martes, 15 de mayo de 2018

Huichilobos y el bisonte de Altamira

Ahora (Madrid), 28 de junio de 1936

A mi buen amigo José María de Cossío,
erudito investigador de tauromaquia.
“Que un sang impur abreuve nos sillons de la Marselle.”

Nunca logró interesarme la fiesta llamada nacional, la de las corridas de toros. Aunque sí me interesó, pero no como espectáculo de arte, sino como persistencia de un terrible culto de una religión pagana y casi prehistórica. Acaso de los tiempos del bisonte de Allamira. Un sacrificio propiciatorio a no sé qué divinidad que pide sangre. Divinidad de la estirpe de aquel terrible dios de la guerra, mejicano, Huitzilipotzli, a quien nuestros cronistas de Indias le llamaron Huichilobos. Y que vuelve, en cierto modo, a renovar la vieja tradición de popular barbarie, o mejor que barbarie, salvajería.

¿Fiesta nacional o popular? Las dos cosas. Nacional, cuando el espectáculo toma un cierto carácter oficial. Como en las corridas regias antaño y en las de aparato, presididas por una autoridad gubernativa. Esta es la fiesta celebrada, investigada y estudiada por revisteros, eruditos y hasta filósofos de la tauromaquia. Pero junto a ella persiste la otra, la fiesta popular, la de las capeas de los pueblos, fiesta sin cuadrillas contratadas —algún torerillo parado que se echa al ruedo como espontáneo— y en que el mocerío aldeano se da el placer de hostigar a mansalva al novillo, de acosarle para ver correr su sangre, de satisfacer así un instinto, en cierto modo religioso, de sombría religión. Y hay que confesar que sin este aspecto, el popular, que es el primitivo y originario, no cabe explicar el otro, el de la fiesta nacional.

¿Qué es lo que le ha dado su carácter oficial, litúrgico, propiamente eclesiástico —aquí es el Estado el que hace de Iglesia— a ese sombrío culto a una divinidad de sangre? Porque el carácter oficial es lo que a muchos nos acongoja. Cuando unos obreros, declarándose en huelga, se niegan a trabajar, hasta en un servicio público, corren los riesgos de su actitud, pero no se le ocurre a ninguna autoridad llevarles al campo de su trabajo a que trabajen a la fuerza. Y, sin embargo, hemos visto recientemente que a unos toreros que se negaron a torear se les llevó por la fuerza pública a la plaza de toros a que lo hicieran a la fuerza. Colmo de barbarie gubernativa. ¿Y para evitar qué? El que unos bárbaros que llevaban un cartel con un “¡Queremos corrida!” hiciesen cualquier barbaridad —quemar la plaza o agredir a los pobres toreros huelguistas—; ¿y quién les convence a esos bárbaros, con su dementalidad córnea de aficionados castizos? ¿Es que no se han visto sangrientos motines cuando a un villorrio se le ha negado la autorización para una capea? ¡Ah, es que se atentaba a la libertad de un milenario culto de sangre!

Y ahora ha venido el pleito entre los toreros mejicanos, los del dios Huichilobos, y los ibéricos, los del bisonte de Allamira. No es cosa de entrar en el aspecto legal de esta concurrencia. Es aquí lo de menos. Lo que el público —la “afición”, la trágica afición— pide es que le dejen saciar su sed... de sangre propiciatoria. Se ha visto a un pobre torero ibérico ofrecerse a un verdadero suicidio, sin arte alguno, no más que para probar que podía competir con los toreros de Huichilobos. ¿Es que, en el fondo, los castizos aficionados no siguen de plaza en plaza a un diestro de instinto suicida, a un mártir de esa sombría religión de sangre, en la esperanza de verle despanzurrar por un toro y verter sangre y poder decir: “Yo lo vi”? ¿Y no está la autoridad para aplacar esa religión salvaje de los aficionados e impedir así que se den éstos en hacerse ellos mismos sacrificadores? ¿No hay esa frase terrible de: “¡Vamos, que habrá hule!”? ¿Y es que no se ha oído en un match de boxeo gritar a una... señorita —no mujer—, dirigiéndose a uno de los luchadores: “¡Mátale!”, y con los ojos, y no sólo los ojos, retemblándole? Sin que se supiera si quería ver muerto al que la enloquecía. Sadismo puro. Que explica, por otra parte, no pocos suicidios mutuos en que la pareja de enamorados mezcla sus sangres. Y entretanto, pan y toros. Pan empapado y sangraza. Como en el Méjico precolombino el dios de la guerra, Huitzilipotzli —Huichilobos— se apacentaba de sangre humeante de sacrificios humanos.

Pensando en todo esto me han venido a las mientes las luchas de gladiadores, pobres esclavos como los que sublevó Espartaco, que satisfacían la sed de visión de sangre del populacho de Roma, y se me ha ocurrido si no cabría convertir a unos y otros toreros, a los ibéricos —los del bisonte— y a los aztecas —los de Huichilobos— en gladiadores y llevarles a la plaza a que luchasen en ella unos con| otros, como en Roma los gladiadores. Lo que se parecería mucho a la caza de unos obreros, por otros, que se está convirtiendo en fiesta popular y, además, nacional. ¿Qué le importaría al aficionado castizo, sin pedanterías pseudo-artísticas, que les matase a los toreros en competencia un toro o que se matasen ellos unos a otros? La finalidad sería la misma. Los del cartel “¡Queremos corrida!”, lo que en realidad quieren decir es: “Queremos ver correr sangre”. Y no sólo sangre de toro o de caballo, sino sangre humana. Tal es el verdadero fondo del problema.

