los no suscriptores Pro Culto y Clero se les exigían derechos de Arancel doblados o más subidos, con esta misma fecha abolimos esta práctica”. Y esta observación: “Mirad; la supresión del Presupuesto del Culto y Clero ha venido en España después de haberse registrado ya en nuestras dos naciones vecinas y hermanas: Francia y Portugal, y en varias diócesis de estas naciones los fieles han suministrado a la Iglesia más de lo que le suministraba el antiguo Presupuesto del Estado y han podido construir nuevos y espléndidos Seminarios”. Lo que quiere decir que aquí, en España, no empieza a suceder lo mismo. ¿La causa?

Dice el señor obispo: “El desencadenamiento del laicismo y la persecución religiosa en España la ha permitido Dios Nuestro Señor para que despertasen tantos católicos durmientes para quienes en el orden práctico ser católico no era profesar y cumplir una ley de vida, sino poco más que haber sido bautizado en la infancia”. Y aquí creo poder hacer al señor obispo de esta diócesis una observación que no hace mucho le hice al señor obispo de Oviedo a propósito de una Circular sobre la manera de atraer al pueblo obrero a la Iglesia de que se ha apartado. Y es que ese pueblo no profesa ya la fe católica. Ni nuestro pueblo, ni el urbano, ni el campesino, la profesa desde hace mucho. Para él ser cristiano era estar registrado en la fe de bautismo, casarse por la Iglesia y enterrarse según su rito. Mas el registro civil, el matrimonio civil y el entierro civil como actos dentro de la comunidad civil han venido a demostrar que una gran parte, acaso la mayoría, de nuestro pueblo, de lo que se llama pueblo, de las clases populares, no es ya católica. Por lo que ha podido decirse que España ha dejado de ser católica. Y no ahora, después de la República, sino mucho antes. Y de aquí el que sea ahora difícil, dificilísimo, a la Iglesia Católica obtener los diezmos y primicias que fueron sustituidos por el presupuesto de Culto y Clero en 1837, en plena guerra civil entre liberales y carlistas.

Las clases populares, descatolizadas y hasta descristianizadas, no acuden a sostener un culto y un clero que no responden a sus actuales sentimientos religiosos, de los que los tengan. La religión popular, esto es, laica, se desentiende de ese culto y de ese clero. ¿Pero y las clases pudientes?, se dirá. ¿La aristocracia y la burguesía católicas? ¿Todas esas congregaciones y juntas de damas y de caballeros? ¿Todos esos de la llamada Acción Católica?

Es que a esos de la Acción Católica no les mueven, en general, sentimientos religiosos, sino resentimientos políticos. Es que para ellos la religión no es algo para consolar al pueblo y darle una esperanza trascendente, sino lo que llaman un freno para contener a las masas, un medio de conservar el orden de sus negocios. La Acción Católica se ha convertido en la Acción Popular, en la que la religión —o la religiosidad— apenas si juega para nada. El obispo de Oviedo creía poder atraer a los obreros que no creen en el credo católico con programas económicos-sociales y el obispo de Salamanca se lamenta de que el pueblo supuesto católico no acude lo bastante a sostener su culto y su clero. Y en tanto loa católicos pudientes y poderosos gastan —y malgastan— mucho más en la Acción Popular política que en la Acción Católica religiosa. Gastan más en subvencionar una campaña electoral desenfrenada y desaforada —“¡No pasarán!” “¡A por los trescientos!” “Estos son mis poderes”, y demás despropósitos —que en reedificar iglesias quemadas y tratar de convertir a los infieles. Religiosa y no políticamente. Y es que en el fondo, a esos pudientes y poderosos tampoco les animan fe ni esperanza ni caridad religiosas. Su Iglesia, como su Reino, no son sino de este mundo.

Ved lo de la catequesis o instrucción religiosa. Desde que se suprimió esta enseñanza en las escuelas nacionales el clero apenas se da maña para sustituirla debidamente. Dije una vez a una alta autoridad eclesiástica que aquella supresión sería beneficiosa para la Iglesia, pues obligaría a su clero a enseñar el catecismo —y para ello aprenderlo mejor, que buena falta le hace—; pero parece que me equivoqué. Acaso porque también para ese clero la enseñanza religiosa no es propiamente religiosa, sino política.

Los innatos sentimientos religiosos del pueblo, sus esperanzas trascendentes, van por otro camino que solían ir todavía en 1837. Otra religión, laica o sea popular, apunta en el pueblo. ¿Y en el fondo de ésta no alienta, acaso, el fondo de su antigua religión? ¿En el fondo de la fe religiosa del bolchevismo moscovita no alienta acaso la fe del pueblo ruso ortodoxo, que tan bien reflejó Dostoyevski?

Creo inútil advertir al lector que no sea un energúmeno de uno o de otro extremo que yo, por mi parte, en estas reflexiones de contemplación histórica dejo de lado mis propios sentimientos y concepciones religiosos y políticos, que harto los tengo expuestos frente a los que piden definiciones dogmáticas. ¡Es tan difícil hacerse entender en este manicomio suelto que es hoy España!

martes, 24 de abril de 2018

Cine sonoro revolucionario

Ahora (Madrid), 17 de marzo de 1936

Estamos condenados, pobres escritores públicos, publicistas, a repetir arreo las mismas cosas. Y menos mal si, en fuerza de repetirlas, acabamos por darnos cuenta cabal de ellas. Y para ser honrados en nuestra profesión —mejor, misión—, a enfrentamos con los unos y con los otros, esforzándonos a que se conozcan entre sí, éstos con aquéllos. Decíanme una vez que cuando me encaro con uno de derecha —él se lo cree así— me pongo en izquierda, y cuando con uno a quien se le antoja ser de izquierda me pongo en derecha. Y hube de responder que eso es al principio; pero muy pronto tengo que cambiar de posición, cara a ellos, y ponerme del lado a que creen pertenecer para enseñarles a defenderse, pues no lo saben. Para descubrirles la razón a que creen servir. Que no la conocen. Y no la conocen por falta del don de expresión.

Esto de la expresión es uno de mis temas favoritos, el más favorito de mis temas. Es lo distintivamente humano. Cuando oigo decir de alguien que tiene una idea de algo, pero no sabe expresarla, replico al punto que falso. Si no sabe expresarla, no tiene, en rigor, tal idea, y si no tiene idea, tampoco, en rigor, tiene cabal y humano sentido de la cosa, no la siente.

Porque hay el sentido —y, en cierto modo, sentimiento—, hay la idea, la visión, y hay la expresión, la palabra, el son. ¿Sentir? Sea, por ejemplo, un mal de muelas. Es un dolor que adquiere sentido cuando logramos localizarlo en las muelas. “¿Qué es lo que me duele, madre, que no sé dónde me duele?” Cuando se halla el donde del dolor, su lugar en el cuerpo, se adquiere una cierta visión, una cierta idea del dolor. Y así como hay no pocos enfermos que no saben dónde les duele, así en el cuerpo social, en la comunidad humana, los pueblos suelen ignorar dónde les duele cuando les duele. Y se siente humanamente, con sentido —más que con sentimiento—, cuando se acierta a localizar el dolor. Cosa a que rara vez llegan los resentidos, sean hombres, sean pueblos.

Mas no basta con la idea, con la visión —que se fija en el espacio—, sino que para fijarla bien, para razonarla, es menester saber expresarla. Y la expresión, la palabra, el son, pone la idea en tiempo, en desarrollo. El son, la palabra, la expresión, es el que concientiza, espiritualiza, humaniza lo animal que hay en el ser humano. Y un pueblo, cuando halla expresión al mal de que sufre su cuerpo social, descubre la raíz de su dolor. Su lugar y su sentido.

¡El sentido, la visión —idea— y el son o palabra! Y la tragedia de sus relaciones mutuas. Algunas veces, en mis ensueños del alba del despertar, he soñado en un sordo, un hombre sin sentido del son, que guía a un ciego, a un hombre sin sentido de la visión, y en cómo puedan entenderse. O mejor aún, en un ciego casado con una sorda o en un sordo casado con una ciega y de viaje por la vida. ¿Con qué sentido se entiende esa pareja? Y más si suponemos que el sordo —o la sorda— es a la vez mudo de expresión oral articulada. Lo que salva la tragedia es el sentido del tacto, el más radical, el más hondo, el más vital. El que da realidad verdadera, tangible, de cosa que se toca, al mundo.

El “cine” de visión y aun el “cine” de son, el “cine” sonoro, nos están arrebatando el toque del mundo, el contacto íntimo con él. Nos están imbuyendo, sin que nos demos de ello clara cuenta, el sentido —o mejor, el contrasentido— de la irrealidad del mundo. Acabamos por sentirnos como entre fantasmas. Y fantasmas nosotros mismos. De un ante-sueño —expectación— pasamos a un tras-sueño —a una desilusión—. Y esos fantasmas se nos aparecen como almas desencarnadas, como almas en pena. Y no pocas veces como malditas ánimas de la historia que pasa. La historia que estamos pasando, la historia que estamos viviendo, que estamos haciendo, se nos presenta como irrealidad de sueño. Este “cine” sonoro de la que llaman revolución ¿qué es? Y el brutal toque, el choque, el tiro que mata a uno, parece reducirse a una visión y a un son —el estampido— de película.

