lunes, 7 de mayo de 2018

Schura Waldajewa

Ahora (Madrid), 12 de mayo de 1936

A la vista, a la audiencia y hasta al toque de estallidos populares de locura comunal, que recuerdan ciertas epidémicas enfermedades mentales de la Edad Media, vuelve uno la atención al pavoroso problema de la relación entre la conciencia colectiva y la individual. Y se pregunta si los individuos que forman la masa afectada por el morbo mental son realmente individuos, si tienen conciencia personal. Triste síntoma de grave dolencia popular la que en épocas pasadas atribuía a los judíos envenenamiento de fuentes o aplicación de unturas y que hace un siglo llevó aquí, en España, a la matanza de frailes por la acusación de que envenenaban las fuentes. Y pensando en ello se pone uno a reflexionar sobre el trágico hundimiento de la conciencia individual, del buen sentido propio humano, en lo que se llama el sentido común. Y en el ahogo del hombre en la humanidad.

Pensando en esto, en cómo se encuentra desamparada y sin asidero de salud cualquier alma conciente de sí misma en este suelo social, que no es firme asiento de roca, sino movedizo tremedal, pensando en esto he venido —según mi costumbre— a fijarme en un dicho muy corriente, cual es el de que “por el hilo se saca el ovillo”. Y escudriñándolo he venido a parar en si no cabría también decir que “por el ovillo se saca el hilo”.

Entiendo aquí —metafóricamente, se entiende— por ovillo la madeja social, el complejo de creencias, costumbres, instituciones y demás cosas colectivas, y por hilo, la vida individual, la vida interior —y hasta íntima— de cada miembro vivo del ovillo. Y me vengo a preguntar qué sentido —y con el sentido, qué sentimiento— de su propia vida individual puede cobrar en este tremedal de la sociedad de hoy una pobre alma perdida que se pregunta su propio destino, su propia finalidad.

En un precioso ensayo del ruso Wladimiro Astrow leo esto: “La Prensa soviética no gusta hablar de estas cosas; pero rompe aquí y allá el espeso muro de la censura el grito de las almas por aire libre. La Komsomolskaja Prawda informa de íntimas confidencias y quejas de la juventud obrera sobre el vacío y desamparo de su vida “¿Qué importa que tenga ya diecisiete años y que se me llame ya una moza? —dice la obrera Schura Waldajewa—; lo que se me debería explicar es lo que me falta; yo no lo sé. Los jóvenes creen que yo soy brutal y esquiva. Puede ser; pero lo que yo sé es que mi carácter es malo. Pero ¿de dónde viene esto? Si lo supiera, podría corregirme. ¿Cursos políticos? Sí, asisto a ellos. ¿Qué sea el socialismo? Lo sé; se ha tratado la cuestión. Es que se reparta no según las necesidades, sino según las capacidades. Lo que yo quisiera saber es para qué vivimos propiamente. Ahora vamos al trabajo, volvemos a casa, vamos a reuniones o lo que sea. ¿Y después? ¿A qué todo esto?”

¡Pobre Schura Waldajewa, a la que nadie, según parece, le da a conocer la finalidad del trabajo, la finalidad de su vida misma, el sentido de ésta! ¡Pobre trabajadora de la clase que sea a quien no saben explicarle la finalidad, el sentido de la clase de su trabajo! A sus abuelos les explicaban que el trabajo era un castigo a un cierto pecado original; pero a ella, a esa pobre moza, no aciertan a explicarle qué sea, moralmente, el trabajo. ¡Y cuidado que se está fraguando una mitología y hasta una mística del trabajo!

En el artículo 48 de nuestra mirífica Constitución de una República democrática de trabajadores de toda clase, artículo que es un monumento de vacuidad y de galimatías pedagógicos —y sabido es que de todas las vacuidades, la más vacua es la pedagógica—, se dice, entre otras cosas, que la “enseñanza será laica, hará del trabajo el eje de su actividad metodológica y se inspirará en ideales de solidaridad humana”. Todo lo cual, bien examinado, no quiere decir nada concreto y claro ¡Eje de la actividad metodológica! Cualquier pobre hombre sencillo del régimen eterno podría haberse figurado que el trabajo de enseñar y el de aprender a hablar bien, a leer, a escribir, a contar, a conocer las cosas de que se vive, era suficiente eje de actividad metodológica, aunque aquel pobre hombre sencillo no entendiera qué es eso de la actividad metodológica. En cuanto a lo de laica...

Muchas veces he dicho sobre ello y tendré aún que decir. Lo de laico es un término completamente indefinido, aunque parezca otra cosa. ¿No confesional?, se dirá. Pero el laicismo que aquí se predica es confesional. Ni puede ser de otro modo, pues a una confesión no se la combate sino con otra confesión. ¡Enseñanza neutral! ¿Neutral? Si uno tiene que confiar la crianza de un hijo a una nodriza, ¡trabajo le mando si va a buscar una con leche neutral, esterilizada o pasteurizada! La leche de la nodriza —como la de la madre— lleva el dejo de los humores de ella. Y así, un maestro o maestra cualquiera, si es persona, que tiene sus creencias y sus increencias, su confesión, su visión y su sentimiento del mundo. Ahora, ¡si ha de limitarse a administrar el biberón pedagógico y metodológico...! Que tampoco es neutral.

A la pobre Schura Waldajewa no han logrado darle conciencia de la finalidad del trabajo, y con esto de la finalidad de su vida, aquellos inhumanos pedantes, trabajadores de la actividad metodológica, que recuerdan al inmortal maestro de escuela de la novela de Dickens Hardtimes. El de “¡hechos, hechos, hechos!” ¿Materialismo histórico? Sí; cuando revienta un tumor en esta sociedad emponzoñada, lo que sale es materia. Lo que el pueblo no sofisticado llama aquí, en España, materia, esto es, pus. ¿Qué otra cosa sino materia es lo que sale de esos reventones de locura colectiva? Pus y sangraza.

