sábado, 7 de abril de 2018

Programa de un cursillo de filosofía social barata IV

Ahora (Madrid), 13 de diciembre de 1935

Decíamos que l a concepción —y, por ende, conceptuación— histórica de la Historia se cifra en la guerra, en la lucha no ya por la vida, sino por la conciencia social o civil. Milicia es la vida del hombre sobre la tierra, se ha dicho. Treitschke, el más genuino apóstol y profeta del nacionalismo germánico, dejó dicho que la guerra es la política por excelencia. Y la política es la Historia, o sea la civilización. Y lo de Trotsky de la revolución —la lucha de clases— permanente no quiere decir otra cosa. Aplicado a nuestra historia —civilización— española, aquel Romero Alpuente, aunque acaso un botarate, tuvo el acierto de formular el mismo esclareciente principio al dejar dicho que la guerra civil es un don del cielo. Y pudo añadir que España es un don de la guerra civil, del combate entre las dos Españas —su lado cóncavo y su lado convexo—. Combate que es convivencia, pues convivir —en vida histórica, civil— es com-batirse. Y locura pretender neutralizar ese combate con debates periodísticos, que suelen chorrear memez agriada.

La guerra civil, esto es, entre los más hermanos, entre los que hablan lo mismo, no la guerra animal, de conquista de esclavos o de mercados. No guerras entre naciones o razas distintas, no guerras de imperialismo conquistador, sino guerras que lleven a que una nación se conquiste a sí misma. La triste guerra que los soldados de Hernán Cortés hicieron a los súbditos de Guatimocín, o los de Pizarro a los de Atahualpa, no fueron guerras civiles, civilizadoras. Lo fueron, en cambio, las guerras de independencia de las naciones hispanoamericanas, de los pueblos, ya de criollos y mestizos, que lucharon entre sí —realistas y patriotas— para conquistarse una conciencia civil, histórica, hispánica, que se hablaba a sí misma en castellano. Hidalgo, Bolívar, San Martín pelearon por la conquista espiritual de la máxima Hispania. Y luego cada una de aquellas naciones continuó, en sí misma, la guerra civil. Y aquí, en España, los españoles que de aquellas guerras civiles volvieron acá reanudaron la fecunda guerra civil. Espartero y Maroto se formaron en la América hispánica. Nuestra guerra civil de los siete años —de 1833 a 1840— no acabó, ni pudo ni debió acabar, con el convenio de Vergara. Como la de 1872 a 1876 —la que este filósofo barato de la guerra civil recordó en su Paz en la guerra— no acabó ni pudo ni debió acabar con la restauración de don Alfonso ХП.

Pues ¿qué es eso de anonadar al adversario o de disolverlo? Si una parte —comunión, partido o como quiera llamársela— anonadara a su adversaria, la disolviera, resurgiría ésta en ella misma y con ello la civilizadora guerra civil, don del cielo. En cuanto un combatiente devora al otro lo siente dentro de sí. Los que hemos estudiado con la pasión de la verdad nuestra guerra civil en la forma que tomó en el siglo XIX sabemos cómo alentaba liberalismo en las entrañas del carlismo y alentaba carlismo en las del liberalismo. Y patriotismo en ambas. Sólo a los menoscabados de conciencia histórica, civil, se les ha podido ocurrir esa estupidez de la anti-España. Como a los otros, a los motejados de anti-españoles por los sedicentes tradicionalistas, se les ha podido ocurrir el desatino de acabar con lo inacabable. Y luego, esas consustancialidades —y autenticidades y esencialidades— que figuran en los credos políticos y que recuerdan lo de aquel gran cordobés, el obispo Hosio, el que metió lo de “consustancial” (“homoousios”) en el Símbolo de Nicea, Constitución de la Iglesia Católica. Es fatal el teologismo —o ateologismo, que es igual— de nuestros laicistas, que no laicos. No hay programa sin él, y el programa... es algo dogmático. Y donde falta contrapeso...