Venía yo hace poco en “auto” a Madrid de una ciudad castellana, donde hubo la inevitable manifestación de chiquillos y algunos mayores, de ambos sexos unos y otros, con sus estandartes rojos, y en ellos, empresas y emblemas. Una manifestación de “cine” sonoro. Y al venir luego por la carretera cruzamos con grupos de mozos, con sus pañuelos rojos al cuello, que al vernos nos saludaban alzando el brazo diestro y haciéndonos el puño. En general, festivamente. Sólo alguno nos llamó bribones y sirvergüenzas, que, pues íbamos en “auto”, habíamos de ser de los represores y explotadores.

¿Cuál es el sentido de este “cine” sonoro revolucionario?

lunes, 23 de abril de 2018

Paréntesis lingüístico. Grafías, logías y cracías

Ahora (Madrid), 11 de marzo de 1936

Lo que a muchos se les antoja no ser más que juegos de palabras suelen ser más bien juegos de ideas. Y el juego de ideas es idear, es pensar. Con palabras se piensa. En rigor la llamada filosofía se reduce, las más de las veces, a filología. Tenía razón el Mago del Norte, Hamann, cuando en su Metacrítica se lo recordaba a Kant. Y entre nosotros, en nuestra España, los dos acaso mayores jugadores de palabras, Quevedo y Gracián, ¿no fueron los dos acaso mayores jugadores de conceptos, conceptistas, y los más amargos y penetrantes? Uno y otro, al meter el bisturí de su ingenio en las entrañas de nuestra lengua, lo metieron en las entrañas del alma española.

Ahora voy aquí a disertar brevemente acerca de unos términos técnicos —científicos— que hemos tomado de la lengua griega; acerca de unos compuestos que se han hecho de uso corriente. Se trata de las parejas de -grafía y -logia. A las que se puede añadir un terno, y es el de -cracía. Vayamos por ejemplos.

Todo bachiller que se crea algo instruido se figura saber la diferencia que va de biografía a biología y de geografía a geología, de cosmografía a cosmología y que la -logia es algo más elevado, más fundamental, más filosófico que la -grafía. Que las -grafías —biografía, geografía, cosmografía, etc.—, son algo descriptivo, clasificativo, histórico, mientras que las -logias —biologías, geología, cosmología...— son algo explicativo y filosófico. Y, sin embargo...

Sin embargo, la historia es más fundamental, más explicativa, que la filosofía. El que sepa contar —como se cuenta un cuento, una historia— cómo se desarrolla un embrión —¡cómo!—; el que sepa hacer embriología. Y en cuanto a la biografía, a narrar el desarrollo de la vida espiritual de un hombre concreto, de carne, hueso y sangre, de un individuo; el que eso sepa, sabe más biología que el que nos entretiene con elucubraciones respecto a lo que es la vida en sí. La vida en sí, que no es nada fuera de la vida en un viviente individual y concreto. Y al que os diga que la geología es algo más científico que la geografía, decidle que ésta, la geografía —sobre todo la llamada geografía humana—, es lo profundamente filosófico. Y a la vez filológico. Y ahí tenemos la sociología; esta disciplina —y tan disciplina para manos disciplinantes—, ¿no estaría mejor basada en sociografía? Que es lo que llamamos demografía, como a aquélla se la llamaría mejor llamándola demología.

Y he aquí que al llegar a esto de demografía y demología (sociología) se nos atraviesa otro término obsesionante, cual es la democracia. Demografía, descripción del pueblo; demología, explicación del pueblo; democracia, dominio o poder del pueblo. Y se nos viene otra pareja análoga, cual es la de teología y teocracia. Fue la teocracia, o sea el poder o gobierno de Dios, o, mejor, de sus supuestos representantes o ministros del sacerdocio, lo que fraguó, como doctrina en que sustentarse, la teología o ciencia de lo divino, ¿o fue esta ciencia, esta disciplina —¡y tan disciplina!— lo que dio origen a la teocracia? ¿Salió la práctica de la teoría o salió la teoría de la práctica? Y nótese que junto a la teocracia y teología nos falta otro término, cual es el de teografía. Teografía, conocimiento de la historia de la creencia en la divinidad. O sea, historia del origen y desarrollo de la creencia en Dios entre los hombres. Mas dejando esto —que es harto espinoso— por ahora y aquí, ¿es que la democracia ha llegado a formar una demología, una doctrina del pueblo? ¿Es que siquiera los demócratas tienen del Pueblo —escribámoslo con mayúscula— una noción más clara y más precisa que la que de Dios tienen los teócratas? ¿Es que la expresión “soberanía popular” nos es más definida —y definitiva— que la expresión “derecho divino” de las autoridades? (No sólo de los reyes, pues dice el apóstol que toda autoridad viene de Dios.) La demografía —en que culminó Malthus— nos ha dado la base más firme de la demología (sociología), y ésta es la de la democracia.

Y viniendo al segundo elemento de estas tres especies de compuestos tenemos “cracía”, que es poder; “grafía”, que es propiamente descripción, de describir (en griego, grafein) y “logía”, expresión de “legein”, expresar, decir, hablar. La “cracía” dice a la mano o al manejo, a la acción; la “grafía” dice a la escritura, a la visión, o sea a la idea —idea es visión—, y la “logía” dice a la voz, a la palabra. Y así la democracia nos enseña el manejo del pueblo —casi siempre inmanejable—, la demografía nos da una visión del pueblo —mediante las casi siempre engañosas estadísticas—, y la que llamo aquí demología, la expresión de nuestro sentimiento del pueblo mismo. Aunque en rigor este sentimiento no se logra si no con el conocimiento de su historia. ¿O es que alguien puede creer que esa quisicosa que llaman derecho político es algo que se sostiene como no sea en la historia del pueblo? Y no digo historia política, porque toda historia humana lo es. Eso de hablar de historia de la civilización es una redundancia.

Claro está que con estas ligeras apuntaciones sobre las “grafías”, las “logías” (acentúese en la i, no vaya a tomárseles por logias masónicas) y las “cracias”, no he querido sino sugerir al lector la riqueza de matices que se adquiere tratando lingüísticamente ciertos conceptos. Y respecto a las “cracias” tengo que añadir que, acentuando a la griega y no a la latina, se diria “cracía”, con el acento en la í. Pues así como en griego era y es teología y no “theológia” (acento en la segunda o), como en latín, así decían y siguen diciendo “democratía”, “teocratía”, “aristocratía”, como dicen “demagogía” —al igual que pedagogía— y no demagogia. En el griego actual, en el romaico “democratía” equivale a república. Así como dicen telégrama, esdrújulo, que es como lo vengo diciendo y escribiendo desde niño, y sin responder de correcciones del tipógrafo. Ni en este ni en otros casos. Lo mismo ocurre con kilógramo -—que estaría mejor “quilógramo”, sin esa intrusa k—, esdrújulo en griego, que esdrújulo aprendí a decirlo y escribirlo y así continúo. Sin hacer caso de esas pedantescas innovaciones que introdujo un cierto académico, ex-jesuita, amigo y tocayo mío que fue, que se empeñó en acentuar a la latina, y no a la griega, palabras de origen griego. Y menos mal que no logró meternos la hache de “harmonía” Y basta de ortografía y de prosodia (en griego hoy “prosodía”, que, según algunos tratadistas, forma parte de la ortología. Ganas de complicar.

domingo, 22 de abril de 2018

Salud mental del pueblo

Ahora (Madrid), 6 de marzo de 1936

Vamos despacio. ¡Qué triste tarea la de tener que hablar —¡es el oficio!— a un público donde tanto abundan los puntillosos y recelosos y los resentidos! Enfermedades éstas —el puntillo o quisquilla, el recelo y el resentimiento— tan esparcidas por nuestro pueblo español y que producen el otro morbo espiritual nacional, aquel de que tanto trató Quevedo y que no me place volver ahora a nombrarlo. Traería su nombre mala sombra. El más ligero roce levanta roncha. Son enfermedades mentales que me meten miedo. Se da el caso de que reciba cartas de sujetos —¡y tan sujetos!— a quienes no conozco, dándose por aludidos personalmente en algo de lo que escribo. O de algún joven escritor cuyos escritos no conozco —ni por el forro—, y que se me pone a defender lo que no he tenido en cuenta. Y si cayera yo en la flaqueza de decirles que los desconozco, ¡Dios me ayude a sentir! ¿No habéis observado la mirada recelosa de quien al mirarle vosotros —¡triste cruce de ojeadas!— siente como si le estuvieseis oyendo lo que piensa, lo que se dice callandito a sí mismo? Porque hay miradas que desnudan al mirado.

Agréguese otra fatalidad, y es la de que con la mayor extensión —aunque no mayor intensidad— que alcanza el alfabetismo, la instrucción primaria, aumenta el número de los que en Francia llaman “primarios”, y aquí podríamos llamar bachilleres los de vagas nociones dispersas. Los que apenas si han digerido lo elemental, que es lo fundamental. Los que le piden a uno que les explique lo que ha sido mil veces explicado y harto muy bien. Los que le preguntan a uno lo que pueden encontrar en cualquier manualete o en cualquier enciclopedia popular. ¡Las cosas que le preguntarían a aquel benemérito Sbarbi, el de El averiguador universal!