Claro está que todo esto que vengo diciendo aquí —y lo que ha de seguir al mismo hilo, pues hay tela cortada— en mi lector, individual, y yo, a solas, por así decirlo, no lo diría ante un público, y al efecto he renunciado a conferencias públicas, al menos en España. No, no voy a exponerme a que me regüelden interrupciones, ya que no a que me espurrien materia. Mi actividad metodológica no llega a eso. Harta tristeza le infunde a uno la lectura de esos debates parlamentarios, que también son reventones de locura colectiva. Porque ¿hay quién lea sin pena esos diálogos de cominería, y de “más eres tú”, y de “vosotros lo provocasteis”, y de “¿qué pasaba entonces?”, y lo por el estilo? Disputas de corral. Y a eso habrá quien llame ¡“exigir responsabilidades”! Mas en nada se diferencia de denunciar envenenamientos de fuentes, unturas de morbos o reparto de pastillas.

domingo, 6 de mayo de 2018

Don Estanislao Figueras

Ahora (Madrid), 8 de mayo de 1936

No hay que darle vueltas; todo el problema se reduce, en el fondo, a un problema lingüístico, de expresión. Y una de las graves dolencias mentales colectivas —nacionales o populares— corresponde a lo que en los individuos se llama “afasia”. No encuentran la palabra que ha de señalar lo que quieren decir, y no hay modo de que se entiendan unos con otros. Llaman cosas distintas con el mismo nombre, y con distintos nombres, a una misma cosa. Lo que se complica en el caso, harto frecuente, de traducir un texto extranjero conociendo peor aún que la lengua de que se traduce la lengua a que se traduce, la propia del traductor. Tal, por ejemplo, en la actual Constitución de la República española, la del 9 de diciembre de 1931; Constitución de papel o de bolsillo, prodigio de indefinición y de indefiniciones. Veámosla, en parte siquiera, para proseguir otro día, que hay tela cortada.

La ringlera de las categorías políticas o civiles, en orden concéntrico, parece ser éste: Nación-Estado-Régimen-Constitución. Nación o Pueblo es categoría histórica —en rigor, indefinible—, que se siente, mas no se define. Envuelve, ciñe y abarca al Estado. ¿Estado? He oído contar que hace años, como se estuviese rezando el rosario en Santiago de la Puebla —de esta provincia de Salamanca—, al decir el párroco: “Un Padrenuestro por las necesidades de la Iglesia y del Estado”, el alcalde, que asistía al rezo, interrumpió con un: “¡No, eso no; que el Estado son ellos!” ¿Tenía razón el alcalde, aunque él, como tal alcalde, fuese uno de ellos? Porque “ellos” quería decir los que ejercían el llamado Poder. El Estado es los que mandan. Y viene el Régimen.

El Régimen —término misterioso— puede ser monárquico, republicano o hasta el del comunismo libertario, especie de círculo cuadrado. ¿Republicano? ¿Monárquico? Aquí encaja aquella aguda definición del formidable conde José de Maistre al decir: “Propiamente hablando, todos los gobiernos son monarquías, que no difieren sino en que el monarca sea vitalicio o temporal, hereditario o electivo, individuo o corporación.” (O clase.)

Ahora, por vía de digresión regresiva, un poco de historia republicana española. La primera República no llegó aquí a durar once meses —del 11 de febrero del 73 al 3 de enero del 74— ni se debió, en rigor, a cambio de régimen, sino a que al renunciar don Amadeo de Saboya, el rey caballero, al trono electivo dio paso a la presidencia de don Estanislao Figueras. ¡Y qué hombre! ¡Qué mal apreciado! Cuatro de los once escasos meses que duró aquella aventura ejerció don Estanislao la doble presidencia: la de la República y la del Poder ejecutivo —que nada pudo ejecutar—, y el 11 de junio huyó al extranjero con un: “¡Ahí queda eso!” Huyó de la España del “¡que bailen!”, del cantonalismo y de la anarquía popular. Los seis meses y veintitrés días de República restante se devoraron a tres presidentes: Pi y Margall, Salmerón y Castelar, hasta que el 3 de enero de 1874, el general Pavía disolvió el Parlamento... soberano. ¿Soberano? Pero de las tres fechas significativas: 11 de febrero de 1873, renuncia de don Amadeo; 11 de junio de 1873, escape de Figueras, y 3 de enero de 1874, liquidación de la soberanía constitucional parlamentaria —el monarca era el Parlamento—, la más significativa fue la del escape de don Estanislao. Todo un símbolo y acaso todo un modelo.

Y ahora veamos: ¿es el régimen —llamémosle republicano, monárquico o como plazca— el que hace al Estado o es éste el que hace a aquél? Intríngulis derivado de la afasía popular epidémica. Nuestra —es decir, la de “ellos”, los del susodicho alcalde— mirífica Constitución de bolsillo, en su artículo 1.°, parrafito tercero, empieza diciéndonos que “la República constituye un Estado...” Pero ¿es la República la que constituye un Estado o es el Estado el que se constituye en República? ¡Lío que ni el de la juridicidad! Debido a la afasía de los traductores constitucionales.

Y llegamos a la cuarta categoría de la ringlera: a la Constitución. “¡Constitución o muerte / será nuestra divisa; / si algún traidor la pisa, / la muerte sufrirá!” Así cantaban nuestros cándidos liberales de Riego. Pero ¿pisarla? Como no se llame así a intentar reformarla... Mas la Constitución misma, en su último artículo —“in articulo mortis”—, habla de su propia reforma. Lo que no impide que “ellos”, los de “nuestra República” —la de ellos—, la declaren provisoriamente irreformable y hasta inciten una revolución para atajar la reforma.

El librillo es sagrado. El mismo conde de Maistre decía: “Ciertos indios dicen que la Tierra descansa sobre un gran elefante; y si se les pregunta sobre qué se apoya el elefante, responden que sobre una gran tortuga. Hasta aquí todo va bien, y la Tierra no corre el menor riesgo; pero si se les urge y se les pregunta todavía cuál es el sostén de la gran tortuga, se callan y la dejan en el aire. La teología protestante se parece enteramente a esta física indiana; apoya la salvación sobre la fe y la fe sobre el libro. En cuanto al libro, es la gran tortuga.”

¿La teología protestante? Y ¿ qué diremos de la demología constitucional, mil veces más enrevesada que la teología escolástica, sea protestante, católica o copta? La nación —y la civilización, que es el orden con ella— se apoya sobre el librillo de la Constitución..., un galápago. Al que hay que dejarle que vaya a su paso y se recoja en su caparazón.