El pleito de los toreros ha puesto de manifiesto, para quien sepa ver en su verdadero y trágico fondo, todo lo que hay en el fondo trágico de la fiesta popular y nacional. ¿Fanatismo? Sí. El fanatismo que llevaba a presenciar autos de fe y ejecuciones de reos. Fanatismo religioso, pero no de la religión cristiana católica o protestante u otra religión histórica apoyada —como pretexto— en uno u otro credo teológico, no; sino fanatismo de una religión prehistórica, de un culto de sacrificios humanos. Y ahora que aquí, en España, se exacerba el culto a la matanza —sin otra ideología—, vienen a ponérnoslo más en claro los toreros de una y de otra banda. Es como en la Roma imperial del circo de los gladiadores. Y que sigan investigando los eruditos tauromáquicos. Hasta que lleguen a los tenebrosos abismos de la afición.

lunes, 14 de mayo de 2018

Don Baldomero Espartero

Ahora (Madrid), 26 de junio de 1936

Hoy no voy a hablaros desde aquí, habituales lectores míos, de don Estanislao Figueras, como lo hice no hace mucho —¿os acordáis?—, sino de don Baldomero Espartero. Pero tanto monta. Que si éste, don Baldomero, no huyó como aquél, don Estanislao, del Poder supremo del Estado, dejándolo en desamparo, fue echado de él, nada menos que de la Regencia del reino, y ya recordaremos cómo y por qué. Mas antes he de recordaros, mis habituales lectores, aquel otro Comentario que publiqué aquí mismo, en el número del 14 de diciembre de 1932, al comentar el interesantísimo libro de nuestro Romanones Espartero, el general del pueblo, hoy tan de actualidad como entonces y como todo lo que Romanones escribe y dice. Titulé a mi Comentario aquel: “¡Ay mi jardín, mi jardín!”, frase entrañada del general —duque de la Victoria— a su chiquita, a su mujer, en carta escrita en vísperas de su victoria de Luchana, la que preparó el abrazo de Vergara. Que también don Baldomero tuvo su “jardín”. Y dije en aquel mi Comentario al libro de Romanones que en aquel “¡ay mi jardín, mi jardín!” se le fue al general del pueblo “toda el alma de manchego casero y quijotesco, todo aquello por lo que su generación le consideró como salvador de la Patria”. Hasta que le desconsideró.

¡Riego y Espartero! He aquí dos símbolos del liberalismo doceañista, el de nuestro siglo XIX. Cada uno de ellos tuvo su himno, aunque el de Riego ha sobrevivido al de Espartero, y no por su superioridad artística. Espartero no fue un pobre exaltado como Riego, sino un hombre cauto, bastante astuto y a quien, además, le ayudó la suerte. Soldado en Ayacucho, cuando el reino de España perdió realmente la América continental; vencedor de los carlistas en Luchana —junto a mi Bilbao— y acabador de la guerra civil con el abrazo de Vergara. Y luego, ídolo de los liberales progresistas, que arrojaron de la Regencia del reino a la viuda de Femando VII, doña María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, y después señora de Muñoz, elevado a duque de Riánsares.

El bagaje ideológico de don Baldomero era escaso y muy sencillo. Acaso se cifraba en aquel su famoso: “Cúmplase la voluntad nacional.” Porque el general del pueblo tenía de todo menos de pedante ni de definidor. No se sabe que disertara sobre la autenticidad, la esencialidad ni la sustancialidad de su constitucionalismo monárquico y liberal. En cuanto a escribir, no escribió mucho, y lo mejor de ello, sin duda, sus cartas a su mujer. Aunque Romanones nos hizo saber que había escrito hasta un soneto, que revela “la sencillez de su espíritu”, a la reina gobernadora, doña María Cristina, de la que el conde nos deja vislumbrar que anduvo algo enamorado. Y que los sonetos revelan sencillez de espíritu puede asegurároslo este comentador aquí.

El general del pueblo acabó echando de la Regencia del reino a la reina madre y sustituyéndola en ella. Pues así fue, ya que en las Cortes de 1841 fue elegido regente don Baldomero Espartero por 179 votos contra cinco por la reina Cristina, 103 por Argüelles, uno el conde de Almodóvar y uno el brigadier García Vicente. La votación no fue muy lucida, y se la debió el general no a los dos partidos constitucionales ni siquiera al progresista, sino a una fracción de éste. Verdad es que sin coaliciones. Y así fue cómo don Baldomero pudo retirarse a la Regencia del reino, de la que antes de cumplir su mandato fue echado, a su vez, al grito de: “¡Fuera Espartero!”, en 1843, y huyó a Cádiz; de Cádiz, a Lisboa; de Lisboa, a El Havre, donde se unió con su chiquita, y de allí, a Londres. Luego volvió a su España, pero para retirarse a Logroño, con ella, a cultivar su jardín. Arrojado del Poder supremo, se anticipó la declaración de mayoría de edad de Isabel II, que juró el 10 de noviembre de 1843. Y a la que quedó rendido y obligado el que había sido su regente.

Pero ¿cuál fue la causa íntima de aquella deposición violenta del regente? Parece ser que se la predijo y se la explicó su antecesora en el cargo, la reina regente, doña María Cristina, al decirle que así como a ella se la echaba por no haber sido regente de todos los españoles, y ni siquiera de todos los dinásticos de su hija —llamados “cristinos” frente a los carlistas—, sino de una parte de ellos, así se le echaría a él, al general del pueblo, al progresista, por entrar a ser regente de un partido. Claro está que entonces el regente, el de “¡cúmplase la voluntad nacional!” —la de hacerle a él regente—, no puso topes ni a lo que hoy llamaríamos derecha e izquierda, ni en los carlistas o absolutistas, de un lado, ni, de otro lado, en los republicanos, que éstos no los había entonces. Ni aparecieron con alguna valía hasta después de la revolución de septiembre de 1868 y el subsiguiente fugaz reinado de don Amadeo de Saboya. Y es de recordar que cuando se iba a restaurar la monarquía —aunque no la borbónica—, Prim ofreció la corona a don Baldomero, que, ¡es claro!, enamorado de su jardín, la rehusó. Aunque no la hubiese obtenido, pues ni sus más fieles le querían ya para rey. Era demasiado.