Cuando he leído estudios dirigidos a probar que si se distribuyese por igual la riqueza pública, mucha o poca, todos resultaríamos más pobres —en analogía a lo que en energética física se llama la entropía (véase un manual cualquiera)—, he pensado que cuanto se extiende y se reparte más la ilustración media— que no es, de por sí, cultura—, las gentes se hacen no ya sólo más ignorantes, sino más incomprensivas y menos entendidas e inteligentes. ¿Quién duda de que las obras de vulgarización contribuyen, por lo general, al avulgaramiento del saber y a su degeneración?

Decía el doctor Simarro que España es acaso la nación en que en las Academias científicas se reciben más memorias sobre el movimiento continuo, la cuadratura del círculo y cosas así. No sé si ello sea verdad, pero sí he de agregar que me espanta —así, me espanta— el número de sujetos que se ponen aquí a descubrir mediterráneos y a andar propagando nociones o noticias que casi todo el mundo —incluso aquí— conoce, aunque, como es natural, no se esté a cada paso intentando dárselos a conocer a los otros. “Cada maestrillo su librillo”, reza el refrán, y luego resulta que todos los maestrillos tienen un solo y mismo librillo. O cartilla. “Yo en esto tengo una opinión propia”, os dice alguien que presume de hereje, y os sale con la opinión de casi todo el mundo. ¡Y si al menos se la apropiara de verdad...!

Ese fantástico fantaseador mejicano (sin x) que es Vasconcelos, el de la raza cósmica, salió una vez criticando el Diccionario oficial de la Lengua Castellana por estar lleno de palabras arcaicas —que por lo común no lo son sino en ciertas regiones— y castizas, en vez de estar abarrotado y atiborrado de términos técnicos, de neologismos científicos de física, química, biología, zoología, sociología y demás logías. Neologismos que además cambian y se renuevan a cada paso. ¡Aviados habríamos de quedar si se hiciesen con tal criterio los Diccionarios!

El aumento del caudal de nociones y conocimientos científicos, de descubrimientos tales y de sus cambios, es tal, que las gentes no tienen tiempo de digerirlo. Mucho del desequilibrio mental de hoy, de la neurastenia colectiva —que a veces llega a locura—, se debe a que el ritmo del progreso técnico y científico va mucho más de prisa que el ritmo de nuestro espíritu. Apenas si la inmensa mayoría del pueblo de las naciones que tenemos por cultas ha digerido la revolución copernicana, se ha dado cuenta que la posición de la Tierra en nuestro sistema estelar, y luego otras revoluciones, como la darwiniana, y ya empiezan a sacudimos los fundamentos de la razón —que consiste en creer lo que vemos— nuevas revoluciones. Añádase que la Prensa, el radio, el cine, la aviación y todo lo demás por el estilo nos están atosigando el asiento de la balumba de nuestros nuevos conocimientos. Y hasta hay quien se devana los sesos para entender las teorías de la relatividad de Einstein y otros.

Y menos mal que todavía en algún remoto y recóndito villorrio serrano, por donde apenas si pasa un auto, se pueda encontrar algún pensador rural que conserve una visión juiciosa, serena y honda de la historia. De la historia que le rodea, en la que vive y de la que vive, y que es para él una verdadera historia universal. En ella, en la de su lugar, ve y siente la de todos los lugares y todos los tiempos. Hay quien hablando de estos hombres dice que no conocen sus males, cuando los que no los conocen suelen ser los que van a descubrírselos. Y menos conocen sus bienes. Es que no cogen el buen camino para llegar a ellos.

Pensadores rurales que piensan la historia íntima de su pueblo a través del lenguaje, del hablar, que es para ellos algo vivo. Su filosofía es la de Sancho Panza, una filosofía de refranero, sentenciosa. El valor de los refranes estriba no en su contenido, sino en su continente, en su forma, que es su verdadero fondo. ¿Qué hicieron los famosos y leyendarios siete sabios de Grecia sino acuñar cada uno de ellos una sentencia, dar forma, expresión eterna a un pensamiento que empezó siendo acaso una paradoja para convertirse en un lugar común? ¿Qué es una palabra viva hablada sino una metáfora a presión de siglos históricos? ¿Y cómo se enriquece un idioma sino con nuevas metáforas, con nuevas relaciones entre imágenes vivas? De donde para desentrañar la sabiduría popular estribada en el lenguaje no hay sino llegar al tuétano de él.

Romancear los nuevos descubrimientos, acuñarlos en romance, es hacer carne la sabiduría. Cuando el lenguaje corriente de los bachilleres, de los primarios, abunda en latín indigesto, en vocablos cultos no bien digeridos, no romanceados, ese lenguaje resulta reumático. Y reumático el pensamiento de los que lo piensan. Una lengua enferma y un pensamiento, por lo mismo, enfermo. El habla de Don Quijote era más enferma que el habla de Sancho, y cuando aquél le corregía los vocablos a éste, era éste, Sancho, el que iba mejor encaminado.

He venido a parar a esto del lenguaje por ser mi preocupación. Por creer que muchas de nuestras molestias mentales, entre ellas el puntillo, el recelo, el resentimiento, y la otra, se curarán en gran parte cuando aprendamos a pensar y sentir en el romance vivo de nuestros filósofos rurales. Y al mirarlos, vestirlos de nuestra admiración.

sábado, 21 de abril de 2018

La justicia de Job

Ahora (Madrid), 28 de febrero de 1936

A seguir las huellas de las rachas que siguen. Y a comentarlas en comentario lento, continuo e insistente. A recalcar y remachar. Rachas... ¿De qué? ¿De crímenes? Es término que no me gusta. Más bien de actos de desesperación, de estallidos de conciencias dolientes —mental y moralmente— que se deshacen. Y luego se nos vienen clasificando esos..., llamémoslos delitos pasionales, sociales y... vulgares. Se habla de crimen pasional, de crimen social y de crimen vulgar. Matar por celos es pasional; matar por contraste de ideologías políticas —de lo que se llama así— es social; social también es robar para nutrir el caudal del partido. ¿Y qué es lo que resta para lo vulgar, para la vulgaridad? ¿Acaso matar por matar y robar por robar? ¿Acaso hacerlo por móviles puramente personales? Y, sin embargo, la pasionalidad en los unos casos y la socialidad en los otros, no suelen ser sino disfraz de vulgaridad. Y ni hay porqué la pasionalidad y la socialidad sean declaradas circunstancias atenuantes o acaso eximentes. Se ha dicho que en tiempos de guerra los homicidios y asesinatos vulgares disminuyen. ¡Claro! Los criminales hallan salida gloriosa a sus instintos. Como en tiempos de revolución.

Hay, sin duda, una íntima relación entre la criminalidad pasional, social o vulgar y la violencia que se desencadena en las luchas políticas de nuestra guerra civil. Verdad es que político y civil quieren decir lo mismo, pues “polis” (“civitas”) es la ciudad, y “politis” (“cives”) es el ciudadano. Hijas gemelas las dos: la criminalidad —pasional, social o vulgar— y la ferocidad de la guerra civil política, hijas gemelas de una misma enfermedad mental. Que es la civilización mal digerida; el empacho de civilización atascada.

“La política no tiene entrañas” —se dice a menudo para excusar verdaderos crímenes vulgares. Y cuando se dice eso suele querer decirse que la política tiene malas entrañas. Algunas veces en que he execrado medidas de esas que llaman de gobierno —de defensa del régimen, sea el que fuere éste—, a las claras injustas, se me ha solido responder que no se trataba de justicia, sino de política. Y alguno, que se creía discípulo de Maquiavelo y exaltador de eso que se llama eficacia, ha solido decirme: “Aquí no se trata de justicia; eso de la justicia responde a un criterio liberaloide”. Esto de “liberaloide” lo han empezado a poner en moda los que ni sienten la libertad ni saben lo que fue y sigue siendo y volverá a ser el liberalismo al que tanto odian los pasionales, los sociales y los vulgares... Cuando no tachan de anarquistas o anarquizantes a los espíritus liberales. Tristes resultados de este empacho de civilización mal digerida que amenaza ahogar la individualidad, la santa individualidad. Cuando, esclavos de la masa, los miembros de ésta —que cachos más bien— no sienten sus propias libertad e individualidad, no sienten la justicia. Que consiste en dar a cada cual lo suyo: “suum cuique toi buere”. “Cuique”, de “quisque”, a cada uno, a cada quisque.

Y en esta sima de abyección mental y moral no se sabe esperar. ¡Esperar! ¡Esperanza! La fe es la raíz de la ciencia del saber —razón es creer lo que vemos—; la caridad es la raíz de la moral; pero la raíz de la religión es la esperanza. Esperar aun sin fe; esperar hasta lo absurdo, lo imposible. Fue la virtud teologal de Job, el varón de Hus, el que primero pidió que pereciera el día en que nació y la noche en que se dijo: “Varón fue concebido”, y que aquella noche no se contara entre los días del año —no viviera en la historia—; el que se lamentó de que le hubieran mecido rodillas y dado pechos a mamar, en vez de dejarle descansar muerte —antes de nacido— como aborto clandestino, como los niños que no vieron la luz. Y luego hombre de paciencia, de esperanza, después de haber disputado con Jehová, cuyo leve susurro oyó cuando Él pasaba invisible metiéndole pavor y temblor que le hizo estremecer los huesos todos, y escuchó su silencio y voz, su voz silenciosa. Del Señor que una vez habla y no se le ve más (ХХХШ 14), y se divierte en probar a los inocentes (IX 23). Y aquel varón justo, después de soltar al Cielo sus quejas inmortales esperó justicia.