Muchas veces se han quejado los pedagogos laicistas —lo que no quiere decir laicos— de que se empezara en las escuelas primarias por enseñar de carretilla a los niños el Catecismo de la Doctrina Cristiana —Astete o Ripalda—, que son incapaces de entender. Y, en efecto, los niños, a la edad en que se les infusan los misterios de la Trinidad, de la Encarnación del Verbo, de la Transustanciación eucarística y otros así son incapaces de entenderlos. Como tampoco entienden los misterios gramaticales del Epítome académico. Pero sustitúyanse unos y otros, los teológicos y los gramaticales, con los del librillo constitucional —el galápago— y ¡Dios nos asista! En algunas escuelas, después de haberse proscrito por los pedagogos el uso de carteles, parece que se han fijado algunos con misteriosos artículos del galápago. ¡Y habrá que ver cómo a los pobres párvulos —de cuerpo y normales—, a los que acaso se les haga alzar el puño, les explican lo que es República, lo que es democracia y lo que es trabajador de toda clase, adultos —y más bien adolescentes— de cuerpo, pero más párvulos (y no normalmente) de mente, que les eduquen! Sacarán la sesera lingüística más cerrada que el puño enhiesto.

“El castellano es el idioma oficial de la República”, dice el artículo 4.° de la Constitución; pero no es el idioma de la Constitución misma, del librillo o galápago. Y menos mal que el Estado, con excelente acuerdo, se propone editar y repartir por las escuelas ediciones oficiales de nuestros clásicos, los de “ellos” y de los otros. La triaca junto al veneno del galápago y de sus sacerdotes. Que la afasía es veneno. Y el galápago empieza ya a ser fetiche mágico —hay que oír, si no, a los técnicos parlamentarios—, y si algún traidor le pisa la cola... ¡Pura superstición demológica! Y... ¿fue acaso supersticioso don Estanislao Figueras, el que tuvo que escapar? Los técnicos dicen que él habría sido el único incapacitado para meterse a reformar. ¿Reformista? Jamás. Y como no pudo reformar, pues, se escapó.

sábado, 5 de mayo de 2018

La historia en plano

Ahora (Madrid), 2 de mayo de 1936

Otra vez quiero volver a una de esas expresiones que me he visto llevado a forjar y cuyo sentido no han llegado a alcanzar del todo algunos de mis lectores —de los míos— por las observaciones que respecto a ella me hacen. Es la del ex-futuro. O sea lo que pudo haber sido y no llegó a ser. Lo que habría sido si no hubiera sido lo que fue. Extraña categoría que tanto papel juega en la crítica histórica y que tan íntima relación guarda con el fatalismo y el providencialismo. Fatalismo y providencialismo que, bien mirado, son en el fondo una sola y misma cosa. La llamada Providencia es una Fatalidad, un Hado y el Hado es otra Providencia.

En historia este modo, tan cómodo y a la vez tan fantástico, de discurrir es frecuentísimo. Ya se trate de sucesos remotos, ya de próximos. ¿Qué habría sucedido si la Armada Invencible —antes de haber peleado— de Felipe II se adueña de las costas de Inglaterra? ¿Qué si Napoleón vence en Waterloo? ¿Qué si los ejércitos del pretendiente Carlos V de Borbón entran en Madrid de 1833 a 1839? ¿Qué si el actual Presidente de la República Española, la de la Constitución de 1931, no disuelve una u otra Cámara? (Prefiero llamarla Cámara y no Parlamento.) ¿Qué si...? El número de ejemplos que cabe poner es innumerable. Y las soluciones a estos ociosos problemas son, como casi todas las de los problemas supuestos históricos, disoluciones de ellos. En estos días, leyendo la Historia Eclesiástica de España del P. Zacarías García Villada, S. J., me he encontrado en ella con esta afirmación: “No quitemos, ciertamente, su valor a la cultura árabe española; pero convenzámonos de que si hubiera prevalecido en nuestro suelo, ahora se podría aplicar a España con toda verdad la frase de que África comenzaba en los Pirineos”. Lo que, bien examinado, no quiere decir nada. Porque, ¿qué quiere decir África? ¿Y todo lo demás? Cuestiones que me sugieren la de aquella que propuso, hace ya muchos años, en una tertulia uno de mis compañeros de estudios y que fue ésta: “¿Qué habría sucedido si en vez de descubrir los españoles América, guiados por Colón, descubren España unos navegantes caribes, mayas o aztecas?” A lo que otro de los tertulianos hizo notar que los indígenas de Santo Domingo descubrieron a unos navegantes españoles que arribaron a las costas de su isla y que los aztecas descubrieron a los soldados a Hernán Cortés.

Estas cuestiones de lo que habría sucedido de no haber sucedido un suceso como sucedió, si no de otro modo, me traen a las mientes aquello que se llamó geometría metaeuclidiana y que, si no estoy equivocado, ha traído la concepción del espacio universal curvo. Que no es, en el fondo, si no una metáfora. Y aquella geometría metaeuclidiana partió de suponer que desde un punto fuera de una recta se puede bajar más de una perpendicular —en rigor, innumerables— a dicha recta, en contradicción con el postulado de Euclides. Y de aquí lo de geometría meta-euclidiana, Pero se da el caso de que la geometría euclidiana es la del plano, la del espacio plano, de dos dimensiones, pues en cuanto se trasporta la geometría a una superficie esférica —como lo es, con ligera variante, la de la Tierra— ya el postulado marra. Porque desde uno cualquiera de los polos se pueden bajar Infinitas perpendiculares al Ecuador. Perpendiculares curvas como el Ecuador mismo. Y esto, que es ya conocidísimo —y perdón por haber tenido que recordarlo—, podemos trasladarlo al campo de la historia.