Y esta guerra civil, don del cielo, es una verdadera guerra santa y no ninguna de esas otras guerras de conquista externa, de imperialismo territorial, que se emprenden no pocas veces para apartar a los pueblos de la santa guerra civil, íntima, de la conquista de sí mismos. “La guerra santa es, por lo menos entre los pueblos islámicos, una preparación para la muerte”, me decía un estudioso de la mística guerrera mahometana. Y pensé, al oírselo, que la santa guerra civil es una preparación para la muerte por la patria, que lleva a la resurrección en la Historia. En un cielo que es nada menos y nada más que historia, como el paraíso dantesco no es nada menos ni nada más que poesía. E historia no es más ni menos que poesía, esto es, creación, y poesía cuando es verdadera poesía, es historia. Que la verdad de la Historia —como la de la religión— no estriba en la realidad grosera y material de lo que nos dice. Como verdadero consuelo es el que de veras nos consuela, aunque sea engañándonos. Y acaso sólo consuela de veras el engaño, y lo que llaman la verdad objetiva desconsuela y mata. (Aquí no puedo resistir a citar aquello de Browning respecto a la historia-relato, y es: “Aquí la Historia abre tienda; cuenta cómo los hechos pasados se hicieron, así y no de otro modo; hombre, ¡ten la verdad para siempre!; olvida las mentiras anteriores.”)

Y en esta concepción agonística —y agónica— de la Historia se sume la llamada materialista. En la lucha de clases, la lucha lo es todo, y la clase, nada. ¿Motivos de lucha? El instinto —mejor, necesidad— de lucha los inventa. El genio de la especie, que, según Schopenhauer y otros, inventó el amor, ese mismo genio inventó la guerra, hermana del amor. La historia de la civilización es la guerra civil del linaje humano histórico contra sí mismo. Como la vida espiritual del individuo es una guerra íntima contra sí mismo.

“¿Y el fin?, el fin de esa lucha”, se nos dirá. No tiene fin. Su fin es tan inconcebible como su principio. ¿El fin de la Historia? Sería el fin de la conciencia. Sería el trágico, apocalíptico y catastrófico san se acabó. “¡San se acabó!” ¡Terrible santidad de la santa guerra civil! ¡Como no fuera aquel “¡se consumó!” (“tetélestai” o “consummatum est!”) con que se cierra el relato de la Buena Nueva para abrirse el verdadero consuelo histórico cristiano...! ¡Cuánto se han torturado con este pensamiento tantos y tantos consoladores desconsolados e inconsolables! ¿Y quién no es quien para ello?

Todo esto se ha dicho muchas veces; son nociones baratas que el lector puede adquirir a poco precio. El que os las revende aquí ahora se ha preocupado, sobre todo, de la expresión, a ver si, merced a su novedad, logra que se recuerde lo que de puro sabido se olvida. Y como el hombre no se rinde tan aínas a lo que le contraría, no faltará lector que le pregunte a este filósofo barato: “Pero, vamos a ver: usted, señor mío, ¿de qué parte se pone en nuestra guerra civil?” ¡Otra! Sí, lo he dicho ya muchas veces, pero tendré que repetirlo. Y que explicar otra vez mi “alterutralidad” (“alteruter” quiere decir “uno y otro”). Mas de esto, aparte.

viernes, 6 de abril de 2018

Programa de un cursillo de filosofía social barata III

Ahora (Madrid), 4 de diciembre de 1935

Prosigamos por rápidos y breves toques programáticos, meros puntos de apoyo para que el lector se haga su composición de lugar.

No sólo de pan vive el hombre, se repite. Ni principalmente de pan —el hombre, se entiende, no el animal—, sino de ilusión, de ensueño, de esperanza, de historia. “Primero, vivir; luego, filosofar”, es otra sentencia tópica. Pero es que hay un cierto filosofar, un cierto soñar, que es el primer vivir, lo primero del vivir. Se vive de ilusión, de juego, de arte. Llamadle, y estará bien, de religión. Que, en el fondo, es historia. El hombre es un animal histórico y de historia vive. El no dotado de palabra, de lenguaje —aunque sea lenguaje sin uso de lengua, es decir, por señas o por representaciones gráficas y visuales—, carece de conciencia histórica, de representación de sí mismo. Y el hombre —el hombre, ¿eh?— vive como hombre, como animal conciente de sí y de su propia vida, de su representación histórica. Schopenhauer habló del mundo como voluntad y como representación. Mas lo que él llamó representación, la inteligencia, la conciencia refleja, no es otra cosa que la Historia —hija del recuerdo—, la Historia, que tanto desdeñó Schopenhauer. Y es la Historia, aunque se la llame de otro modo, lo que le consuela al hombre de haber nacido, lo que le da conciencia humana, humanidad. Y le libra del hastío, cáncer mucho más devorador que el hambre. Primero, filosofar —o soñar, que es igual—, que es vivir. Y después, seguir viviendo. Tal es la conceptuación histórica, o sea humana, de la Historia.