Don Baldomero cayó de la Regencia porque no pudo —o acaso, lo que es peor, no supo— ser regente de todos los españoles, monárquicos o no. Y eso que ni a él ni a ninguno de sus secuaces se le ocurrió la insensatez de declararse “beligerante” en la guerra civil que continuaba latente, ni de hablar de “aplastar” a los adversarios, aunque sí, en cierto modo, de ligarse a pactos que coartasen la obligada neutralidad del Poder supremo en las luchas civiles de los partidos. Pero al general le llevó a la Regencia un partido político, y así le salió ello. Y así le costó a España, supeditando el régimen a lo que se llamaba —y se llama— política y es otra cosa. Política de partido, que es antipatriótico inspirar, y menos dirigir, desde una Regencia.

Véase, pues, cómo si don Estanislao Figueras tuvo que huir de España por no poder atajar la anarquía que la devoraba, y que acabó con aquella apenas si añoja República de 1873, a don Baldomero Espartero hubo que echarle porque el general del pueblo no supo, no quiso o no pudo serlo de todo el pueblo. ¡De todo el pueblo! No supo, no quiso o no pudo, o no le dejaron ser de todo el pueblo, con su frente, y su coronilla, y su pecho, y su espalda, y sus dos costados. Que el vencedor de Luchana y el del abrazo de Vergara no estaba llamado a hacer otra España. Ni, en rigor, se proponía tal cosa el manchego de su jardín. Era más discreto que como para eso. No concibió así la “política” el general del pueblo, que al decir: “Cúmplase la voluntad nacional” no pretendía interpretarla él. Ni menos conocerla mejor que otros.

domingo, 13 de mayo de 2018

El día de la infancia

Ahora (Madrid), 12 de junio de 1936

Lo jorn de l'infantesa
que no tingué demá.
VERDAGUER

Antes de ahora y más de una vez —creo— he citado unos versos maravillosos, casi milagrosos de intimidad y de expresividad, brotados de nuestro gran poeta mosén Cinto Verdaguer. Fue en mi clase donde comentando un día al gran poeta leí —en catalán, ¡claro!— uno de sus poemas y al llegar a la estrofa en que sale la santa soledad del día único de la infancia, se me clavó en ello el oído y me ahogó la voz la fuente de las lágrimas. Era que se me subía a los ojos, a la boca y a los oídos el día único de mi infancia.

La estrofa queda diciendo: “Ai soledat aymada / ma companyona un día / lo jorn de l'infantesa / que no tingué demá; / d'ençá que trist anyoro / ta dolça companyia / com font escerreguda / ma vena se troncá.” (Cito de memoria.) Y aunque es triste tener todavía que traducir del catalán los traduzco: “Ay soledad querida, mi compañera un día, el día de la infancia, que no tuvo un mañana, desde que triste añoro tu dulce compañía, cual fuente escurridiza, mi vena se truncó.” ¡Soledad, querida compañera del día único de la infancia, del que no tiene un mañana, otro día siguiente, otro, un demá (francés demain) del día eterno!

Es que el niño en su soledad creadora, mientras se está haciendo su mundo, soñándolo, entre otros niños, no vive ni sueña atado a lugar y a tiempo. Vive en infinitud y en eternidad. Su vida no es tópica ni crónica. Ni topométrica ni cronométrica. Ignora la medida del espacio y la del tiempo. el reloj ni el calendario rigen para él. Un solo día, un día sin día siguiente, sin un mañana! Y no sólo en los niños, sino en los santos. En los santos infantiles. Figurémonos un ermitaño anacoreta —o un cartujo— que no se aparta del pequeño jardín que ciñe a su celda y que no vive atenido ni a horas ni a días diversos, ni a reloj ni a calendario; éste vive durante su vida toda un solo día. ¡Y un día sin un mañana! Ese único día se le va creciendo, se le va ahondando. ¿Monotonía? ¡No, no! Y así no se siente envejecer, no siente venir la muerte, y cuando llega ésta, el eterno mañana, no la siente y se muere sin saber que se muere ni que se ha muerto.

El que tiene experiencia de niñez, de infancia, propia o ajena, sabe cuándo se acaba esta infancia, cuándo llega el otro día y con él los otros días. Es cuando el niño descubre la muerte; que uno se muere. Porque antes, aunque vea morirse a otro, o le vea muerto, no siente la muerte, no la descubre. Todos los padres observadores, todos los maestros —no quiero decir pedagogos, y menos si se apellidan laicos sin entender el apellido— han podido observar conmovidos, y aun acongojados, ese alborear de la conciencia de la muerte —que coincide, en los primeros vislumbres de la pubertad, con la conciencia del instinto sexual— cuando se cierra el día santo y único de la infancia.

Y así, evocando mi alma de niño, la de mi único día de la infancia, con mis almas de maestro —no de catedrático—, de padre y de abuelo, veo con espanto el espectáculo inhumano de esos pobres niños —¡niños en el día único!— a quienes padres, y lo que es peor, madres, desalmados les obligan a mantener enhiesto el brazo derecho con el puño cerrado y a proferir estribillos de odio y de muerte y no de amor. O a que oigan acaso eso del “amor libre” que no es tal amor. Delante de unos niños —acaso hijos suyos— decía una de esas desalmadas que mientras supiesen ellas, las de su ganadería, quiénes eran los padres de sus crías, no habría progreso en España. Y dicho eso aullaba insensateces. O arrancándoles de la santidad de su día único, del santo día único que no conoce la muerte, se les lanza al presentimiento de la matanza, que no ya de la muerte. Se ha visto adiestrar a niños, a pobres niños, ataviados con guiñapos rojos, en la caza del hombre. Nosotros, los adultos, los ya envenenados, los enloquecidos, que nos entreguemos a nuestras repugnantes luchas... ¿Pero educar en ellas a los niños? Es como si para evitar que estos pobrecitos al llegar a la edad terrible del doble descubrimiento den en vicios solitarios, se les obligara a ciertos actos en que a modo de bárbara vacuna adquiriesen esa terrible dolencia que desemboca en la parálisis progresiva. Y de hecho conocemos pedagogos —no maestros, repito— que hablan de los peligros de la inocencia y de la conveniencia de abreviar el día único de la infancia. Y de anticipar ciudadanos.