Que si hay una geometría, esto es: “metría” o sea medida, de la “gea” o sea tierra, considerando a ésta como plana, hay una historia que podríamos llamar euclidiana, considerándola en plano, sin profundidad. Y todos los errores que nacen del planisferio, de representar en mapas planos vastas superficies curvas, como son las de nuestra corteza terrestre —y sin tener, por ahora, en cuenta las otras curvaturas, de las llamadas curvas de nivel—, no son nada junto a los errores históricos que nacen de ver la historia representada en plano histórico y sin las curvas de nivel histórico. Los más de los relatos históricos son lo que podríamos llamar planos, sin profundidad. El narrador no percibe si no la superficie. Y de ahí que se pregunte a las veces qué es lo que habría sucedido de no haber sucedido lo que sucedió. Y es que acaso eso otro, lo que no sucedió en el plano, en la superficie, se quedó más dentro, en otra dimensión, en profundidad. En la leyenda.

Porque es en la leyenda donde queda lo que pudo haber sido y no llegó a ser. Es en la leyenda donde quedan las infinitas posibilidades y a las veces las más absurdas. Por lo cual no creo que andaba tan descaminado cierto amigo mío a quien se le encargó traducir un libro de Westermarck sobre el matrimonio primitivo y me decía: “Estoy desesperado con esta sociología, que si los olgonquinos se casan así y los chipewais de tal otro modo y que si esta tribu y la otra y la de más allá... Antes llenaban los libros de palabras; ahora, de esto que llaman hechos y que no son si no relatos de ellos; lo que no veo por ninguna parte son ideas”. Y añadía: “Si tuviese que aportar eso que llaman hechos para apoyar una teoría que se me ocurriese, los inventaría, seguro de que cuanto un hombre pueda inventar ha sucedido, sucede o sucederá alguna vez”. Hablaba cuerdamente al afirmar el primado —la primacía— de la imaginación.

La historia que llaman. crítica suele ser historia metaeuclidiana, de ex-futuro, más legendaria que las rechazadas por leyendas. En estos días, al leer las discusiones de las actas de diputados y ver, por ejemplo, que un desahogado orador aducía contra la validez de una elección un suceso ocurrido mes después de la elección discutida me asombré del sentido de desahogo del referido orador, que contaba —es su costumbre— con la ignorancia y la credulidad de los que le oían.

Y por todo ello repito una vez más que no sabemos lo que está hoy sucediendo en nuestra España y que los venideros se encontrarán perplejos ante el montón de leyendas, contradictorias entre sí, con que se les presentará esta que llamamos revolución y la que llamamos contra-revolución. Y esta es también la razón por la que no puedo ni debo decidirme a condenar a unos y absolver a otros porque me los presentan en plano, sin profundidad alguna. Y porque los más de los testigos no saben ver. ¿Se habla de “rumores”? Es el susurro de la leyenda que se está formando. Y esa leyenda es la del ex-futuro, la de lo que pudo haber sido y no llegó a ser.

Pero vaya usted a convencer de todo esto a todos esos energúmenos —y a la vez deficientes mentales— que se empeñan en que uno tome partido cuando no puede formar juicio. Y en tanto los hombres se insultan, se denigran y se matan por no poder conocerse unos a otros. Porque eso de la convivencia no es si no con-conocimiento. (¡Y a la porra con lo de la cacofonía!)

viernes, 4 de mayo de 2018

Mis santas compañas II

Ahora (Madrid), 28 de abril de 1936

Aquí llega el primer hombre de nombradía nacional a quien conocí y traté al empezar a escribir a mis dieciocho años, mi paisano el poeta don Antonio de Trueba (Antón el de los Cantares) y le oigo que me pregunta malicioso y tartamudeando: “Diga usted, Miguel, ¿ese Gote, Guete o como se diga, tenía tanto talento como dice Menéndez Pelayo?” Y evocado así se me presenta don Marcelino, de quien fui alumno oficial en el curso de 1883 a 84 y que presidió, el 91, el tribunal que me dio cátedra y de que formó parte don Juan Valera. Y éste, ciego ya, empeñándose, años después, en su casa, mientras bebía coñac a lentos sorbitos, en convertirme al culto de la grandeza poética de Quintana con aquello de que escribió sus cantos con un órgano corporal que la decencia me impide especificar. Y de la Universidad se me viene Ortí y Lara dando con el índice en la mesa con esa: “¡esta es la cosa!”, Y aquellas oposiciones en que me amisté con Ganivet y éste en la horchatería. Y envuelto en los recuerdos universitarios de mi Madrid, aquel caserón de Astrarena, en la red de San Luis —hoy en ruinas—, entre Fuencarral y Hortaleza, donde me alojé primero, en 1880, en una de sus bohardillas, y donde más tarde, acabada mi carrera y juez yo, a mi vez, de oposiciones, acudía a una tertulia de la Sociedad de Autores. Y de allí me vienen Núñez de Arce, correcto y tiesecito, de quien nada recuerdo de lo que le hube oído, y Fernández Villegas (“Zeda”), melancólico, y Vicente Colorado, bilioso, y otros. Y Núñez de Arce me trae a Campoamor, a quien veo —y apenas oigo— muriéndose de frío, entre mantas y almohadas, en un sillón de su gabinete, hecho un horno. Y en la nubecilla de escritores, Pereda, confesándome aquí, a orillas del Tormes, que no le gustaba el campo. Y Galdós, en el banquete que nos dieron a él, a Cavia y a mí —cuestión de censura— y en que di las gracias por los tres, pues ellos ni podían ya hacerlo. Y Echegaray, acurrucado, como un gato en acecho, en una butaca de la Cacharrería del Ateneo y que al decirme que montaba en bicicleta, a sus años, por ser el medio de locomoción más individualista, le dije: “No, don José; el medio de locomoción individualista es ir solo, a pie, descalzo, escotero y por donde no hay camino”. Y al verle me pesa de aquella injusta protesta contra un homenaje que se le rindió y que firmé el primero. Y doña Emilia, discutiendo conmigo y a tomar notas para meter expresiones mías —¡y qué fielmente!— en Los tres arcos de Cirilo. Y Sellés, tan serio, y Taboada, tan por fuera jocoso.