¡Filosofar! ¡Soñar! Vivir no de pan, sino de conocimiento. La tentación a Ulises por parte de las sirenas no era una tentación carnal o sensual —sexual, si se quiere—, sino una tentación de conocimiento. Le ofrecían contarle cuentos, re-crearle con historias. Era una tentación de conocimiento. Y no tanto lógico cuanto estético. Era algo así como la visión beatífica de los místicos. ¿Qué es la soñada vida futura eterna, la vida del siglo venidero —“vitam venturi saeculi”—, sino una contemplación histórica? Otros tratan de sustituirla por una visión, en esta presente vida, de una sociedad futura. Y otros, de una visión profética del desarrollo histórico de una raza, de una nación, de una patria.

Y ahora esta visión espiritual se convierte en una mitología, en un cuento de nunca acabar, en una religión, en fin. Aunque el cuento sea el de un sueño sin ensueños, un nirvana. Y en esta mitología, en este cuento de nunca acabar, hasta la pena es una especie trágica de consuelo, de un consuelo trágico. Los condenados del Infierno del Dante se complacen, se gozan en narrar —como sirenas— su condena. Cuando Francesca dice aquello de que no hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la miseria está gozándose, está recreándose en ese recuerdo. Como Paolo y como el Dante y como todo el que lo oye. ¿Infierno? ¿Y eternidad de aquellas penas? Francesca está repitiendo siempre su eterno cuento, su cuento de nunca acabar, pues vuelve a comenzar de nuevo siempre —inacabable (bis)—, y es, por lo tanto, un solo momento inmóvil. Y como momento quiere decir movimiento, un solo movimiento inmoble. El colmo de lo inconcebible. La visión beatífica.

Toda religión es, pues, un cuento de nunca acabar, una historia eternizada. Y esta historia trae un goce parejo al goce carnal o sensual, más bien hermano de él. ¡Cuántas veces no se ha comentado, no hemos comentado, la hermandad de ambos goces! ¡Cuántas veces, cierto sentido bíblico del verbo conocer! Y aquí, en relación con esto, hemos de fijarnos en la relación entre el conocimiento, o lo que es lo mismo, el goce carnal o sexual —lo que se llama pedantescamente “líbido”— y su finalidad —muchas veces inconciente— económica, o sea la procreación. El “creced y multiplicaos”. ¿Se multiplica el hombre para gozar en multiplicarse o goza para la multiplicación? ¿Cuál el fin y cuál el medio?

Y aquí se nos atraviesa Malthus. Malthus y Ricardo son los verdaderos inspiradores de Marx. De su dialéctica, Hegel. Y se nos presentan tres posiciones de conciencia frente a éste, el problema básico. Los unos (A) tratan de acomodar la procreación a los medios de subsistencia. No hacen más hijos que aquellos a los que se cuenta con poder mantener. Y en casos, no hacerlos. Y para ello, la abstinencia y continencia. Y algunos —es caso extremo— se dicen: “¿Para qué multiplicarse si se ha de acabar el mundo?” Es el ensueño del milenio. Y viene el elogio de la virginidad como el estado en sí, por sí, más perfecto. Y hasta la aberración atribuida a Orígenes y que concuerda con lo que en el Evangelio según Mateo se le hace decir al Cristo, y es que si hay capones de nacimiento, otros lo son hechos por sus prójimos y otros que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos; y añade que quien pueda entender que entienda. Y en tanto se sueña el conocimiento puramente espiritual, el amor místico, la contemplación infusa y solitaria, la visión fuera de la Historia. Visión llena de ausencia.

Los otros (B) predican dar rienda suelta a la procreación y a la vez a la destrucción; engendrar hijos para que conquisten el mundo matando a los hijos ajenos y haciéndose matar por ellos; levantar un gran panteón, un soberbio monumento funerario —como las Pirámides de Egipto, Escorial faraónico— a la gloria histórica nacional y perecer a su pie el pueblo todo; hacer de la Tierra un inmenso camposanto con un epitafio que diga a las estrellas la grandeza de la humanidad agotada. Y si la anterior posición (A) es la ascética —acaso mística—, ésta (B) dicen que es la heroica.