Ya no se habla de respeto a la libertad de conciencia del niño, pues se sabe bien que esa conciencia a que se alude, el niño no la tiene; sino que se habla de captación de ella. Ya se dice que la conciencia del niño ha de ser del Estado y quiere decirse que de una clase. Que el niño ha de profesar la religión de Estado. Comunista o fajista, es igual.

Llegará un día en que los pobres padres que no puedan ni educar por sí mismos a sus pobres hijitos ni pagar a educadores de su confianza se nieguen a entregarlos a pedagogos —no maestros— de religión estatal y no laica, no popular de verdad, no nacional. Se nieguen a que les enseñen a levantar el puño cerrado en vez de santiguarse, y se nieguen a que en vez de empapizarles con el Catecismo les empapicen con la Constitución o con algo peor aún.

“¡Ay soledad querida, mi compañera un día, el día de la infancia, que no tuvo un mañana...!” ¡Qué terrible mañana, que trágico descubrimiento de muerte y de odio se está preparando a esa niñez, porvenir de la patria!

Otro de mis poetas favoritos, éste inglés, el gran meditativo Wordsworth, dejó para siempre dicho esto que traduzco aquí:

“Mi corazón brinca cuando veo arco iris en el cielo: así era cuando empezó mi vida; así es ahora que soy un hombre; sea así cuando envejezca, o que me muera antes. El niño es el padre del hombre y ojalá mis días se eslabonen entre sí por natural piedad.” Es decir, que perdure el día de la infancia. ¡Y pensar que estos niños envenenados se harán hombres, se engendrarán hombres y lo que será de éstos y de su comunidad! ¡Niños y... niñas! Porque entre esos pobres niños, en la edad en que no se acusa ni marca espiritualmente el sexo, hay niñas. Niñas que serán un día madres. Y hay que pensar en el terrible fanatismo, en la beatería —así, beatería, de un extremo o de otro— de la mujer, encendido y superficial a la vez, sin hondura ni anchura, histérico e inconsciente… Tremendo fanatismo femenino —más teatral que sincero, histérico, de galería— que no sabe ver el arco iris en el cielo. Mas de esto, otra vez.

sábado, 12 de mayo de 2018

Ensayo de revolución

Ahora (Madrid), 7 de junio de 1936

No sé si para apartarme de la actualidad o para encontrar lo eterno de ella por otro camino dejé la prensa del día y me puse a leer las Migajas filosóficas, del gran sentidor danés Soeren Kierkegaard. Y, de pronto, me hirió esta frase, al parecer enigmática: “la novedad del día es el principio de la eternidad”. Y a mí, acostumbrado más aún que a su danés a su íntimo lenguaje espiritual kierkegaardiano, se me presentó al punto todo lo que aquel torturado y torturante espíritu quiso decir con ello.

La novedad del día ea lo verdaderamente nuevo de un día; el hecho que abre una nueva vida que arraiga en lo eterno; una nueva vida de un hombre o de un pueblo; una verdadera revolución. Que siendo verdadera, es una renovación. Porque revolverse —y menos revolcarse— no es, sin más, renovarse. Cabe renovarse quedándose muy quieto y sosegado. Las mudas, por ejemplo, no se hacen con desuellos. La serpiente no se quita la vieja piel mientras no tiene la otra, la renovada, por debajo. Que si hiciera de otro modo tendría recaídas y correría grave riesgo. Y así un pueblo. Al que se supone muchas veces que ha cambiado por dentro y no hubo cambio.

“Renovarse o morir”, se ha dicho. Pero renovarse es, en cierto modo, recrearse, volverse a crear. Y no es poco renovar, recrear, crear un pueblo. ¡El placer de crear! Sí, el placer de crear, pero no se crea con revoluciones. A lo más, son éstas las que hacen —y deshacen— a los hombres que creen hacerlas y dirigirlas, y no ellas a éstos. Los hombres, ¡si lograran comprender el torbellino que les arrastra! ¡Si lograran comprender la novedad del día —que suele etiquetarse con una fecha—, adivinando en ella el principio de eternidad, la renovación histórica! Así dicen que Goethe adivinó en la batalla de Valmy un mundo nuevo. Lo que, seguramente, ni vislumbró el general que mandaba la batalla. Que no quien realiza un hecho prevé su alcance. Ni ve en la novedad eternidad, ni en el día ve principio.

Y ahora, una anécdota. Uno de mis buenos amigos, diputado que fue conmigo en las Constituyentes y habitante en una provincia cercana fue, no hace mucho, a Madrid, y al visitar a su jefe político se lo encontró muy preocupado con el estado de la cosa pública (traducción de República), y en el curso de la conversación le dijo, por vía de adhesión y de alabanza: “pero bueno; en buenas manos está el pandero”. El cual replicó: “¿Pero es que hay pandero?” Y yo, de haber estado presente, habría añadido: “¿pero es que hay manos?” (Mejor que la metáfora del pandero sería la de un torno de alfarero y arcilla para un botijo).

Y tengo que volver a lo de la teatralidad, la representación, y no presentación, de lo que se llama ahora aquí la revolución. Revolución que revuelve muy poco, pero no renueva casi nada. En su aspecto teatral ofrece escenas perdidas sumamente típicas. Hace unos días hubo aquí, en Salamanca, un espectáculo bochornoso de una Sala de Audiencia cercada por una turba de energúmenos dementes que querían linchar a los magistrados, jueces y abogados. Una turba pequeña de chiquillos hasta niños, a los que se les hacía esgrimir el puño —y de tiorras desgreñadas, desdentadas, desaseadas, brujas jubiladas, y una con un cartel que decía: “¡Viva el amor libre!” Y un saco. Que no era ¡claro! del que se le libertó al amor. Y toda esta grotesca mascarada, reto a la decencia pública, protegida por la autoridad. La fuerza pública ordenada a no intervenir sino después de... agresión consumada. Método de orillar conflictos que no tiene desperdicio.