¡Esperar justicia! No la esperan los que meditan desquite y represalia. Elihú, el buzita, el último de los reprensores de Job, le decía a éste: “¿Qué mal le haces (a Jehová) si pecas; y si multiplicas tus delitos, en qué le dañas? ¿Y si fueres justo, qué le vas a dar? ¿Qué fruto sacará de tu mano?” (XXXV 6 y 7). Era un político que no creía ni en la justicia ni en la esperanza.

Bien sé que el lector de estas amargas reflexiones se preguntará por la seguida que las enlaza y anuda, por la pista de las huellas de las rachas de crímenes de que empecé diciendo. Pues bien; el que sólo sea capaz de seguirlas por A. B. C, a, b, c, y 1.º, 2.º, 3.º, ése no siente toda la pesadumbre ilógica de este ambiente de pasionalidad, socialidad y vulgaridad.

viernes, 20 de abril de 2018

Tempestades, revoluciones y recursos

Ahora (Madrid), 26 de febrero de 1936

“Time writes no wrinkle on thine azure brow.”
Lord Byron, Childe Harold's Pilgrimage (IV, 182).

Vuelta a leer —a oír— aquel estupendo canto al “oscuro azul océano” con que termina la Peregrinación de Childe Harold, de lord Byron, el poeta que se ensimismó la mar. La estrofa 182 del canto IV —y último— le dice al océano: “Incambiable salvo al salvaje juego de tus olas; el tiempo no traza arrugas en tu frente azul; ruedas ahora tal como te vio el alba de la creación.” Y la siguiente estrofa, la 183, reza así —y perdón por tener que traducirla en prosa—: “Glorioso espejo en que la forma del Todopoderoso se refleja en tempestades; en todo tiempo, tranquilo o revuelto, en todo tiempo —brisa, temporal, galerna—, helando el Polo o alzándote sombrío en clima tórrido, sin lindes ni términos, sublime; imagen de eternidad, trono del Invisible, de tu légamo se hicieron los monstruos del profundo; cada zona te obedece; tú sigues, terrible, insondable, solo.”

Contemplando una tremenda tempestad marina desde un abrigo de la costa, en tierra firme, en un promontorio al que baten las olas enfurecidas, se siente cuanto cantó el poeta de la mar, que se ha tragado imperios. Pero vuelve la calma, se serena el espejo del Todopoderoso y refleja el rostro de éste: la estrellada. Y se ve que ni los siglos ni sus tempestades han dejado arruga en su frente azul. Y uno, echándose a meditar, piensa que las honduras del océano, que sus profundidades, las que alimentan su vida, las del légamo de que surgieron monstruos antediluvianos, no han sentido el paso de esas galernas, de esas tormentas y tempestades. Y que esas honduras son la esencia de él, son la raíz de su continuidad. Y se recuerda aquellas palabras que otro altísimo poeta, el autor del Libro de Job, pone en boca del Señor, de Jehová, a quien le hace decir: “¿Quién cerró con diques la mar cuando, impetuosa, se salía de madre? Al ponerle yo las nubes por vestido y al nublado por pañales suyos; cuando le imponía yo mi ley y le ponía puertas y cerrojos; y díjele: Hasta aquí vendrás v no pasarás, y aquí se romperá la soberbia de tus olas” (XXXVIII, 8-11).

Así en la mar del espíritu humano, así en la Historia. No dejan arruga en ella las revoluciones. Pasan con los siglos, y la entraña de la humanidad —y de la humanización— sigue terrible, insondable y sola. Pese a nuestros ensueños de progreso y de civilización.

Estas reflexiones o, mejor, estas meditaciones —poéticas si se quiere— se las hace uno a solas cuando desde una celda de solitario —atalaya en promontorio costero del espíritu— contempla una de estas sacudidas del alma popular a que hemos dado en llamar revoluciones. Y piensa en los hombres y en los pueblos que podríamos llamar, en cierto sentido, submarinos, los que viven muy por debajo de esas olas agitadas. Los que son la raíz de la continuidad humana —de la humanidad continua— de la Historia. Y se echa uno a meditar en la esencia inalterable de esa humanidad, que hace ya bastantes años llamé, en uno de mis primeros ensayos —En torno al casticismo—, intra-histórica.

¿Progreso? Sí, superficial y en lo pasadero, no en las honduras. Y aun ese progreso, avanzando de pronto, como en salto —o mejor, en sobresalto—, cien pasos para tener que arredrarse después noventa y nueve y no haber ganado sino uno solo —¡y menos mal!—, y volver luego, tras lento caminar, a marcha de caracol cargado con su casa, a dar otro salto de otros cien pasos y otra vez a retroceder noventa y nueve, y... así arreo... Y llega, tras una y otra revolución, tras uno y otro salto —o sobresalto— en que, de mil pasos hacia adelante, sólo se han ganado diez, uno de esos que Vico, en su Ciencia nueva, llamó “recorsi”, esto es, recursos. ¿Reacciones? ¿Retrocesos? ¿Retrogradaciones? Más bien encalmamientos. O acaso sumersiones en las honduras de la mar de la Historia. Tal lo que hemos dado en llamar la Edad Media, tiempo, según los papanatas, de oscuridad y de barbarie. ¡Hay que oír lo que los pobretes entienden por feudalismo, por ejemplo! Tiempo en que la civilidad europea descansó digiriendo la cultura de la antigüedad grecorromana y de la judaica y aun de la índica. Y así pudo venir el recurso del Renacimiento.

Ahora se da en decir que estamos abocados a una especie de nueva Edad Media. Y el caso es que muchas de las supuestas formas nuevas de civilidad no son sino como un trasunto de estructuras medievales. Y así como se perdieron u olvidaron adelantos grecorromanos, así se perderán u olvidarán no pocos de estos adelantos —sobre todo, de los técnicos y mecánicos— de que se envanecen los detractores de la Edad Media. Hay quien cree que en un nuevo medievalismo se restaurará el proletariado. Y en un nuevo régimen de gremios, y de comunidades, y de corporaciones. En el fondo, así pensaba Joaquín Costa.

Y, puesto uno a cavilar, se dice: “¿Y en religión?” Porque esto es lo más profundo, lo más hondo de la mar de la Historia humana. Que hasta el fondo del océano llega el reflejo de la estrellada. ¿Es que el comunismo moscovita —en su mayor parte asiático— no contiene el germen de una religión —si no nueva, renovada—, de un recurso religioso, aunque sea ateo? Pues consabido es que el budismo es una religión sin Dios. Y sin otra vida ultramundana, eterna, que el nirvana, el inacabable sueño sin ensueños. Que es también, a su modo, un recurso.

Con estas meditaciones se abroquela uno para resistir los embates de esas revoluciones y de sus contrarrevoluciones. “Y en tanto el globo sin cesar navega por el piélago inmenso del vacío”, que dijo nuestro poeta, que no era ni un lord Byron ni menos un autor del libro de Job.

jueves, 19 de abril de 2018

¿Masonería?

Ahora (Madrid), 21 de febrero de 1936

Cada día recibe uno nuevas muestras de la triste deficiencia —que llega a enajenación— mental colectiva que está asolando al mundo civilizado europeo y en que se ve también arrastrada nuestra pobre Patria. Ahora me escribe desde Berlín un doctor —por el apellido, de origen holandés— que está desde hace diez años dedicado a la edición alemana de las obras de Blasco Ibáñez, de quien fue amigo. Me habla en su carta de maquinaciones para conseguir que se prohíba esa edición con pretexto de que Blasco Ibáñez fue francmasón, ya que en Alemania —me dice el doctor— se han hecho cerrar las logias. Y me pregunta si sé si Blasco fue o no masón. Le he contestado que jamás oí ni que lo fuera ni que no lo fuera; que a él jamás le oí hablar de masonería y que éste es asunto que nunca me ha importado un pitoche. No soy supersticioso ni creo en endriagos, brujos y duendes. De lo que sí presumía Blasco era de tener alguna sangre judía; pero ésta es otra superstición por ambas partes: la de los semitistas y la de los antisemitas. Y le envío al doctor alemán mi condolencia por tener que vivir en medio de un pueblo atacado de tan grave morbo.

Estando últimamente en Portugal pude enterarme de que el Gobierno del flamante Estado Nuevo exige a los funcionarios públicos la declaración de que ni son ni se harán masones. Sentí, al saberlo, una honda lástima por ese nobilísimo y pacientísimo pueblo portugués —al que tanto debo—, que tiene que soportar semejantes atentados gubernativos contra la dignidad humana. Porque ¿quién ha definido lo que la masonería sea? ¿Se trata de una Asociación o de una doctrina? Por mi parte, no he logrado darme cuenta de ésta. Alguien me ha dicho que debo saberlo, pues pertenecí a la Liga Internacional de los Derechos del Hombre —hasta presidí la sección española—, que es, me aseguran, una especie de Orden Tercera de la masonería. Puede ser, pero el caso es que jamás he logrado penetrar —ni lo he intentado— esos apocalípticos secretos de las logias; y en cuanto a su doctrina, jamás la he entendido ni me ha interesado. En París acudí a casa de madame Menard d'Orian, donde eran las reuniones de la Liga —también acudía allá don Santiago Alba, y entre los extranjeros, Witti— y donde se respiraba ambiente masónico; pero salí de ella tan poco instruido como entré.