Y nos quedan los terceros (C), los que anteponen a todo el goce sensual, y a éste supeditan la propagación de la especie. Estos tratan de refrenarse, no de reproducirse, sino deproducirse en goce, que es, por sí mismo, su finalidad. Sin detenerse ante perversiones. Y ésta es la posición que llamaremos hedonística, y cuando se refina, estética.

Los ascetas, los héroes y los estetas han elaborado sus respectivas religiones, que se entrecruzan, se entremezclan y se combinan. Nos falta, pues, escudriñar lo que sean religión ascética, religión heroica y religión estética, y verlas en la Historia a las tres, y los odios y los amores, las gracias y desgracias que engendran. Y siempre que lo primero es filosofar, soñar, ascética, heroica o estéticamente, y que esto es vivir. Y llegar a la concepción histórica de la Historia, que culmina en la guerra. A verlo.

jueves, 5 de abril de 2018

Programa de un cursillo de filosofía social barata II

Ahora (Madrid), 29 de noviembre de 1935

Pues sí, amigo mío; el resorte de la Historia y de la civilización —que es lo mismo— consiste más en matar el aburrimiento que no en matar el hambre. La conceptuación materialista de la Historia —la formulada por Carlos Marx— no nos da la razón de ser de las cosas, sino el sentido de vivir de los hombres. Será materialista, pero no racionalista. Y es porque el aburrimiento es irracional, pero inevitable.

Eso de que la curiosidad, el deseo de saber —origen de la ciencia—, provenga de la necesidad de comer, beber, abrigarse y demás por el estilo, aunque lo hayamos sostenido muchos, es más que discutible. La curiosidad, la curiosidad “desinteresada”, tiene por interés el divertirnos de las otras necesidades de vida y aun de la vida misma. Matar las penas —la mayor, el hastío— y no el hambre. Y matarlas con el sueño. ¡Qué hondamente Leopardi en su estupenda prosa “Cántico del gallo silvestre” dijo aquello de que: “Tal cosa es la vida que para soportarla es menester de tiempo en tiempo, deponiéndola, recobrar un poco de aliento y restaurarse con un gusto y como una partija de muerte”! Tal es el descanso, tal la diversión.

Enterarse, divertirse, saber, no para comer, beber, abrigarse y propagarse, sino para poder escapar de ello. No gozar para propagarse, sino propagarse para gozar. ¡Cuántas veces, amigo mío, hemos comentado juntos el mito del pecado original, del relato bíblico de la caída de nuestros primeros míticos padres! La interpretación racionalista la da Jehová cuando les manda que crezcan y se multipliquen y llenen la tierra. Esa parece ser la razón de ser del género humano. Pero su sentido de vivir —sentido irracional— es otro. Es gozar, o sea saber. Y Jehová, muy racionalmente, les impone que se priven de probar del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, pues por querer hacerse como dioses quedarán sujetos a la muerte. Y, sin embargo, ellos, los pobrecitos, desobedecen y se entregan no a la necesidad natural, animal, elemental, de procrear y propagarse, obedeciendo así al genio de la especie, sino que se entregan al goce de saber de ello, a la “delectación morosa”, como dijo el dictador de la teología católica eclesiástica oficial. Que era como una anticipación de la antojada delectación beatífica. ¿No ha observado usted cómo los místicos se complacen en metáforas de desposorio, matrimonio y unión místicos? Y ¿no ha observado usted cómo se compara el trasporte ese —el de la “delectación morosa” del teólogo— con una como muerte? El mismo Leopardi cantó la hermandad del amor y de la muerte. Y, por otra parte, propagarse ¿ no es acaso suicidarse? El que da vida a otro ¿no se la quita a sí mismo? Observe, a la vez, que hay un tiempo solemne, realmente trágico; una edad en que el hombre entra en lo que llamaríamos el nacimiento espiritual, cuando —al entrar en la pubertad— descubre que se nace y que se muere, y qué es nacer —ser parido— y qué es morir. Entonces surge lo que San Pablo llamó el cuerpo espiritual (“soma pneumático”). Edad terrible en que se despiertan instintos de muerte, de crueldad, de erotismo y de desgana de vivir; edad en que el mozo sufre aprensiones de salud, incerteza de destino, pérdida de fe infantil; en que se le llena el alma de ausencia de porvenir.