Toda esta selvática representación revolucionaria está acabando de podrir, hasta derretirlos o pulverizarlos, a los famosos burgos podridos. Se les sacó de su costumbre para no darles otra. Y la famosa revolución está arrojando a las ciudades la podredumbre que ya no cabe en los burgos y que se meje con la podredumbre urbana, sobre todo con la arrabalera. Y andan, no ya revolviéndose, sino revolcándose, hombres que viven sin consigo mismos. A la vez que se apresta a defenderse la burguesía proletaria, o proletariado burgués, a que no la den un revolcón.

Crear —o re-crear— un pueblo, hacerlo, renovarlo —como quien hace una ánfora o toca el pandero—; ¡pues ahí es nada la cosa! ¡La cosa publica! ¡Menudo ensayo! Y a empezar por una novedad del día, de tal o cual fecha o con un código de papel —como el “galápago” de que aquí os hablaba hace poco— y como principio de eternidad, o sea de historia. ¡Ah, no, no! Aquella muda no fue muda de verdad. Debajo de la vieja piel no estaba formada la nueva, y no se puede acabar de formar con escaras a la vista. No; no empezó una nueva vida pública en aquella fecha mítica. Ni la renovación de los tejidos, y de los de las entrañas menos, va a eso que llaman ritmo acelerado. No se hace crecer una planta a tirones. Sístole y diástole tiene el corazón; sueño y vela el ánimo ; trabajo y descanso el cuerpo. He oído decir que España ha cambiado radicalmente desde hace cuatro o cinco años. ¡Embuste! Por debajo de las túrdigas de la vieja piel no hay en gran parte todavía más que carne viva o cicatrices sanguinolentas. Y es completa carencia de sentido histórico —o acaso frivolidad— asegurar que tal o cual cosa no puede ya volver. Las recaídas —como los que J. B. Vico llamó “recursos” (en italiano “ricorsi”)— pueden siempre volver. ¡Pues no faltaba más! Ni las revoluciones, ni los revolcones, ni las renovaciones, ni las restauraciones dependen de la voluntad de crear de un hombre. ¿Un poeta de pueblos? ¡Terrible vocación! Y, sobre todo, ¡ojo con los ensayos! Que están bien para el teatro, a telón corrido. Se ensaya la representación de una muerte escénica, de chancitas, y suele muy bien suceder que cuando en la comedia —o farsa—, a telón alzado, toca representarla, la representación se atasca. “A ver hasta dónde se puede llegar” es peligroso lema de ensayos. “Ni una coma más, ni un punto más”, se dice, y como es tan fácil resbalarse en puntos y comas, se va uno en puntos suspensivos. Pues, ¿quién pone puertas al campo? Y esto en un país y una temporada en que no se saben ni paz ni justicia; en que no se goza sabor ni de una ni de otra; en que saben tan mal que no cabe saborearlas. Y estamos hasta la coronilla de ensayos de revolución. Que se va en probaturas.¡Pobre Niña!

Р. D.—Apenas acabado este Comentario me envía Marañón su nuevo libro El conde-duque de Olivares (la pasión de mandar), y antes de ponerme a leerlo me ha herido —es mi modo— la expresión “pasión de mandar”. Que he de relacionar con otras tres; “el placer de mandar”, “el placer de crear” y “la pasión de crear”. Y queda la pasión de entender.

viernes, 11 de mayo de 2018

Trabajadores de toda clase

Ahora (Madrid), 5 de junio de 1936

¡Las veces que nos hemos referido a aquella teórica ocurrencia del articulo primero de nuestra pedagógica y sociológica Constitución de que “España es una República democrática de trabajadores de toda clase”! ¿Teórica? Teórica, si, pues de ella no se deduce nada en el orden práctico. Mas como teoría merece examen. El sociólogo que metió lo de “trabajadores”, sin la posterior coletilla “de toda clase”, lo hizo por sugestiones nada nacionales y en rigor para servir a la dependencia de España respecto a un pueblo extranjero. Advirtióse el peligro y se añadió lo “de toda clase” para dejar lo de “trabajadores” en una mera vacuidad. Porque ¿quién no es trabajador de alguna clase? Lo son no ya los empecatados burgueses y los capitalistas, sino todos los que cumplen el trabajo de vivir, aunque sea a costa ajena.

Desde que se constitucionalizó eso de “trabajadores”, la denominación —y no más que denominación— ha hecho fortuna. Un día tenemos los “trabajadores de la Enseñanza”; otro, los “trabajadores del arte”. Esperamos ver que los recaudadores de contribuciones se constituyan —constitucionalmente— en “trabajadores del Fisco”; los guardias de Asalto, en “trabajadores de la represión”. Y así todos los demás. Todo el que ejerce una función ejerce un trabajo. Y hasta el vago, el holgazán. ¡Pues no es poco trabajo el de holgar! Antes de ahora he contado cómo un amigo mío me decía que la malquerencia que ciertos hombres laboriosos guardan al vago es porque éste es el fiscal del que trabaja. “¿Ve usted —me decía— ese vago que se pasa las horas muertas día a día dando vueltas aquí, en la plaza? Pues el confitero ese no le puede ver porque es quien se detiene a diario ante su escaparate y puede decir: Esos pasteles llevan ahí, los mismos, más de ocho días. El vago vigila e inspecciona al no vago.” Y es que el vago trabaja de ojo.