Luego los catalanes. Mi Maragall, en su casa, y cuando al oír la campanilla del Viático en la calle, nos asomamos al mirador, y Eduardo Marquina me dijo luego: “¿No ha notado que vaciló en si arrodillarse?” Y yo: “Si lo hubiera notado lo habría hecho yo”. Y Rusiñol, durmiendo a pierna suelta, sobre un banco de tercera, en nuestro viaje a Italia, en 1917, y entrando en Venecia por el Canal Grande, una noche de luna llena y sin más luz que ésta en ella. Y luego los portugueses. Guerra Junqueiro, en Barca d'Alva, dándome una comida vegetariana, adobada por aceite de una lata de sardinas, al pie de un retrato de Tolstoi, o en otro de nuestras muchas entrevistas. Y Ramalho Ortigão, encantado de presenciar en el claustro de San Esteban, aquí, una procesión de blancos dominicos. Y luego los americanos. Rubén Darío, que viene a una casa de huéspedes, a ofrecerme la colaboración en La Nación, de Buenos Aires. Y Amado Nervo, disertando sobre la experiencia ultramundana en su casita de la plaza de Oriente, frente al Palacio Real, con el telescopio al lado. Y de esa plaza me viene mi paisano el poeta Ramón de Basterra, a leerme el manuscrito de La obra de Trajano, poco antes de su primer ataque de la locura que acabó con él. Y otros escritores a quienes apenas si entreví y conversé con ellos de paso: Eusebio Blasco, Ramos Carrión, Vital Aza, Ferrari… Clarín no se me presenta, pues aunque crucé cartas con él, jamás le vi ni nos hablamos. Y de los franceses, en París. Richepin, ya muy viejo, diciéndoseme turanio, gitano y vasco. Y el gran escultor Bourdelle, que se murió sin hacerme, como quería, un busto, pidiéndome que le hiciese figurillas plegadas en papel y preguntándome si las hacía a plan previo o a lo que saliera, y yo, que de las dos maneras.

Y luego los políticos, con quienes tuve poco trato. Canalejas, a quien no le oí discurso —antes de habérseme hecho diputado constituyente sólo una vez pisé el Congreso—, preguntándome en su casa —un sábado santo— qué podría hacerse en Instrucción Pública, y yo: “Meter en cintura a S. M. el Catedrático”. Pablo Iglesias, sin vista para el paisaje del campo, hablándome, carretera de Zamora arriba, de su afición al teatro. Don Francisco Silvela, en su casa, desahogándoseme en amargas reflexiones de desesperado. Simarro, presidiendo mi sonada conferencia de la Zarzuela, y Luis Bello, que al salir de ella me decía que había yo perdido la ocasión de haberme hecho con un partido. A lo que yo: “¡Jamás pensé en eso!” Salmerón, reprochándome solemnemente, en su despacho, mi pesimismo a cuenta de un artículo que publiqué en La Democracia, la suya, que dirigió Altamira. Sánchez Guerra, en Bayona, desterrado yo por no plegarme a la dictadura Primo de Rivera, mi víctima.

Luego se me retrae la nube acá, a Salamanca. Dorado Montero recitando a Leopardi, a quien se sabía de memoria; el obispo P. Cámara, con su ademán y su voz elegantes, quejándose de los integristas, entre ellos don Enrique Gil Robles, con quien contendí en claustros universitarios. José María Gabriel y Galán, el poeta charro, a quien di a conocer a Pereda y a otros muchos antes que el obispo lo conociera.

Y se me presenta Costa, sollozando al final de un discurso aquí, en Salamanca. Y Cajal aconsejándome que no trabajase tanto para poder ahorrar vida. Y tantos otros. Y el fantasma más fresco, así como el más viejo, el de Trueba, el de Valle Inclán, acariciándose la larga barba blanca en el pasillo del Ateneo. Y don Francisco Giner en su gabinete, al pie del retrato del salmantino Ventura Ruiz Aguilera. Y Cossío, en su lecho de quietud, encendiéndonos mutuamente en liberalismo. Y todos ellos, y muchos más confundidos unos con otros, sin más lazo de unión que la muerte unificadora y purificadora, formando una masa. Y haciéndoles coro y corro los otros, los más íntimos, los más familiares, los innominados para el público, los de más dentro, los más míos. ¡Y en lo hondo... ella! Y me vi, fuera de mí, entre ellos, que me llevaban consigo, en otro mundo fantasmático.

Al despertar un momento vuelvo a coger los diarios y me digo: “También estos que me fastidian tanto serán consagrados. Algunos en mi memoria; yo antes en la de los más de ellos”. Y de nuevo me arropa la manta de la paz del sueño. Y viene otra procesión y en ella otros que no se quejan de que no les advirtiera antes, pues en los muertos se mueren los celos y las envidias de la vida. Que ya no hay posteridad para ellos, sino anterioridad para nosotros, los que nos hemos de morir. ¡Y qué anterioridad! Diríase que se nos fue hace siglos ese que se nos murió ayer no más, y que aquel que se nos murió hace siglos se nos fue no más que ayer. Nubes, nubes, nubes. Y niebla. Tal la historia.

Y allá va esta hoja. ¿A perderse en la mar del olvido?

jueves, 3 de mayo de 2018

Mis santas compañas I

Ahora (Madrid), 24 de abril de 1936

Se ha contado más de una vez la tragedia del autor que navegaba llevando su tesoro: las hojas de una obra —poema, novela, historia, lo que fuese— a la que acaso dedicó largos desvelos en largo tiempo y que en un naufragio vio, desesperado, que se le esparcían esas hojas sobre las olas de la mar. ¡Y no poder agarrarse a ellas como a tablas de salvación! Ni poder luego rehacerlas, revivirlas. La historia recuerda casos de éstos. Y alguno que hizo luego la incurable desdicha del autor y tal vez provocó su suicidio. Pero hay acaso otra tragedia, más frecuente, menos espectacular y más callada, y es la de aquel —autor o no— a quien una galerna del mar social de las pasiones, generalmente políticas —las que se dicen así— le arrebata sus memorias del pasado, de su íntima historia y le pela el alma.

