miércoles, 29 de noviembre de 2017

Andología

Ahora (Madrid), 13 de enero de 1934

A Marcelo Calderón.

Releyendo el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, uno de los más puros poetas —de poesía pura quiero decir— que yo conozca, me encontré, en la octava 157 del canto XVIII, con este verso: “Con Stordilan, col Re d'Andología”. Y en la nota al pie de la página, el anotador Giacinto Casella, de acuerdo, seguro, con los demás eruditos, dice que está por “Andalusía”. Debe de ser así, pues sabido es qué juegos y variaciones solía hacer con los nombres aquel poeta que tantos creó y tanto se recreó y recreó a otros con ellos. ¿Por qué Andología y no Andalucía? ¿Le sonaba mejor? No, desde luego, por la rima, que en ésta son equivalentes. Por rima fue Lord Byron, en su Don Juan quien le convirtió a Sancho Panza, quitándole la cedilla a la ç, con que lo escriben por ahí fuera, en Sancho Panca, para que rimase con Salamanca, aunque éste cree que es otro que el escudero de Don Quijote. Y si Lord Byron vislumbró o columbró, merced a la rima que Carducci llamó “generatrice”, un Sancho Panca arrimado a Salamanca, ¿no será que el Ariosto, en recreo del oído, vislumbró una Andología que no es precisamente nuestra Andalucía?

¡Andología! Lo primero que nos sugiere es la fatídica serie de las logías, que tanto se han multiplicado desde el tiempo de Ariosto —han pasado ya cuatro siglos— hasta hoy. Las logías —entonces más conocidas y respetadas— eran la teología, la mitología, la astrología y otras así. Poéticas logías —con el acento en la i, ¿eh?, y no en la o, pues las logias nada tienen de poéticas—, que han producido otras que no lo son. ¿Por qué no habríamos de cambiarle el acento a sociología, por ejemplo, para que rimase con logia, ya que aquélla es lo más pesado, intrincado y huero que cabe? ¿No se lo hemos cambiado a la demagogia, no sé si para desarrimarla de esa pesada, intrincada y huera pedagogía que es, con la sociología, uno de los azotes de nuestro tiempo? Quedando, pues, en que no estaría de más trasacentuar a la pedagogía y a la sociología haciéndolas pedagogia y sociologia, arrimadas a las logias, con acento en la o, volvamos a Andología.

En el canto siguiente, el XIX, canta Ariosto cómo Angélica y Medoro se casan en casa de un pastor, y ese bellísimo pasaje, de la más pura poesía, me recordó a algún poeta andaluz, lector de Ariosto, que cantó también a Angélica. Y ello me sugirió la fantástica especie de que acaso ciertos literatos andaluces —de verdadero gran mérito algunos— que andan ahora a vueltas con cierto andalucismo filológico y sociológico y etnológico y antropológico y todo menos lógico, no sean acaso andólogos más que andaluces. Claro está que su andología no es política, sino cosa más pura y más poética y más sincera. Precisamente en el día en que releí el canto XVIII del Orlando furioso hube de leer en “Eco, revista de España”, un artículo sobre un poeta andaluz —y no sé si andólogo— en que se decía que “parece ser que la poesía española de este siglo se ha nutrido de los efluvios árabes de Andalucía”. ¿Parece ser...? Eso es cuestión de antología, que rima muy bien con andología, y que significa florilegio o guirnalda. Y luego de citar nombres se recuerda aquello de Barrés de que aún dura en España la guerra entre moros y cristianos, y se añade: “Aplaudamos estas batallas espirituales y auguremos que vendrán a parar en un temple del acero toledano por el fuego andaluz.” Y en seguida: “Nosotros tenemos que aprender mucho de Castilla, y los castellanos tienen, a ratos que olvidar que son los profesores de español del mundo hispano y dejarse bañar por la suavidad del enervante influjo poético andaluz.” Anda... luz.