Y muchas veces me he echado a pensar qué es lo que entenderán por masonismo los que con tanto ardor lo execran. Distínguense entre éstos los jesuitas; pero consabido es que los jesuitas se distinguen —a pesar de la leyenda en contrario— por no saber enterarse de las doctrinas contra que combaten. Acaso por no poder enterarse de ellas. Porque lo que es a deficiencia mental… Bueno, ¡adelante!

Acabo de volver a leer la “Advertencia preliminar” que don Marcelino Menéndez y Pelayo le puso a la excelentísima traducción que del Libro de Job hizo don Francisco Javier Caminero y Muñoz, obispo de León, y en la que hablaba de “los grandes intereses de la ciencia católica, hoy más comprometida en España, que por la audacia de sus enemigos, por la torpeza, desmaño e incurable ceguedad de sus defensores”. Y aludía a los que “disputaban prolija y fastidiosamente sobre temas tan interesantes y de tanta profundidad filosófica como el de el liberalismo es pecado o el de el libre cambio en sus relaciones con el catolicismo”. Esto escribía mi don Marcelino hace precisamente cuarenta y cuatro años, en febrero de 1892, y la irónica censura sigue siendo de actualidad. Pues han vuelto las insensatas tonterías del “áureo librito” —así lo llamaban entonces— El liberalismo es pecado, del doctor don Félix Sardá y Salvany, que por aquellos años me regocijaba como en mi niñez el Bertoldo, Bertoldino у Cacaseno. Y pensando en ello he venido a parar en que lo que llaman ahora masonería esos pobres mentecatos es ni más ni menos que el liberalismo. Sólo que éste sin secretos, ni ritos, ni ceremonias, ni símbolos, ni liturgia de ninguna clase.

Y contra este liberalismo, que es, como dijo don Antonio Maura, el derecho de gentes moderno; contra este liberalismo, que es la civilización internacional, se están conjurando las dos Internacionales anti-liberales, las de las dos dictaduras: la fajista y la comunista. Ambas coinciden en execrar de la libertad y de la individualidad, ambas en combatir a la democracia. Para sustituirla por una “memocracia”.

Ahora, con motivo de las elecciones —escribo esto en vísperas de ellas— están los memos lanzando contra ciertos candidatos el mote de masón. Y ni esos memos ni los que los aleccionan saben jota de la masonería. Ni del liberalismo. Da pena leer las sandeces que se pegan con engrudo en las paredes públicas. Son gritos de abyección demental.

Dentro de pocos días, en los mismos de las elecciones, del choque de las dos dementalidades internacionales traducidas a nuestro castellano —deshaciéndolo—, el que esto escribe saldrá para Inglaterra, y en Oxford se esforzará por dar a conocer algo del alma de su pueblo, no contaminado aún por esa asoladora epidemia. Y quiera Dios que al volver a mi Patria la encuentre más aliviada del pecado, no de liberalismo, sino de inconciencia civil.

miércoles, 18 de abril de 2018

Sobre el hambre… sociológica

Ahora (Madrid), 15 de febrero de 1936

Entre las varias inefables ingenuidades de la tan amena como candorosa, teórica y académica Constitución de la República española de 9 de diciembre de 1931 (Gaceta del día 10) hay en su artículo 46, después de proclamar que el trabajo, “en sus diversas formas, es una obligación social”, aquello de que “la República asegurará —no dice que podrá asegurar— a todo trabajador las condiciones necesarias de una existencia digna”. Al final del artículo siguiente, el 47, se dice que “la República protegerá en términos equivalentes a los pescadores”.

Creíamos que eso de la “existencia digna” era una definición de principio, análoga a aquella de León XIII referente al salario justo, y que se dejaba a la sutileza escolástica de los interpretadores y escoliastas el determinar la justicia del salario en el un caso y la dignidad de la existencia del trabajador en el otro caso. Porque ni una ni otra declaración obligan, en rigor, a nada. Pero después se nos ha complicado el problema al oír hablar de salarios de hambre —de hambre, no de pobreza o de miseria— en términos tales que no hemos podido poner en claro qué es lo que entienden por hambre ciertos escoliastas. Y no es que nos burlemos, no; es que cuando se trata de promulgar leyes conviene precisar los términos, medirlos —esto es, medirlos— y no andarse con conceptos vagos e inconmensurables, como los de dignidad, justicia y hambre. Que, como concepto legal —no fisiológico—, lo de hambre no es nada claro.

Pero he aquí que en un manifiesto ha podido leerse esto: “Rectificar el proceso de derrumbamiento de los salarios del campo, verdaderos salarios de hambre, fijando salarios mínimos, a fin de asegurar a todo trabajador una existencia digna, y creando el delito de envilecimiento del salario, perseguido de oficio ante los Tribunales.” Al leer esto empezamos a meditar en toda la logomaquia de la justicia pontificia, de la dignidad constitucional, del hambre sociológica —no fisiológica—, hasta que nos fijamos en otros dos términos, cuales son el de trabajador y el de salario. Y vinimos a caer en la cuenta de que hay trabajadores —esto es, hombres que trabajan para ganarse la vida— que no reciben salario, porque trabajan por su cuenta, sin amo ni patrono, como trabajadores libres. Que es una clase de trabajadores en esta “República democrática de trabajadores de toda clase”. Aunque esta clase de trabajadores no asalariados, sin amo ni patrono, no entren en lo que en cierta jerga pseudo-marxista se llama clase de trabajadores, los asociados. Y a estos trabajadores libres, no asalariados, sin amo ni patrono, que viven de lo que sacan de su parroquia o clientela, a éstos ¿les asegurará la República “las condiciones necesarias de una existencia digna” si su libre trabajo no les procura de su parroquia o clientela sino un estipendio de hambre? ¿Si, por ejemplo, a un zapatero remendón de portal, o a un mozo de cuerda, o a un buhonero, o a un trabajador cualquiera de la clase de los libres, su trabajo no le procura con qué calmar lo que los sociólogos llaman hambre de él y de sus hijos? ¡Pobres trabajadores ni asalariados ni asociados!

Aquí tenemos un pequeño labrador o, mejor, labriego propietario del pegujar que labra por sus propias manos y las de sus hijos y que con ello le saca a su tierrita una renta... de hambre sociológica y acaso fisiológica. ¿Qué le asegurará la República? Las piedras de su pegujar no le dan bastante pan para su familia. Su tierrita le sirve, a lo sumo, de seguro de lo que podríamos llamar su jornal —no salario—, de seguro de su renta diaria. Y es una renta de lo que llaman hambre. Y hasta hay pequeños amos que se ayudan de asalariados y que no sacan de su propio trabajo más que el salario dicho de hambre que dan a éstos. Porque eso que se llama envilecimiento del salario no suele ser, con harta frecuencia, más que el envilecimiento del campo, resultado de pretender cultivar tierras viles. ¡Y son tantas, pero tantas! Porque eso de que las cuatro quintas partes del territorio nacional que permanecen incultas sea posible cultivarlas de modo que rindan más que rendimiento de hambre sociológica, eso es cosa de sociólogos de clase urbana —o metropolitana— que no saben a ciencia cierta en qué tierra vivimos. Y en esta España central, de tradición, de pastores trashumantes, y de arrieros, y de buhoneros, y de vagabundos forzosos, donde la población está —y tiene que estar— mal repartida. Bien se vio cuando aquel disparate de los términos municipales. Donde no envilecía el salario la concurrencia de los asalariados forasteros, sino la vileza de las tierras de éstos. “El español es tan sobrio...”, se dice. ¡A la fuerza! Cuando empezaron a hacerse caminos en Las Hurdes, algunos de los que las conocíamos dijimos: “¡Gracias a Dios! Así saldrán de ellas los hurdanos y se convertirán en desierto de breñas y canchales y, a lo sumo, en bosques...” Pero parece que no, sino que allí siguen viviendo de un alivio de hambre sociológica entretenida. ¡Tira tanto la cima de roca desnuda! Y así se dan emigrantes en la propia tierra natal, desterrados hijos de Eva.

Sé bien lo que se opone a este modo de considerar las cosas. Conozco las leyendas que corren. Y cómo eso que llaman economía política no deja ver la economía natural. Justicia —la de León XIII—, dignidad de existencia —la de la Constitución—, envilecimiento del salario —el nuevo delito— y todo lo demás de la cantata del hambre sociológica... ¿Y si la injusta, y la indigna, y la vil fuese la Naturaleza, a que el clarividente, y sincero, y veraz Leopardi llamó “madre en el parto, en el querer madrastra”?

Hemos de volver sobre esto; pero, en resolución, hay que decir que a muchos de los que se quejan de salarios de hambre, trabajadores de la clase de asalariados, si se les entregaran las tierras que a salario labran para que, como trabajadores libres, las labrasen por su cuenta, no les sacarían sino renta también de hambre... sociológica. Y no estaría de más que sus monitores estudiaran bien “La ley de la renta”, de Ricardo, y “La ley de la población”, de Malthus.