No sé si los mendigos —los de profesión y vocación y aun de herencia, no los otros, los ocasionales— estarán o no sindicados, pero podrían estarlo como “trabajadores de la mendicancia (manganza), mendicidad o pordiosería”. Que es también un trabajo como otro cualquiera. Pues, ¡menudo trabajo que es el de mendigar o pordiosear! ¡Difícil función para ejercerla con eficacia y dignidad! Y no en vano se instituyeron en la Edad Media Órdenes religiosas mendicantes. Y en relación con esto ahora empieza a constituirse —constitucionalmente también— otra clase de trabajadores, cual es la de los trabajadores del paro. Que trabajan para mantener y propagar el paro a pretexto de acabar con él. Es la orden de los parados. Que en rigor no se asocian, sino se amontonan.

En cierta ocasión le preguntaban a un amigo mío, hombre cultísimo y gran amigo de la lectura y de asistir a teatros y espectáculos públicos, si no escribía, y respondió: “No, yo leo, porque hace falta quien lea para que haya quien escriba”. “¿Luego usted no es productor, no produce?”, le dijeron. Y replicó: “Sí, señor, soy productor; produzco consumo”. Y esto de considerarse el consumidor como productor de consumo es un concepto económico muy arraigado en los trabajadores del paro. Así como en los trabajadores del descanso.

A las veces, lo de no trabajar es una especie de obligación. He sido durante años, y lo soy ahora, como rector de la Universidad, patrono de un asilo de ancianos fundado para que éstos descansen o huelguen. Por razones de higiene se recomendó a los pobres asilados, sin obligarles a ello, ¡claro!, que los que se sintiesen con fuerzas y ganas trabajasen algo, por vía de recreo, en una huerta del asilo. Algunos lo hicieron y hasta un antiguo carpintero pidió que se le diera un banco de carpintería. Pero he aquí que el administrador del asilo me vino un día a que fuese a cortar una especie de pequeña revolución que había suscitado entre los ancianos asilados uno de ellos diciendo que su “obligación” (así) era holgar y no trabajar, que para eso se fundó el asilo, y que el que sintiera ganas de trabajar tenía el deber de solidaridad y compañerismo de aguantárselas y no ir a poner la ceniza en la frente a los compañeros y como a hacerlos de menos. La teoría, inútil es decirlo, me cayó en gracia. Era una teoría verdaderamente revolucionaria.

¡Trabajo! ¡Trabajo! ¿Y qué no es trabajo? Trabajo es velar y se vela para dormir. Trabajo es vivir y se vive para morirse. Que no es que se muera por haber vivido, sino que se vive para morir. Trabajo es —por agradable que sea— el engendrar hijos y se los engendra para morirse uno. Que dar la vida es perderla. Y esta es doctrina fisiológica y biológica de largo desarrollo. La hermandad del Amor y de la Muerte es tema fecundísimo de poesía y de filosofía. Que ha inspirado, entre otros, el hermosísimo canto de Leopardi Amore e Morte.

¿Qué no es trabajo? Hasta el asistir a un espectáculo. ¿Y por qué no han de formarse ligas de “trabajadores” de ver los toros, o partidos de pelota o de fútbol, o piezas de teatro? O de trabajadores radio-escuchas. Productores de consumo también.

Y tú —me dirá algún lector malicioso—, trabajador ¿de qué “clase”? Y yo le contestaré con aquello de mi excelso maestro y tocayo don Miguel de Cervantes Saavedra en el “Prólogo al lector”, de la segunda parte del libro: “Había en Sevilla un loco, que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiaguda en el fin; y en cogiendo algún perro en la calle o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que soplándole, le ponía redondo como una pelota y en teniéndolo de esta suerte le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba diciendo a los circunstantes (que siempre eran muchos): Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro. ¿Pensarán vuesas mercedes que es poco trabajo hacer un libro?”

Yo también, malicioso lector amigo, te digo con Cervantes que no es poco trabajo hacer un artículo de estos, o con el loco de Sevilla, hinchar un comentario. Y más ahora, en temporada de locura colectiva, en que España está hecha un manicomio suelto. Y en que hasta los loqueros han enloquecido al punto de que hablan de “aplastar” a los locos de locura contraria a la suya —a la de los loqueros—; y “cuando el guardián juega a los naipes ¿qué harán los frailes”? ¡Trágico manicomio! Trágico manicomio en que se llega a la “dementia tremens” de considerar enemigo publico del régimen al que se llame —¡se llame!— fascista. Beligerancia de la insensatez. Trabajadores de la locura.

jueves, 10 de mayo de 2018

Teatralerías de morcilleo

Ahora (Madrid), 26 de mayo de 1936

Que el ánima en pena de Quevedo
me acorra en este trance dificultoso.

Hay revoluciones épicas, líricas y dramáticas. Las épicas son propiamente guerras civiles, ordenadas. Tales, entre otras, las de la independencia nacional de un pueblo. Las líricas son las que cumple un individuo en ciencia, en arte, en política, en religión. No caben en teatro. Así, el monodiálogo de Don Quijote y Sancho, que no entra en tablado; su escenario es el universo. Ni el hidalgo ni su escudero son personas teatrales. En cuanto a las revoluciones dramáticas —trágicas o cómicas—, rarísima vez son verdaderas revoluciones. Aunque sus actores no sepan renunciar a la infantil ingenuidad de llamarse revolucionarios. Veamos.

Nuestro pueblo español, sobre todo el del centro de España, es uno de los más teatrales, de los más aficionados al teatro. Y a las corridas de toros, novilladas y capeas, que es otro teatro. ¡Pero de verdad! ¿De qué verdad? Como antaño en una corrida increpara a un espada el gran actor dramático Isidoro Máiquez, aquél, el matador, se volvió a decirle: “¡Señor Miquis, que aquí se muere de veras!” Y a la hora de enfrentarse el matador con la fiera le llaman los aficionados la hora de la verdad. Verdad teatral también. Y esta teatralidad, de tablado escénico o de coso de sangre y arena, ha dado tono y hasta sentido a nuestra vida política. Y a sus revoluciones dramáticas —trágicas o cómicas—, cruentas o incruentas.