¡Ay del que, lejos durante años del toque cotidiano con el hogar de su niñez, de su mocedad y acaso de su madurez, vuelve a verlo y se encuentra con que ya no lo conoce! ¡Qué hondo destierro! Encuéntrase en el hogar de sus muertos. Y quiero trascribir aquí lo que escribí al encontrarme, no hace mucho, al morírseme la hermana mayor, con un cuadrito que ella guardaba y en que había rizos de las cabelleras de mis hermanos todos cuando niños, y entre ellos, uno mío, de mis cinco o seis años. Y fue esto: “Este rizo ¿es un recuerdo / o es todo recuerdo un rizo?; / ¿es un sueño o un hechizo? / En tal encuentro me pierdo. / Siendo niño, la tijera / maternal (¡tiempo que pasa!) / me lo cortó y en la casa / quedó, ¡reliquia agorera! / ¡Fue mío!, dice mi mente; / ¿mío?; ¡si no lo era yo...!; / todo esto ya se pasó...; / ¡si me quedara el presente...! / Es la reliquia de un muerto, / náufrago en mar insondable; / ¡qué misterio inabordable / el que me aguarda en el puerto! / Este rizo es una garra / que me desgarra en pedazos; / ¡madre, llévame en tus brazos / hasta trasponer la barra!”

Quisiera uno recogerse a ratos para rehacerse su alma propia, atar el hilo —deshilvanado a trechos— de su vida para revivirse; pero la avenida —en catarata tal vez— de los sucesos históricos diarios, de la revolución de cada día, le rompen el recogimiento, le confunden en la memoria las memorias y no hay manera ni de meditar ni de recordar. Y como uno no es cartujo, no ve, ni muerto, al que fue. O se siente, a cierta edad —¡edad muy incierta!—, encorvado de alma como esos árboles de las costas azotadas de contino por temporales marinos, a que se les ve encorvados.

Propónese uno cada día no salir apenas de casa, o tal vez ni de su despacho, gabinete, cuarto o alcoba, para ir ordenando su pasado, revisando su vida; pero le tira la tertulia del café o del casino y se va allá a oír los comentarios —siempre los mismos y uniformes— a los sucesos del día, al último asesinato o a la última sesión de Cortes o a los recientes acuerdos de los partidos políticos, que son sucesos parejos. O toma uno los diarios del día y, ¡Dios mío, qué terrible fatiga! ¡Qué cansado todo ello! Las mismas firmas —no hombres— al pie de las mismas cosas, dichas del mismo modo. Y se acaba por perder el sentimiento y el sentido de la memoria histórica o comunal de la Historia, no del relato de ella. Y se pierden esos sentimiento y sentido por falta de lo que ha dado en llamarse la cuarta dimensión del espacio temporal. O, si se quiere, del tiempo espacial. No longitud o largura, ni latitud o anchura, ni profundidad u hondura, sino holgura, huelgo o aliento; vida en tiempo eterno. No visión a lo largo, ni a lo ancho, ni a lo hondo, sino sentimiento; mejor: entrañamiento, a huelgo, a respiración. No conocer lo que pasa, sino contemplar lo que pasa y vuelve, lo que se queda. Y lo que se queda es la esencia de la sustancia de lo que pasó. Y así uno se ahoga en el espacio desnudo y no más que espacial.

Hojas que se nos van, ahornagadas, amarillenta o rojizas, secas, como las de los álamos de la ribera en otoño, o a perderse en el río o a formar mantillo que abrigue el pie del árbol y abone su venidero follaje de primavera. Y deja uno, desalentado, sin huelgo, esas hojas cotidianas de la Prensa, las echa de lado y, mirando al techo del cuarto —no al del cielo—, se pone a soñar despierto. ¿Despierto? Y ve pasar, sellada y consagrada por la muerte, la Santa Compaña. O la estantigua.

Es la Santa Compaña —o la estantigua, o sea hueste antigua— la procesión de los muertos, de los de cada uno, que pasan en ciertos días y a ciertas horas —de noche sobre todo— por el espacio, bajo el firmamento. Y pasan como aquellas dantescas nubes de almas que cruzan los ámbitos de la Divina Comedia, cada alma con su gesto, con su voz, con su sollozo o con su risa. Y pasan sin fila ni orden cronológicos, contemporáneos todos —o coeternales— en la muerte, confundidos unos con otros. Así veo yo muchas noches, echados al suelo junto a la cama los diarios del día, desfilar ante mi memoria las procesiones de los fantasmas de aquellos a quienes conocí y traté en mi vida y a quien la muerte me los ha consagrado: mis santas compañas. Unos, amigos o enemigos, privados, sin nombre en la historia nacional, en la memoria comunal, y que son, en parte, los más míos, los más pedazos de mi alma. Y otros, los que he conocido y tratado y que dejaron algún nombre en nuestra historia. Y que se me presentan en algún momento preciso de nuestro mutuo trato con algún ademán o alguna frase.

Y junto a ellos, en los bordes de las nubes de almas, aquellos extraños misteriosos transeúntes con los que me crucé en fortuitos encuentros, al pasear ellos sus solitarias locuras —ya me había una vez prevenido de ello Galdós— por los caminos del mundo y a los que cuento por muertos. Y todos ellos, sin jerarquías ni edades, apelotonados en densa nube, que es como una sola alma comunal, fuera de tiempo. En una nube cuyos contornos se diluyen en confines.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Potencias limbales

Ahora (Madrid), 17 de abril de 1936

“¡Santo Dios! ¡Santo Dios! ¡Se han desencadenado las potencias todas infernales!” —me dijo con un énfasis inconcientemente cómico y llevándose las manos al caletre. (En él, de ordinario, testuz.) Me le quedé mirando un rato, y le repuse: “¿Infernales? ¡Mas bien limbales!” Y él: “¿Y qué es eso?” Con cierto recelo de que estuviese por dentro riéndome de él, pues es de los recelosos. Y yo: “¿Usted sabe lo que es el limbo?” A esto se me amoscó, y: “No estoy seguro, pero en fin, como usted lo ha de saber mejor que yo...” Me sonreí con lástima y le dije: “¿Quiere usted que empecemos por una pequeña excursión lingüística?” Y él: “Muy bien; nos vendrá bien a los dos y usted se lucirá, sin duda”. Resultó que él no sabía del limbo sino aquel lugar mítico a donde le habían enseñado que van las ánimas de los pobres niños inocentes que se mueren sin bautismo.