Ahora no vendría mal añadir algo sobre el problema del paro y la paradoja de querer consumir para la producción, en vez de producir para el consumo; mas esto exige más espacio. Y, sobre todo, si no se le deja al pobre pueblo, que sueña hambre —y si la sueña, la siente y la padece—, que sueñe un régimen social de justicia, y de dignidad, y de igualdad, y de emancipación social, ¿qué consuelo va a dejársele? ¿Y cómo se obstinaría en vivir donde no cabe vivir dignamente y en no repartirse en el regazo de la madrastra tierra patria de modo que quedase desierto lo que sólo para desierto sirve? ¡Ay!, acaso sea mejor tratar de engañarse sociológicamente para poder engañar a los justamente quejosos. Y que se consuelen echando la culpa al hombre de lo que el hombre no la tiene.

martes, 17 de abril de 2018

Carrel sobre el peligro de nuestra civilización

Ahora (Madrid), 7 de febrero de 1936

Leyendo el libro El hombre, ese desconocido (L'Homme cet inconnu), del doctor Alexis Carrel, el famoso operador biológico francés de Nueva York, el de los injertos de órganos. El libro es una especie de pequeña suma o enciclopedia de los conocimientos actuales relativos al hombre. El hombre concreto, de carne, sangre, hueso y conciencia, el pobre hombre arrastrado en el torbellino de la civilización. Una pequeña suma antropológica, pero en vista del ántropos, del hombre, concreto, individual. Libro escrito con sencillez y densidad, sin aparato técnico —esto es, sin pedantería— y en el que la vulgarización no degenera en avulgaramientos.

No bien lo encenté di con un tema que en estos días que corren y corremos pesa sobre mi espíritu con pesadumbre congojosa. El del rebajamiento de la mentalidad media, el de la insanidad mental —y por lo tanto, moral— de la generación actual. Carrel afirma que la salud ha mejorado, que la mortalidad es menor, que el individuo se hace más hermoso, más grande y fuerte; que los niños tienen hoy una talla superior a la de sus padres, esqueleto y musculatura más desarrollados; que la duración de la vida de los deportistas no es superior a la de sus antepasados y que su sistema nervioso es frágil. Que los triunfos de la higiene y de la educación moderna no son acaso tan ventajosos como a primeras aparecen. Que la disminución de la mortalidad infantil, atravesándose en la selección natural, conserva los débiles. “Al mismo tiempo —dice— que enfermedades tales como las diarreas infantiles, la tuberculosis, la difteria, la fiebre tifoidea, etc., se han eliminado, y la mortalidad disminuye, el número de enfermedades mentales aumenta. En ciertos Estados la cantidad de locos internados en los asilos sobrepuja a la de todos los demás enfermos hospitalizados.” Y agrega: “Acaso esta deteriorización mental es más peligrosa para la civilización que las enfermedades infecciosas en que la medicina y la higiene se han ocupado exclusivamente.”

Y a seguida, Carrel insinúa que las excelentes condiciones higiénicas en que se cría a los niños no ha logrado elevar su nivel intelectual y moral. “En la civilización moderna —dice— el individuo se caracteriza, sobre todo, por una actividad bastante grande y enderezada por entero al lado práctico de la vida, por mucha ignorancia, por cierta astucia y por un estado de debilidad mental que le hace sufrir de manera profunda la influencia del ámbito en que llega a encontrarse. Parece que a falta de armazón moral la inteligencia misma se hunde. Es acaso por esta razón por la que esta facultad, antaño tan característica de Francia, ha bajado de manera tan manifiesta en este país. En los Estados Unidos el nivel intelectual queda bajo, a pesar de la multiplicación de las escuelas y las universidades.”

Y agrega Carrel: “Diríase que la civilización moderna es incapaz de producir una crema de hombres dotados a la vez de imaginación, de inteligencia y de valentía. En casi todos los países hay una mengua del calibre intelectual y moral en los que llevan la responsabilidad de la dirección de los negocios políticos, económicos y sociales... Son sobre todo, la endeblez intelectual y moral de los jefes y su ignorancia las que ponen en peligro nuestra civilización.”

Al llegar a esto apagué la bombilla eléctrica —esta otra joya de nuestra civilización mecánica— y me quedé a oscuras, tendido sobre mi cama, y envuelto mi espíritu en los ecos de las lecturas de los diarios en estos días de desvarío preelectoral. Zumbábanme en el ánimo esos insultos, esas injurias, esas calumnias, esas insidias, esas mentiras que se disparan unos combatientes a los otros. Ese pretender sondar intenciones del adversario y hacerlo de mala fe —unos y otros— ese fatídico: “¡Más eres tú!”, esa furia de barbarie. Y ese revolverse como energúmenos contra quien no quiere reconocer la mejor buena fe y la mejor sinceridad de aquel a quien uno se dirige. Es, sin duda, una devastadora epidemia de morbo mental, de locura. ¡Y qué terribles los síntomas! Creeríase que España se ha vuelto un manicomio suelto. Y que muchos de sus locos necesitan camisa de fuerza. De fuerza: no negra, ni azul, ni gris. Y la locura se encubre en la envidia y en el odio a la inteligencia. El “¡Vivan las cadenas!” se cambia en la obediencia de juicio, en la servidumbre mental.

Se habla de extremismos. Pero entendámonos. El extremismo —o mejor, la extremosidad— no estriba en la doctrina que se profesa o se dice profesar, sino en la manera de profesarla. ¡Esos pobres enfermos mentales, tan peligrosos porque se sienten hondamente convencidos de lo que dicen —aun sin entenderlo— y más peligrosos aun cuando de lo que tratan es de convencerse a sí mismos de ello y que se lo gritan para no oír lo de los otros! Eso de que hay que proscribir las ideas del adversario... O si les viene la mala salen con que hay que respetar todas las ideas. A lo que cabe replicar que sí, pero cuando son ideas. Porque las no-ideas no suelen ser respetables. Hay que oír a los sedicentes anti-marxistas, que no saben ni de Marx ni del marxismo más que saben los que se dicen marxistas, que apenas saben jota de ello; y hay que oír a los antivaticanistas, que no tienen del Vaticano y de su política más clara idea que los vaticanistas, que la tienen bien turbia. Porque la ignorancia en unos y en otros es espantosa. Nadie quiere enterarse de nada.

De toda esta gritería apenas surge una voz limpia que diga una palabra clara. ¡Y si sólo fuera gritar! Cuántas veces ha pasado por la mente de este comentador que os habla el triste presentimiento —congojosa corazonada— de tener que volver a expatriarse, desterrarse de la tierra nativa, de la patria, para no contagiarse y enloquecer también. Cada vez que oigo hablar de antipatrias a cualquier “¡Viva España!” —cotéjese con el típico mote andaluz de “¡ese es un viva la Virgen!”—, u oigo hablar de cavernícolas a alguno de los otros, siento todo lo que el observador desapasionado de toda otra pasión que no sea la de la verdad y sobre todo, si posee humor, tiene que disponerse a sufrir en el meollo del alma a la vista de tan triste degeneración mental de su propio pueblo.

“¡Hay que tomar partido!”, gritan los locos de todos los partidos, y uno presiente haber de tener que tomar el partido de partirse del campo de batalla que se está haciendo su pobre patria expuesta a la demencia furiosa.

lunes, 16 de abril de 2018

La hipnosis de la herencia

Ahora (Madrid), 5 de febrero de 1936

Es una doctrina muy consabida, aunque no muy meditada, la de que las doctrinas con que el hombre trata de explicar y justificar su conducta suelen ser ilusorias. Siente la necesidad de explicarse a sí mismo —y luego a los demás— lo que hace sin saber por qué lo hace. Es el consabido caso de sugestión del hipnotizado. Al que, luego de hipnotizado, se le sugiere que cumpla un acto, el más incongruente a las veces, en tal tiempo y lugar; se le deshipnotiza y en el día y sitio sugeridos va y lo cumple y lo explica y justifica por raciocinios, que fue fraguando subconcientemente. Experimento muchas veces llevado a cabo.

Cabe decir que en muchos, tal vez en los más de los delitos, el delincuente no sabe por qué los comete. Roba o mata porque el ánimo le pide robo o matanza. Con aterradora frecuencia leemos de un desdichado que mata a una mujer con quien cohabitaba maritalmente porque ella se niega a seguir entregándosele así. ¿Por celos? No siempre, y menos calderonianos. O una pareja, él y ella, que conciertan un consuicidio. Y el mismo día acaso otro desdichado víctima de hipnotismo, un joven profesional, le aporrea o le mata a otro joven hipnótico por ir pregonando un periódico de índole que se le antoja contraria a la de la hipnosis de que él —el aporreador o matador— profesa. Y sin conocerle. Y ni el que mata a su querida, ni el que se suicida con ella, ni el que atenta contra el pregonero del cartel contrario cometen su acto por lo que creen cometerlo. Suelen ser hipnotizados que lo cometen por sugestión... ¿de quién? Del genio destructor de la especie, de la Muerte; así, con mayúscula. Del instinto malthusiano.

¿O es que no corre una fatídica epidemia de destrucción? ¿Su origen? ¡Quién sabe...! No falta quien crea que es materialmente patológico. En gran parte sifilítico. Se dice que el número de preparalíticos progresivos es mucho mayor de lo que se supone. Entre ellos no pocos de los agitadores y caudillos que arrastran, con su encanto morboso, a pueblos enteros. Y no viene ahora aquí acaso citar nombres resonantes. De vivos y de muertos ya. Es una herencia. En su mayor parte una herencia de la civilización. Como la guerra.