Una vez, hallándome en un banquete político de Romanones en una vecina capital de provincia, se levantó a brindar el cacique provincial —un buen cacique—, y al oírle pregunté al que tenía a mi lado: “Dígame: éste, de joven, representó en teatros caseros, ¿no?” “¡Exacto!”, me contestó. Los de la revolución —¡tan teatral!— de 1868 se formaron en esos teatros. Aquí conocí a uno de aquellos revolucionarios, a quien se le llamaba Lanuza por haberse distinguido haciendo de protagonista en La capilla de Lanuza. ¡Y había que verle cruzar, en Lanuza, la plaza Mayor! Y, por otra parte, entre nuestros actuales políticos de partidos revolucionarios hay más de uno a quien le ha tentado el teatro y ha llevado a escena algún drama sociológico en que juega el “genio de la especie” y que no cuajó por su modo serrinoso de expresarse. ¡Qué mala musa es la sociología beocia y hepática!

En las revoluciones dramáticas —o mejor, teatrales—, las conspiraciones juegan un gran papel. (Papel, ¿eh?; no hay que confundirse.) Hay aquello de: “¡A las tres es el movimiento!”, cuchicheado al oído. Y hay las contraseñas y los viajes de exploración. De que algo sabe algún alto gobernante de hoy. Y luego vienen los “actos” con sus “escenas”, en el sentido teatral. Que a las veces llegan a la susomentada “verdad” de los aficionados. Así, a ésta que dan en llamar revolución precedió la loa de Jaca, en que rindieron sus vidas dos generosos y entusiastas actores. Y actores revolucionarios de verdad, quijotescos, líricos.

Llega otro acto dramático revolucionario y se prepara una escena de todo aparato. ¿Y el papel? ¿Estuvo bien ensayado? Creemos, dígase lo que se diga, que las masas, el coro general, no se sabían el papel. Ni conocían el drama. No tenían sentido de la función. Pero allí estaban para dárselo los “reglas”. El “regla” le llaman en los lugares de esta provincia de Salamanca al apuntador, al que desde su escondrijo —concha o garita— sopla a los actores lo que tienen que hacer y que decir. Mas en estas revoluciones teatrales suele suceder que los actores se olviden del papel o no lo sepan y, sin hacer caso al “regla”, se metan a embutir “morcillas” —lo que en la jerga de teatro se llama así—. Sin que sirva que el “regla” les diga: “¡No, no es así; que no es así!”, y les llame al orden, ¡Y qué morcillas!

Porque aquí el morcilleo teatral puede ser de otro género, de un género de “verdad”, de mondongo. Esto es, de matanza. De esa matanza que las comadres rurales dicen que es el arreglo de la casa. Sólo que matanza de hombres, de actores. Y allá anda el pobre “regla” aterrado y sin saber cómo acabará aquello. Porque él, el “regla”, conspirador dramático, no sabe cómo arreglárselas en el arreglo de la casa, en el mondongueo. Pero he aquí que el público, al cabo, al acabar la función, se entusiasma con el arreglo de la casa y empieza, educado en corridas de toros, a pedir: “¡Caballeros!, caballeros!”, como otras veces pedía: “¡Caballos!, caballos!”, y hace salir a los actores a recibir palmas en el tablado por no haberse limitado al papel, y en seguida tenemos a los “reglas”, que se estuvieron agazapaditos en sus conchas, que se suben al tablado a participar de la ovación. Salen como diciendo: “¡Nosotros dirigimos el mondongueo!” Y hasta predican que hay que representar la función “con hiel”. ¡Así! Predican la revolución de verdad.

¿Pasó la romántica loa pre-revolucionaria de Jaca dejando rastro de generosa sangre, en cierto íntimo sentido —que ahora y aquí no he de explayar— redentora, y pasó sin sus “reglas” y su papel? Y luego, en la revolución ya reglada y empapelada —la Constitución es un papel—, vino el acto trágico de Asturias, y el cómico de Barcelona, y hasta el sainete madrileño. Con sus “castañeros picados” y todo. Y por debajo de la función reglada, con su programa, está la acción, la terrible acción, del coro que no obedece a corifeos, que no oye a los “reglas” ni los entiende; está la acción desencadenada. La de los que creen que el arreglo de la casa está en la matanza. ¿Que no estamos preparados para la revolución? Es que la verdadera revolución no es sino preparación. O educación. Educarse para la libertad es hacerse libre. Y los que así —acaso harto sarcásticamente— nos burlamos de la supuesta revolución, somos los que cultivamos la revolución de verdad. Que es la de decir la verdad, que no reconoce partido. “La verdad os hará libres”, quedó escrito. ¡Y cómo descansa uno cuando ha dado su verdad! Lo sabía Quevedo, el de las feroces burlas.

¿Que mezclamos lo verdaderamente trágico con lo no más que cómico y con lo sainetesco? ¿Que este jugar con los dos sentidos del morcilleo es algo repelente? Lo repelente es este representar y no presentar la revolución; lo repelente es este funcionar —¡funcionar!— de revolucionarios; lo repelente es una llamada revolución, dramática y teatral —aunque a las veces sangrienta—, en que no se presiente ni un aliento épico de verdadera guerra civil, de independencia nacional, ni un aliento lírico, quijotesco, de revolución ideal. De revolución de ideas. Porque aquí, hoy, no cabe hablar de ideología revolucionaria. Nuestros funcionarios de la revolución dramática carecen de verdaderas ideas. Basta leer su código. Y sus pésimas traducciones.