Limbo le dije que es —como el lector sabe conmigo— lo mismo que margen, borde y en casos: umbral. En el juego de pelota a ble —o ple— con frontón, limbos se llaman a las líneas que en el frontón y en el suelo marcan la falta. Aquí, en Salamanca, he oído llamarle, por los chicos, a esas líneas “imbos”, quitándole la ele del artículo. En italiano, “lembo” es borde, margen u orilla, Y luego pasé a decirle cómo las potencias limbales son las marginales, las de los bordes u orillas, las de los extremos. “Hay —le dije— potencias celestiales, o del cielo; potencias infernales, o del infierno; potencias purgatoriales, o del purgatorio, y potenciéis limbales, o del limbo.” Y él entonces: “Bueno, pero ese limbo, margen o borde, ese del juego de pelota a ble...” Le interrumpí: “A ese limbo del juego de pelota a ble también se le llama escás, aunque el diccionario oficial no lo registre”. Y él: “Bueno, ¿pero ese limbo qué tiene que ver con el de nuestro catecismo?” “Pues tiene que ver —le dije— en que las ánimas de esos niños inocentes e inconcientes duermen, sin ensueños, en el borde de la historia, al margen de ella.” “¿Entonces?” —me preguntó ya algo intrigado y ya sin hinchazón.

Entonces que es terrible la potencia de los que viven al margen de la historia, de los que no tienen clara conciencia de ella, de los que se alimentan de gestos, ademanes, contraseñas, gritos, y... camelos. De los que, siguiendo lo del famoso pasaje del catecismo jesuítico —y aunque sean del otro bando, del contrario, o mejor del otro extremo, margen o limbo— dicen: “Eso no me lo preguntéis a mí que soy ignorante, doctores —y quien dice doctores dice jefes o caudillos— tiene mi comunión o partido, que os sabrán responder”. Una vez iba yo por una calle de Madrid y pasó una chiquillería dando chillidos, a la que se acercó otro chiquillo preguntando: “¿Qué es lo que hay que gritar?” “Deporte político” —me dijo uno que me acompañaba—. Y yo: “¡Transporte, no!” Y él: “¿Pues?” Y yo: “Porque no transportan idea ninguna, ya que no las tienen, ni saben lo que se dicen”.

Potencias limbales, sí; terribles potencias de inconciencia. Cortejan a unas cosas que oyen y no entienden, y como no logran entenderlas, poseerlas, no son para ellos ideas. Y como a cortejar se le llama en caló “camelar”, esas cosas que oyen y no logran entender no son para ellos más que lo que decimos “camelos”. ¡Terribles camelos a las veces! Y luego hay pobres hombres, resentidos o fracasados, que se dejan arrastrar de la potencia limbal de esos inconcientes. En el un limbo, margen o extremo o en el otro. Porque es cosa fatídica lo de acercarse y no llegar.

Porque esto de que unas sedicentes juventudes —en parte lo son, sin duda— estén atosigando con tósigo de tontería furiosa a España, desde sus márgenes o limbos, se debe a que se sirven de ellas algunos que nunca tuvieron juventud alguna porque se les abortó. Y en esta trágica lucha de las generaciones —mucho más trágica que la lucha de clases— se otea una verdadera disolución mental —y por lo tanto moral— colectiva, una disolución intelectual no ya de la opinión, sino del espíritu, del ánimo público. Alguien dirá que una disolución es una resolución, que disolver un problema es resolverlo. Y, en efecto, muerto el perro se acabó la rabia. Pero..., ¿qué es lo que no se acaba al cabo?

Y lo más grave, lo irreparable acaso —es mi cantilena—, es la disolución mental, la demencia, que nutre al espíritu público con camelos, con vagas fórmulas faltas de contenido ideal. En moral, en política, en economía, se prendan los del limbo de cosas que equivalen a lo que en literatura se llamó el “dadaísmo”. Y se ponen a decir, y lo que es peor, a hacer tonterías catastróficas. O si se quiere revolucionarias, que catástrofe quiere decir revolución. ¿Tonterías? Sí, tonterías que algunos llamarían “reprobables”. Porque recientemente hemos oído calificar de “reprobables” a crímenes repugnantes cuando se decía que el móvil era social. O sea insocial. ¿Tonterías? Sí, hemos oído calificar de tonterías, más o menos reprobables, las quemas de iglesias y conventos. Y hasta de cadáveres desenterrados. Dándose el caso de que los incendiarios, los petroleros, que dejaban los templos hechos una “lástima” —no más que lástima—, no eran de los represados antes, no eran de los que fueron oprimidos, no eran de los que podían alegar una venganza. Y que los más vandálicos de esos sucesos sucedieron, en general, en lugares que no habían sido previamente castigados por una represión... ¿reprobable también? Porque la reprobabilidad tiene dos caras, y apunta a los dos extremos o limbos. La barbarie contrarrevolucionaria no es menor ni mejor barbarie que la otra, y a la inversa. Es la misma barbarie.

Los dos limbos son un solo y mismo limbo. Que ya nos lo dice al decir que los extremos, los limbos, se tocan, el refrán. La tontería, la demencia disolutiva, es la misma.

¡Potencias limbales! ¡Qué mal suena esto! Ya lo sé. Pero tampoco sé inventar otra expresión... más elegante. Porque lo que se suele llamar —abusivamente, de cierto— elegancia, se me resiste tanto y aun más que la tontería. ¿Aunque no serán una sola y misma cosa, la una tontería ingenua, grosera o en bruto, y la otra tontería sutil y refinada? ¿Cuál es preferible? ¿Sobre todo en un pueblo al que se le llama impresionable queriendo decir presionable? ¿Y no serán acaso consustanciales con los limbos —con uno y otro— tales o cuales tonterías, ya en bruto —en rústica—, ya encuadernadas en elegante pasta? Pero... ¡atrás!, que volver a aquello de las consustancialidades no es ya más que insustancialidad. Y mitología. Que para ésta basta con cielo, infierno, purgatorio y limbo.

martes, 1 de mayo de 2018

El espolón y el codaste

Ahora (Madrid), 14 de abril de 1936

¿Popular? ¿Qué es eso de popular? Había lo que se llamaba Acción Popular, y luego se formó el llamado Frente Popular. Populares los dos. ¿Y quién les impide llamarse así, aunque ello contribuya a confundir aún más la confusión que reina y gobierna en este manicomio suelto que es hoy España? Donde no hay policía gubernativa del lenguaje. Aunque quiero recordar que en el primer bienio de esta dichosa —de dicho y no de dicha— República se prohibió que ningún partido se apellidara nacional. Y se anatematizaba la designación de “Gobiernos nacionales”. Para que hace poco, volviendo por los fueros del bien decir, el actual presidente del Gobierno determinara —arrepentido acaso de su anterior inquisitorial (no inquisitiva) prohibición— lo que eso de “nacional” significa, y que no se refiere a unanimidad, sino a volumen. Aunque, desgraciadamente, quepa medir el volumen por la ley de la mayoría. Algo así como aquello de que justicia es lo que quieren dos donde hay tres. Mas de todos modos, parece que en lo de nacional nos vamos entendiendo. Mas ¿en lo de popular...?

