jueves, 25 de enero de 2018

Reflexiones actuales I.

Ahora (Madrid), 6 de noviembre de 1934

Vamos a ver si a las personas a las que no se les ha perturbado todavía del todo el sano juicio moral conseguimos llevarles a un íntimo y sereno examen inquisitivo — no inquisitorial— de la reciente actualidad revolucionaria. Que, como tal, como revolucionaria, es a la vez reaccionaria. Revolución y reacción son como la cara cóncava y la convexa de una misma superficie curva. Vamos a ver si logramos que reflexionen. Aunque es difícil, pues una actualidad catastrófica turba la reflexión. Los sucesos y los hechos últimos se han sucedido y se han hecho con tal rapidez y violencia que a los más de los testigos —y no digamos de las víctimas de ellos, no les han dejado pensarlos moralmente, juzgarlos éticamente. Todo se va en execraciones, no siempre de una retórica sincera.

Decimos pensarlos moralmente, juzgarlos éticamente, y no jurídicamente. La calificación jurídica de un delito es una cosa y su estimación ética es otra. El hombre inquisitivo entra en lo íntimo de las intenciones, en lo que se llama las pasiones —buenas o malas—, mientras que el hombre inquisitorial suele quedarse en las acciones —malas o buenas también—, a las que con lamentable frecuencia atribuye su propia pasionalidad. Más de una vez he escrito que la mala intención atribuida a un acto suele ponerla el que la juzga. Que no siempre, ni mucho menos, las malas acciones, es decir, las dañosas para el prójimo y la sociedad —los delitos—, proceden de malas pasiones, de malas intenciones. Cosa triste que las peores de estas malas pasiones, de las intenciones odiosas, no suelan descargarse en malas acciones —que acaso el descargue las purificaría—, sino que se reconcentran, se reconcomen, se agrían y producen esa tristísima pasión del resentimiento, de que suelen padecer tantos de esos que se tienen y son tenidos por hombres de orden. Son de los que odian al delincuente y en cierto modo compadecen el delito. Lo com-padecen, es decir, padecen de él, pues no se descargan con actos. Son de los que gusto repetir que se mueren sin haber cometido acto alguno delictivo y sin haber abrigado deseo alguno bueno. Alegrándose de la desgracia ajena y sin atreverse a agravarla en lo más mínimo. Y esta terrible pasión radical del resentimiento, melliza de la envidia, ¡qué estragos está haciendo entre nosotros! La envidia más que el odio, la soberbia más que la vanidad. Conocemos —¿quién no?— fariseos resentidos que se alegran cuando se cometen ciertos delitos para que así puedan aplicarse los castigos a ellos  condignos. Colmo de resentimiento.

Y esto de la vanidad, que, en ciertos casos, se alía a la teatralidad —exhibicionismo— cómica o trágica, nos lleva a otro género de reflexiones. Precisamente en estos días de los trágicos y catastróficos hechos revolucionarios estaba leyendo la Caracterología, de Utitz, y epilogando cuanto en mi última obra publicada, El hermano Juan o el mundo es teatro, he dejado dicho sobre la teatralidad, la vanidad, como raíz de la pasión del donjuanismo o tenorismo y de sus estragos. Y cuando procuraba ahondar —inquisitiva y no inquisitorialmente— en sus entrañas espirituales, he aquí que nos llega una información —si segura o no, lo ignoro— sobre un aspecto de la tremenda representación revolucionaria de los mineros de Asturias, y es que llevaban operadores de cine que sacaron películas de su campaña. “Pero ¿ustedes lo creen? —exclamó un cuitado, un acobardado hombre de orden, de los resentidos—; ¿ustedes creen que iban a pensar en eso?” Sin duda se creía el cuitado que aquellos energúmenos no iban arrastrados más que por odio, odio de fieras. Odio ¿a qué o a quién? Además, las fieras no odian. Es la pobre oveja acongojada y acobardada la que acaso odie al lobo; pero el lobo no odia a la oveja. Ni se la devora por odio. Y entonces hube de tener que decir que tal vez para muchos —acaso para los más— de aquellos energúmenos la película era la principal finalidad de sus barbaridades. En la contemplación de películas habían educado su pelicularidad. El que avanzaba puro en la boca y ceñido de cartuchos de dinamita era ante todo un actor trágico. Actor radical e íntimo que en la escena del asesinato asesina de verdad, en la del suicidio se suicida de verdad y mata y se deja matar porque no le da a la vida más que un valor estético representativo. El energúmeno es un poseído, endemoniado.

Este punto de vista no logran aceptarlo —ya lo sabemos— los cuitados, que ante la congoja y el miedo por los terribles efectos materiales —la muerte es un efecto material— de una de esas representaciones revolucionarias se empeñan en buscar no sabemos qué corrompida fuente de malas pasiones. Y algunos hablan de lo que el filósofo llama el mal radical y el teólogo llama el pecado original. Y acaso el verdadero pecado original del hombre civil y social es la vanidad, la teatralidad. De que no le curan ciertos graves castigos. ¿Es que no se ha conocido en la Historia casos de criminales —magnicidas y regicidas— que cometieron su crimen no a pesar del posible castigo, sino para gloriarse de él en el patíbulo? Recuérdese el caso —por mí citado en una obra— de Jerónimo Olgiati, el matador de Marco Visconti. Hay la caracterología del erostratismo, de Eróstrato, y hay la del brutismo, lo de Bruto, el matador de César. Poseídos también.

Los hombres, al parecer, más reflexivos, los inquisitivos y no inquisitoriales, los que piensan más en la corrección que no en la tardía represión, que no reprime casi nada, se preguntan cómo se puede curar o siquiera calmar y amenguar esa radical enfermedad humana. Y algunos de ellos hablan de la educación religiosa. Y se duelen, más que de otra cosa, del furor que acomete a aquellos energúmenos contra el culto religioso oficial, contra sus templos y sus símbolos, contra sus ministros. Y no se detienen a pensar si ese furor es odio o es otra cosa y si sus actos sacrílegos no están dirigidos por una pasión de origen religioso también, por una desesperación religiosa. En las llamadas guerras de religión suelen ser dos religiones las que luchan entre sí. La absoluta irreligiosidad —que en el pueblo es rarísima— no persigue a religión ninguna.

Mas de esto, de las quemas de iglesias y conventos, de las matanzas de curas y frailes, seguiremos luego.

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