Misterio el más tremendo de la vida humana el misterio material y moral de la herencia. Lo que los teólogos católicos llaman el pecado original. Ya la herencia fisiológica es el mayor acaso de los misterios de la vida. Eso de que la yegua para potros y no terneros, y la vaca, terneros y no potros, o que la encina dé bellotas y no aceitunas, y el olivo aceitunas y no bellotas, y de que no se le pueda pedir peras al olmo. (Dejemos lo de los injertos.) Esto no se lo ha explicado nadie. Podrán decirnos que es la ley de la herencia, explicación meramente verbal para ocultar nuestra ignorancia —como aquello de que el alma siente porque tiene sensibilidad—, podrán explicarnos el cómo, pero no el porqué. O acaso inventarán una idea platónica en el sentido de los teólogos escolásticos realistas.

Y aquí encaja esa torturada invención teológica —no propiamente evangélica— del pecado original, de esa invisible e intangible, por inmaterial, mancha mágica y mítica. ¿Pecado? Ya lo dejó dicho el Segismundo calderoniano, el de La vida es sueño, al decir que “el pecado mayor del hombre es haber nacido”. Haber nacido hombre y no bestia, se entiende. Haber nacido con el apetito de conocer la ciencia del bien y del mal, y de explicarse sus propios actos. Y el castigo de ese pecado es soñar la vida y tratar de explicarse el sueño. Y la herencia. Y en la vida social y civil, de comunidad humana, tratar de justificar la otra herencia, la herencia económica que hace las clases sociales y con ellas sus luchas de clase. Otro misterio, que no aclara, ni mucho menos, ninguna interpretación materialista de la historia. Esas luchas en que, como en aquellos delitos que empecé diciendo, entra la hipnosis más que el hambre y entra también alguno de esos morbos materiales, epidémicos y contagiosos. De esos morbos con que la trabajada especie humana se defiende de tener que trabajarse más. Y a que se deben, en rigor, las más de las guerras. Y de las revoluciones.

Y cuando uno agoniza —espiritualmente se entiende— bajo la pesadumbre de tales misterios míticos se le llega uno de esos dogmáticos y al encontrarle con que se muere de hambre mental, de hambre intelectual, se dispone a despenarle ahogándole con un mendrugo de doctrina que le meta hasta el gañote del alma para quitarle así con el estertor de la respiración de ésta el sueño que es su vida. Le ha explicado por qué se muere, y con la explicación le ha matado. ¿No era mejor dejarle que se acabara de por sí?

Y traigo esto ahora aquí al observar qué inhumanos remedios se proponen para combatir contra la trágica hipnosis que produce el pecado original de la civilización humana, hipnosis que sugiere los actos de desesperación, los delitos y los crímenes que menudean más cada vez. Y ello es la inmanente revolución perpetua de la historia. Aunque otra cosa se les pueda antojar a ciertos sedicentes revolucionarios sociales que creen —con fe implícita o de carbonero— en una sociedad futura de igualdad y justicia, o en un Estado nuevo totalitario, o en un no-Estado libertario, o en una Iglesia triunfante y única, o en otro cualquiera de esos fantásticos ensueños hipnóticos para consolarle al ciudadano de haber nacido hombre y no bestia inocente. Y si se consolaran con eso los pobres tontainas...

Y a propósito y para rematar estas consideraciones con una coletilla lingüística de sainete ¿no estaría bien que junto al término “tontaina” metiéramos otro derivado de tonto mediante un sufijo ahora en moda y decir “tontoide”? Fue Lombroso, creo, el que del italiano “matto” loco, derivó “mattoide”, esto es, locoide. Nos estamos divirtiendo tanto con poner motes que atraigan porrazos y luego tiros... ¡Y si al fin y al cabo se pudiesen vaciar a porrazos las cabezas “tontoides”—sobre todo, las de los cabecillas—, que no son sino faltriqueras de frases deshechas...!

Posdata.—¿Revolución? ¿Contra-Revolución? ¡Entendimiento!

domingo, 15 de abril de 2018

El habla de Valle-Inclán

Ahora (Madrid), 29 de enero de 1936

Nuestro buen amigo don Ramón del Valle-Inclán —séale la posteridad aficionada— seguirá por mucho tiempo nutriendo más los anecdotarios que las antologías. Algo así le pasó a Quevedo. Se hablará de él más que se estudie su obra. Aunque su obra cardinal, ¿no fue él mismo, el actor más aún que autor? Vivió —esto es, se hizo— en escena. Su vida, más que sueño fue farándula. Actor de sí mismo. “Siento lo que digo, aunque no diga lo que siento”, pudo decir como el personaje —más que persona— de mi drama El hermano Juan. Su prodigiosa memoria —era un portento— le permitió acaparar muchos papeles. Y todos los mezclaba y confundía. Así como los lugares y los tiempos. La historia que fantaseaba no era cronológica ni topográfica. El principal modelo que se forjó, el marqués de Bradomín —de la cantera de Barbey d'Aurevilly— era noble, feo y católico. Católico literario, a lo Chateaubriand, ¡claro! Como su carlismo, también de teatro. En su vida se ponía a menudo en jarras —en estos días se están poniendo así los políticos—; alguna que otra vez se encampanaba. Y so capa se reía. Como buen actor se comportaba en su casa como en escena. Él hizo de todo, muy seriamente, una gran farsa. Que por su desinterés cobró cierta grandeza. Fundió a la tragedia con el esperpento. Y adoró la belleza, alegría de la vida.

Mas ahora quiero hablar de su habla. Habla es la mejor expresión para la obra poética —artística— de quien fue más que escritor, más que orador, un conversador y un recitador admirable. ¿Lengua? Si la llamara lengua, podría creerse que me refiero a su característica maledicencia. Maledicencia teatral, libre del veneno que da la envidia. Lenguaje tampoco me gusta. Mejor acaso llamarle “idioma”. O “dialecto”. Entendidos estos dos términos a derechas, en su originaria significación: “idioma”, propiedad; “dialecto”, lenguaje conversacional, coloquial. Porque Valle-Inclán se hizo, con la materia del lenguaje de su pueblo y de los pueblos con los que convivió, una propiedad —“idioma”— suya, un lenguaje personal e individual. Y como le servía en su vida cotidiana, en su conversación era su “dialecto”, la lengua de sus diálogos. Y de sus monólogos. Porque dialecto no quiere decir algo subordinado e inferior como parecen creer no pocos paisanos de Valle-Inclán y míos y catalanes. La lengua imperial y la más original se hace idioma cuando el que la usa se la apropia, se la personaliza, y se hace dialecto cuando es de veras hablada.

Valle-Inclán se hizo su habla —hablada y escrita— con las hablas que recogió en su carrera de farándula. Empezando, ¡claro está!, con el castellano galaico, propiamente gallego, de su niñez y de su mocedad. ¡Qué alma galaica —no sé si céltica o suévica, que esto no son sino pedanterías aldeanas— la de su habla hispánica! En rigor, romana; él lo sabía. Mucho más galaica y mucho más alma que la de ese gallego en formación de los galleguistas —el de los “hachádegos de cadeirádegos”, que dije otra vez—, de esa especie de esperanto regional o comarcal. Lo galaico va en el ritmo, en el acento, en la marcha ondulatoria y, a las veces, como oceánica de su prosa, en su sintaxis con más arabescos que grecas, con más preguntas que respuestas. Y para ello tuvo que acudir al caudal popular de todos los pueblos de España y de la América de lengua española. El gallego regional no le habría servido. Así como Rosalía de Castro, cuando tuvo que sacar a luz su alma individual y a la vez universal, lo más íntimo de sí misma, lo vertió en las poesías castellanas de las orillas del Sar más que en sus cantares gallegos. Mejor esto que fraguar un pseudo dialecto de gabinete. Y digo pseudo porque ese dialecto no sería tal, no sería conversacional. Y, por lo tanto, ni idioma, ni propiedad. Más bien algo mostrenco.

Cuando mi buen amigo José María Gabriel y Galán empezó a escribir en aquel dialecto extremeño, que no era el de su infancia salmantina, le dije que ni podría expresarse bien a sí mismo en aquello y que pecaría más que por omisión por comisión, poniendo en boca de sus extremeños de Granadilla voces que ellos no conocían por no conocer lo que con ellas se significaba. Y así digo que Valle-Inclán pudo decir en su habla individual idiomática (propia) y dialectal (conversacional), y por ello imperial hispánica, lo que los de su casta galaica sentían oscuramente sin lograr expresarlo.

Hombre de teatro Valle, su habla, su idioma dialectal, o dialecto idiomático, era teatral. Ni lírico ni épico, sino dramático, y a trechos, tragicómico. Sin intimidad lírica, sin grandilocuencia épica. Lengua de escenario y no pocas veces de escenario callejero. ¡Cómo estalla en sus esperpentos!

No hay que buscar precisión en su lenguaje. Las palabras le sonaban o no le sonaban. Y según el son les daba un sentido, a las veces completamente arbitrario. Y era una fiesta oírle sus disertaciones filológicas y gramaticales. No era capaz de desentrañar las expresiones de que se servía porque para él —actor ante todo y sobre todo— las entrañas estaban en lo que he llamado antes de ahora “las extrañas”; el fondo estaba en la forma. Y acaso no andaba descaminado si se entiende por forma algo más sustancial que la mera superficie. Que lo formal no es lo superficial. ¿No dejaron dicho los escolásticos que el alma es una forma sustancial?