¿Qué es el pueblo? ¿Quiénes componen el pueblo? ¿Es el pueblo una clase o es el conjunto de las clases sociales y nacionales todas? Pero dejemos esto, pues apenas hay quien esté dispuesto a dejarse instruir y convencer. Cada cual se atiene a su acepción de la fatídica y confusiva palabra.

Ahora parece que el Frente Popular, ganando popularidad, ha desplazado o poco menos a la Acción Popular; pero ¿quién nos dice que detrás de este Frente Popular no se esté formando un Cogote Popular, tan popular como el frente y en el mismo sentido en que los del frente toman eso de popular? Cuando una aldea, un villorrio o un lugarejo está dividido, como suelen estarlo, en dos bandos: los anti-equisistas que siguen a Ceda —médico, maestro, párroco, boticario o pescador de tencas, verbigracia— y los anti-cedistas que siguen a Equis, perteneciente a cualquiera de esas profesiones o a la de vago o mangante, ¿quién nos dice qué parte de ese pueblo así dividido es el verdadero pueblo? Porque lo de pueblo bajo y pueblo alto no es sino una mandanga. Y entre esos dos equipos se establece el turno de los parados.

Y ahora, una vez indicado esto del frente popular y del cogote popular, vamos a exponer el caso acudiendo a una muy socorrida metáfora del arte naviero. Es ya secularmente tradicional lo de comparar al Estado con una nave y al gobernante con un piloto. Como que gobierno quiere decir originariamente el de guiar, en bonanza o en tempestad, una nave; gobernalle es el timón, y gobernar es manejarlo. Y es lástima que de una tan fecunda metáfora no quepa sacar todo el partido sacable en países como el nuestro, donde el asiento central del gobierno esté tan tierra adentro. ¡En una nación en que desde El Escorial se pretendió gobernar una armada a la que se le supuso invencible antes de hacerse a la alta mar!

Un navío de combate, una galera —y acaso hoy un acorazado—, tenía en su proa un espolón metálico para embestir y echar a pique, si podía, al navío contrario. Esa proa espolonada era su frente de choque. Algo así como el frente popular. Además, tenía el navío su casco, y en éste, su obra muerta —como la tiene el Estado—, y detrás —lo que alguien llamaría su retaguardia—, el codaste, el grueso tronco —a las veces de hierro—vertical en que termina la quilla, que le hace al navío surcar los mares. Y cuando llega el choque de la embestida no es el espolón de proa el que lo aguanta y resiste, sino que es el codaste de popa. Como en las guerras es la retaguardia la que resiste. Y en la guerra civil política no es el frente popular, sino el cogote popular, tan popular —acaso más— que el frente, el que tiene que aguantar la acometida. Y es ocioso pensar que la masa del codaste se solidarice siempre con la masa del espolón de proa. ¡Hay que conocer los “pueblos”! Los pueblos, ¿eh?, no sólo el pueblo.

Sabido es, además, que la fuerza impulsora de un navío le viene de detrás, de popa a proa; de popa a proa, de atrás adelante: el viento que hincha la vela y el empuje de la hélice. Que un navío no navega a tiro, como un carro de que tiran caballerías. No es el porvenir el que tira de un pueblo, sino el pasado. Su progreso se debe a su tradición.

Y una vez desarrollada la metáfora naviera, ¿qué es eso de que aquí no cabe ni comunismo ni fajismo? ¿A qué gobernante, a qué piloto entre proa y popa, se le ocurre pensar que no se sobrepongan al casco ni el espolón de proa ni el codaste de popa? Tan populares el uno como el otro. Porque ¿de dónde se ha sacado que el fajo sea menos popular o, si se quiere, menos proletario que el soviet? Mussolini ha llamado a Italia una nación proletaria. ¿Y qué es eso de hablar del capitalismo de los Bancos, verbigracia? ¿Es que el Banco de un Estado totalitario —comunista o fajista— no es tan capitalista como el de la clase llamada así, capitalista? Un espectador acongojado y de espíritu liberal —como el que esto escribe— que contemple la inminencia del choque desde el puente de cubierta podrá temer o esperar lo que tema o lo que espere; mas no se le ocurrirá pensar que es la garita del timonel la que lo resiste y aguanta. Ni que el timonel pueda dirigir su navío con pactos ni de proa ni de popa. Sólo a un piloto de tierra adentro, escurialense, se le puede antojar que un pacto sirva de brújula o compás de marear. Como tampoco sirven ni maniobras de gabarras de ría ni de balandros de abra. ¿Está claro?

¿Enemigos del navío? ¿Quiénes? ¿Los de adelante o los de detrás?; ¿los de proa o los de popa? Y dejémonos de eso de izquierda y de derecha. Que en el avance del navío y, sobre todo, en sus embestidas o arremetidas, ni la obra muerta de babor —izquierda— ni la obra muerta de estribor —derecha—, obras ambas muertas, cuentan apenas para nada. Y aunque sobre la línea de flotación se hundirán al hundirse el casco por quiebra de espolón o de codaste, o de ambos. Se llama obra muerta a la de los bordes del casco, sobre cubierta, ya de izquierda o babor, ya de derecha o estribor. Y cuando esos bordes son desbordados, el navío se hunde, y ¡ay de los que no sepan nadar! Y de los otros. Si se está en alta mar y lejos de tierra firme.

Nota.—Debo advertirle a cierto privado y malicioso anónimo comentador de estos mis Comentarios que no me divierto con estos escarceos lingüísticos y metafóricos, sino que me quitan el sueño. Y que nuestro señor Don Quijote era hidalgo y a la vez ingenioso.