¿Que este bosquejo es amargo? Son los “reglas” y los funcionarios de la revolución los que nos amargan la vida.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Mañana será otro día

Ahora (Madrid), 20 de mayo de 1936

Se pone la tarde. Me llega del Poniente una campanada eclesiástica, fundida con el lejano ladrido de un perro. ¡Cuánto han ladrado los perros a las campanas! Pienso en que voy a pensar y en qué voy a pensar. Pensar en paz, pero no en la paz. El cielo está en el horizonte ponentino recocido. ¿Pensar en la paz? ¿Y cómo con el eco y el resón de las lecturas de los diarios de la mañana, del triste desayuno informativo? Noticias crudas, no filtradas, reducidas a titulares casi. Porque lo que sigue a esas titulares, a la letra gorda, es como aquella letra menuda de los libros de texto escolares, “lo que no se da”, que decíamos; nombres y señas y número de los muertos y de los matadores. Todo ello crónica como de cronicones medievales y no historias. Y de vez en cuando, los claros de la censura, uno de los más claros e indicativos síntomas del entontecimiento progresivo de los que mandan. “El cielo entontece primero a los que quiere perder”, dice el fragmento de Eurípides. ¡Y luego esas abrumadoras notas gráficas! Aquí está ese retrato del que habla en un mitin ante un micrófono, con la boca en o y el brazo en alto. ¿Pronunció, acaso, el discurso —o lo que fuere, pues lo que es discurrir...— para salir así en la hoja? Pero hay que pensar —es el oficio— para que piensen otros. ¡Y si llegáramos a pensamiento común!...

Y con todo eso de la abrumadora información escrita y gráfica, el recuerdo de las miradas agresivas de aquellos mozalbetes con los que uno se cruzó en la calle al ir a recogerse a casa. ¡La calle! ¡Tener que vivir en ella! Porque no a todos les es dado, como a nuestro Juan Ramón, embozarse en soledad sonora o buscar la humanizadora sociedad de inocentes animalitos irracionales, que, por serlo, no pueden enloquecer. Hay días y lugares, horas y sitios, en que el ambiente de la calle lo es de una indolencia salvaje. Las gentes sin conocerse, y por lo mismo, se miran como en desafío. Y hasta a los pobres niños —¡a los pobres niños!— los están criando en mala crianza. Mal criados acaso por mal nacidos, a descontento de sus padres.

Esa insolencia salvaje es hija de enfermedad colectiva, de locura comunal. Decía el pobre Nietzsche, el torturado soñador de “la vuelta eterna”, que el enfermo apetece lo que agrava y exacerba su enfermedad. Así, en los pueblos que cuando se empobrecen les entran locas ganas de destruir su riqueza. Y de ir repartiendo, y con el reparto acrecentando su pobreza.

Se pone la tarde, y encerrado en mi cuarto cojo con la mirada el recocido celaje del horizonte ponentino. Según va cerrándose la tarde en la noche y van abriéndose —naciendo— en el cielo las estrellas, se me va abriendo el ánimo a la llegada del sueño. De un sueño estrellado y Dios quiera que celeste. En que olvide la monotonía del escándalo y de la rutina de la estupidez colectiva. Recuesto al fin la cabeza en la almohada consultora y me dispongo a trasnochar el pensamiento, que tanta íntima fuerza cobra de la inconciencia. A ver si así logra uno hacer la crónica historia, o leyenda, que es lo mismo. Mientras dura el sueño, ¡qué palabras eternas nos dicta el silencio al oído del corazón! Son ellos, el sueño y el silencio, los que nos remozan a los viejos. ¿Remozar? Nos bautizan —o, mejor, nos rebautizan— en el mar sagrado de la inconciente vida prenatal. El antes del comienzo nos revela el después del acabamiento. Y el alma se nos hincha de lenguaje divino. Decía Leopardi, en su estupendo Cántico del gallo silvestre: “¡Mortales, despertaos! No estáis todavía libres de la vida. Tiempo vendrá en que ninguna fuerza de fuera, ningún intrínseco movimiento, os sacudirá de la quietud del sueño si no que en ella siempre, insaciablemente, reposaréis. Por ahora no os está concedida la muerte; sólo de trecho en trecho se os consiente por algún espacio de tiempo una semejanza de ella. Porque no se podría conservar la vida si no fuese interrumpida a menudo. Demasiado larga falta de sueño breve y caduco, es mal por sí mortífero y causa de sueño eterno. Tal cosa es la vida, que para llevarla es menester de hora en hora, deponiéndola, recoger un poco de aliento y restaurarse con un gusto y como si una porcioncilla de muerte.”

Repensando este pensamiento de Leopardi sobre la almohada consultora, se me viene a las mientes una ocurrencia de William James en su ensayo ¿Merece vivirse la vida?, al comentar la terrible predicación del suicidio, del poeta James Thomson, en su poema La ciudad de la noche terrible. Cita el pragmatista norteamericano pasajes del poeta inglés, y entre ellos éste: “Esta pequeña vida es todo lo que tenemos que aguantar; la santísima paz de la tumba es siempre segura”, y añade Thomson: “Medito estos pensamientos y me consuelan.” Y el pragmatista comenta “Entre tanto, podemos aguardar siempre por veinticuatro horas más, aunque sólo sea para ver lo que cuente del periódico de mañana o lo que nos traiga el próximo cartero.”

¿Lo que cuente el periódico de mañana? Lo mismo que contó el de ayer. Y esto sí que es una pequeña vuelta o revuelta eterna, espejo de la trágica “vuelta eterna” que torturó al pobre Nietzsche —y que era un pensamiento helénico—, como el sueño es espejo de la muerte. Pequeña vuelta o revuelta eterna que es lo que llaman algunos la revolución permanente. ¿Revolución? Motín y no más, con que se entretiene y se mantiene la estupidez comunal, a la que miman los que debieran corregirla. Y la miman mintiendo, que por algo se dijo: “Miente más que la Gaceta”. Mintiendo y creyendo, o más bien queriendo hacer creer que cuando llegue el último incendio se apagará con mangas de riego de tanques.

¿Que mañana será otro día? Mañana será el mismo día, el día del siglo. Y no faltará quien diga que todo esto lo traen los enemigos del régimen. Que es lo que se les ocurre a los mandones que piensan que hay ocasiones en que deben estar ciegos y sordos durante cuarenta y ocho horas. ¡Pobres hombres, que no saben conciliar un sueño de paz! ¡Y pobre pueblo!