¿Moros y cristianos? Pero en España hubo y hay más. Hubo y hay también judíos y... gitanos. ¡Y lo que estos últimos han influido! Toledo, por ejemplo, el del acero, era tan judaico como cristiano; acaso más. En todo caso judío converso, cristiano nuevo. Y en cuanto a lo del fuego andaluz... Fue un gran poeta español, hispánico y universal, un máximo poeta, sevillano él, quien decía del arte sevillano que es “fino” y “frío”. Y es curioso que los máximos poetas sevillanos, Bécquer y mi Antonio Machado, hayan madurado en Soria, en Soria “fría”, verdadero riñón de Castilla, donde el habla de ésta se filtró; en esas tierras donde se balbuceó el Cantar de mió Cid. (Mió y mío, no tengamos otra de trastrueques de acentos.) ¡Hay tanto engaño en eso del fuego! Luz, sí, puede ser; pero fuego... Hay volcanes que lo guardan bajo cumbre nevada.

No volvamos a Góngora, que de fogoso no tenía mucho. Hay mucho más fuego en San Juan de la Cruz, el de Fontiveros, fría tierra de Ávila. ¡Y aquel rescoldo de “gloria” de hogar de Tierra de Campos que nos reconforta el duelo de las inmortales coplas con que cantó la muerte de su padre aquel Jorge Manrique riberas del Carrión, palentino...! Y por otra parte, aparte de esto, hay calor oscuro y hay luz fría.

Por lo demás, no acierto a ver esa batalla espiritual. Pasaron los tiempos de aquel simpático Méndez Bejarano, profesor de literatura y erudito, como buen sevillano, que se pasaba el tiempo exaltando a la llamada escuela sevillana y rebajando a la llamada salmantina. Se entretenía —inocente entretenimiento— en contar los versos de Fray Luis de León que no le sonaban preceptivamente.

¡Y no entro a hablar de la forma sobre la que corre cada tópico, cada lugar común...! Forma no es figura. Forma, en lenguaje escolástico —castigadísimo lenguaje que no hay que olvidar— se contrapone a materia. El alma, según Aristóteles, es forma. Y lo hermoso —“formosus”— es lo formoso, lo que es lleno de forma. No hay poeta que desvirtúe “su fuerte potencialidad poética” volviendo a la forma. El poeta, si lo es, no puede volver a la forma, porque no sabe salir de ella. La palabra es la forma de la idea, su alma, y se hace poesía con palabras. “¿Sin ideas?” —dirá algún sociólogo o algún pedagogo—. La palabra, cuando de veras lo es, es de por sí idea. E idea quiere decir visión.

La visión, la idea, es cosa de luz, y la palabra, que es cosa de son, lo es también de fuego. Hay ideas que se queman en palabras. Las ideas pueden dar luminosidad a un canto, a un relato; fogosidad le dan las palabras, almas o formas de las ideas. ¡Y ay, amigos míos, qué fríos, qué lastimosamente fríos suelen surtir ciertos informes poemas luminosos!

¿Frío? Cuando se dice del castellano Escorial que es —en sentido artístico— frío, replico: “¿Frío? Frío, no, ¡seco!” Y la sequedad —tan castellana— no es frialdad. Hay huesos que al que les toca le queman. En literatura nuestro Quevedo es seco, ¿pero frío? ¿Frío El Escorial? Más fría —en el sentido susodicho— la Alhambra. aunque más luminosa.. ¿Frío El Escorial? ¡Ni Felipe II! Su jardín de los frailes podrá ser una ascética escuela de sequedad, y aun de sequía, ¿pero de frialdad? ¡Vamos…! A no confundir, pues, las especies, es decir, las ideas. No las mixtifiquemos, esto es: no las hagamos mixtas, mezcladas, pero tampoco las mistifiquemos, las hagamos místicas, secretas, inefables, indecibles, porque una idea que no cabe decir, ni idea es siquiera.

Y vean, amigos, a qué escudriños y enquisas nos llevan la Andologia ariostesca, las antologías poéticas, la sociología, la pedagogía, la filología y... hasta las logias. Estas en calidad de bambalinas y de tramoya para los papanatas.

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