Aun siendo tan diferentes —a ratos, tan opuestos Valle-Inclán y Quevedo, hay ocasiones en que el gallego hispánico, con sus arabescos me recuerda al manchego —que manchego fue, en rigor, el señor de la Torre de Juan Abad—, con sus grecas, picudas y pinchudas. Si bien es verdad que en Valle no se pueden recoger aforismos y sentencias como en Quevedo. La continuidad que podríamos decir líquida de la prosa valle-inclanesca no se presta a los despieces a que se presta la prosa conceptista quevedesca. Valle resulta a las veces conceptuoso, pero no conceptista. Sabido es que una de sus máximas de estilo era que había que juntar por vez primera dos palabras —sustantivo y adjetivo, por ejemplo— que nunca se habían visto así juntas. Un asociacionista. A lo que yo le decía que era más honda empresa disociar dos términos que siempre se ven juntos. Disociarlos para asociarlos con otros. Pero, ¿qué más da? Para nosotros el mundo de la palabra —el lenguaje— es algo sustancial, material, y que de él creamos, asociando, o destruímos, disociando. Y sabemos que la palabra hace el pensamiento y, lo que vale más, el consuelo, el engaño vital. Y él sabía, Valle —como sé yo—, que haciendo y rehaciendo habla española se hace historia española, lo que es hacer España. La religión del Verbo, de que procede el Espíritu.

¡Y lo que conocía Valle nuestros clásicos castellanos! ¡Había que oírle recitar trozos del teatro de nuestro siglo XVII! ¡Y qué cosas decía de Lope de Vega, por caso!

Con un empuje galaico parecía don Ramón del Valle-Inclán estar dictando desde el Finisterre hispánico o tal vez desde la Compostela de Prisciliano —más que de Santiago—, por encima de la mar que une y separa ambos mundos, un habla imperial, idiomática y dialectal, individual y universal. Habla que en su extravagancia lo fundía todo. Y en mucho tiempo se hablará más de él que se estudie su obra.

sábado, 14 de abril de 2018

¿Conferencias? ¡No! A los que me las piden

Ahora (Madrid), 24 de enero de 1936

¿Conferencias? No; y menos ahora, en temporal de tanda de ellas. Y de mítines. Si pudiese reunir en un salón de teatro o de circo o en un campo de deporte a los que leen estos mis artículos, a mis lectores de ellos, sean cuantos fueren, no los reuniría para decirles lo que desde aquí les digo. ¿A qué? ¿A que me vieran? ¿A que me oyeran? ¿A que sus miradas, su atención visual, sus semblantes, sus gestos, sus aplausos, sus interrupciones acaso, me desviasen de mi vía? ¡No, no, no! ¿Y, además, no poder hacer pausas —como el lector las hace—, no poder insistir? Improvisar, sí, pero pluma en mano y por habla escrita, que así se logra densidad —apretamiento—, que es intimidad de expresión.

¿Leer un discurso? Ahora, no. ¿Recitar de memoria lo aprendido? ¡Peor! ¿Darle al aparato y que funcione la aguja? ¡Ah, no! Y en cuanto a las improvisaciones orales, con sus latiguillos y sus floreos —y aun floripondios—, eso se queda para lo que llaman actos. O declaraciones. Para éstas sí hace falta la presencia corporal del declarante. Como la de un testigo en un juicio. Y luego hay la función del agitador. Pero ¿agitador yo? ¡Ni por pienso! ¡Dios me libre de ello! Los agitadores en general no suelen saber lo que se dicen. A menudo disparan primero y después apuntan. O el tiro les sale por la culata. Cabalgan en el jaco desbocado que es su auditorio, agarrándose a la crin de éste para no caerse. “Agítese antes de usarla”, dicen los drogueros, y los que agitan muchedumbres de esas no suelen saber usarlas después. Más ha solido llevar a públicos —que no es lo mismo que muchedumbres— un escritor, un publicista, que no un charlatán. Recuerdo ahora un periodista anónimo— pues no firmaba sus editoriales (artículos de fondo) en un gran diario— que, desde su cuartito de redacción, escribiendo —tocado con un gorro de papel— resolvía crisis y trastornaba Ministerios. Y en las Cortes, aun con ser diputado, no sé que hablara jamás. Y en cuanto a Castelar, agitó con un artículo de periódico más que con cualquiera de sus discursos, ya improvisados, ya recitados.

¿Conferencias? ¿Y que vengan las versiones de los oyentes reporteros? ¡Ni aun con luz y taquígrafos! ¡Y esos extractos, esos terribles extractos! Sobre todo para los que ponemos toda el alma en la expresión íntima, no en la elocución. ¡Extractar! Perdóneseme la petulancia, pero pedir el extracto de ciertos discursos es tan desatinado como pedir —y este desatino se repite en clases de literatura— el argumento de La Ilíada. Y a las veces como pedir el extracto de una sinfonía.

A propósito de esto de los extractos, quiero contar lo que me ocurrió con una conferencia, en cuyo contenido puse gran cuidado. Y es que no queriendo escribirla para leerla —como había hecho otras veces— y, desde luego, no recitarla de memoria, hice un extracto previo, un esqueleto o armazón de ella, dejando los adornos y las ejemplificaciones y las alusiones para el momento de exponerla. Fui luego, al decirla, salpicándola de toda clase de anécdotas, chascarrillos, alusiones, croniquillas y demás del género. Cada reportero hizo su extracto, excepto uno a quien le di yo el mío. La traza de la fábrica de la conferencia, su armazón conceptual, sin todos aquellos añadidos, de yeso los más. Y al día siguiente me decía uno: “Pero ¿quién ha sido el desdichado que ha hecho ese extracto, dejándose...?”, y aquí fue enumerando los añadidos. Y al contestarle yo que yo había sido el extractor se quedó estupefacto. Claro está que los que leyeron los otros extractos no se dieron cuenta de lo que yo había dicho. Y esto me ha ocurrido tantas veces… Y, por lo tanto, conferencias extractables..., ¡no! Y, por otra parte, ¿hacer de fantasma de “cine” sonoro? Y que acaso vaya a oírle a uno una señorita extranjera que apenas si entiende nuestra lengua —y menos mi lengua—, y salga escribiendo a su tierra —el hecho es histórico— si uno tiene la barba blanca y la cabellera blanca y revuelta, y si el gesto es así o asao, y la frente, atezada, y si no lleva corbata, y si viste de tal o cual manera, sin haberse enterado de nada de lo que uno diga ni maldito lo que le importe. Y luego que se le venga a uno con el inevitable álbum para que le ponga allí su firma. Si es que no pide también un pensamiento. ¡A la porra!

Hay otra cosa que no he llegado a comprender, y es por qué en las Cortes—no sé si por práctica consuetudinaria o por reglamento—se excluye, en lo posible, la lectura de discursos escritos. Es que acaso se le estima al diputado como a un testigo que va a deponer oralmente y se quiere valerse para con él de todas las feas añagazas de que los jueces se valen en el interrogatorio oral contra un testigo... Raposerías de enjuiciamiento. Y de enjuiciamiento, más que judicial, policíaco. Método inquisitorial, al que no suele faltarle ni el fermento.

Mi paisano don Antonio de Trueba —Antón el de los cantares— ha sido uno de los mejores hablistas y estilistas de nuestra literatura del siglo pasado, pero hablista por escrito, pues era de expresión oral bastante torpe y hasta tartamudeaba. Y cuando tenía que tratar de algún asunto de cierta importancia con un convecino suyo, a quien acaso veía a diario, le escribía, en vez de ponerse al habla con él. Lo que hacen muchos otros. No quería que se le cogiese por la palabra. Y aunque yo, su paisano y, en más de un respecto, su discípulo —él fue quien me ayudó en mis primeros pasos de escritor en mis mocedades—, sé explicarme bastante bien de palabra y no tartamudeo, sin embargo, cuando a mis compatriotas me dirijo en la creencia y la confianza de que tengo algo que decirles que otro no les dirá como yo, aunque se lo diga mejor, se lo digo por escrito. ¿Que el enterarse de un escrito pide más atención y cuidado que el seguir un discurso oral? Sin duda. Pero esa atención y ese cuidado pueden y deben servir para no encontrar contradicciones donde no las hay. Que aunque dialéctica es voz muy aparentada con diálogo, o sea conversación oral, el caso es que abundan más de la cuenta las gentes que no se han dado cuenta de que la dialéctica es el juego de las aparentes contradicciones, y que el orador o escritor que se las echa de no contradecirse nunca es porque nunca se dice nada. Y esto lo he dicho ya antes de ahora.

En resolución, queridos amigos míos que me piden conferencias, mientras dure este temporal de ellas..., ¡no! Ni por ellos ni por mí. No quiero agitar el agua; quiero mejor arar la tierra. Y nada, por supuesto, de provocar terremotos. Hay que amolar las entendederas al público, pero sin por eso amolarle. “¿Y qué más da?”, le oigo a un lector. ¡Hombre, no!

¿Conferencias? Denlas otros. Y aunque nada confieran, quédense luego tan anchos, tan orondos y tan campantes. Yo, a estrecharme y recogerme. Y gracias...