Y esa necesidad elemental, vital, irracional, de goce, de diversión, de libertarse de la necesidad, de libertad, en fin, se ve en todo deporte y se ve en el entregarse a drogas mortíferas y al olvido de la vida misma. ¡Cuán errados andan los que suponen que el principal resorte de las luchas llamadas sociales es el de satisfacer el hambre! ¡Las veces que hemos comentado el sentido del relato bíblico del primer legendario crimen social: el asesinato de Abel por su hermano Caín! No por competencia económica, sino por lo que llamamos envidia. Y otras veces, resentimiento, expresión ahora de más moda. Aunque hay una palabra alemana —¿la recuerda usted ?— que es “Schadenfrende”, goce de hacer mal a otro, de gozarse en el mal del prójimo.

He oído a más de uno de esos que no acaban de darse cuenta del sentido de vida —no de la razón de ser— de la explicación materialista —no racionalista— de la Historia, exclamar ante algún estallido mortífero de masa humana, encrespada en lucha: “Pero ¿qué adelantan con eso?; ¿es que van a conseguir mejorar su posición económica?; ¿es que con eso van a matar el hambre?; ¿es que así van a subir sus salarios?” Reflexiones de una necedad manifiesta. Otras veces exclaman estos cuitados: “¡Puras ganas de destruir!” Y no se percatan de que el ansia de destruir implica un ansia de escapar a las necesidades elementales de conservar la vida. De conservarla sin goce. Y por este camino de incomprensión no comprenden que el sentido vital de muchas guerras —sea cual fuere su razón de ser— es que la paz es terriblemente aburrida, tremendamente hastiosa.

Como ve usted, amigo mío, todo esto es filosofía social barata, y de la más barata, y expuesta lo más baratamente que sea posible; pero lo hago así por aquello que le dije al principio de este programa, cuál es que hay cosas que de puro consabidas se olvidan. Y éstas se están olvidando desde que las han traducido a esa insoportable jerga de la llamada sociología, en que todos los más flamantes —¿de qué flama?— pedantes (y pedagogos) en boga se dan a confundir la razón de ser con el sentido de vivir. ¡Como que han llegado hasta pretender hacer una economía... matemática! ¡Claro está, el binomio de Newton explicando por qué Otelo mató a Desdémona!

Y ahora, saltando eslabones de esta cadena programática, voy a exponerle a usted, amigo mío, de la manera más barata posible, en qué sentido de vida puede consistir eso de que turbas enardecidas se den a quemar templos, a destruir imágenes, a perseguir misioneros y ministros de una fe religiosa que esas turbas no comparten. “¿Qué mal les han hecho?”, se preguntan los que no alcanzan la razón de ser de semejante conducta. Claro, ¡como que no tiene razón —razón, ¿eh?— de ser! Ni con matemáticas se explica por qué se ha perseguido a los mártires de una fe religiosa cualquiera. ¡Razón..., razón...! Se adopta una fe religiosa o política por razón o por sentimiento. O... por gusto. Por gusto, sí, por buen gusto —que, de ordinario, es malo—, como ciertos señoritos frívolos escogen un partido como una corbata o unos guantes. Partido de emblemas, uniformes, ademanes, santos y señas y demás frioleras, nonadas y naderías, que no es cosa de tratar aquí.

miércoles, 4 de abril de 2018

Programa de un cursillo de filosofía social barata I

Ahora (Madrid), 20 de noviembre de 1935

Usted me ha oído decirle muchas veces, amigo mío, hablando de enseñanza —o de pedagogía si quiere—, que lo elemental es lo fundamental. Un mozo atudescado de hoy aquí diría lo existencial y lo esencial. ¡Bueno! Es cosa grave eso de que lo de puro sabido se olvide. De consabido más bien, pues cuando algo lo saben todos se le antoja a cada cual que no hay peligro en olvidarlo, y así no llega a hacerse propio el sentido común. Y viene luego aquello de “primum vivere, deinde philosophari” —primero vivir, después filosofar—, como si filosofar no fuese un modo de vivir. O mejor, de sobrevivir. O aun mejor, de sobrevivirse. Que es lo fundamental. Y así, voy a hablarle a usted, y lo más llano posible, de la vida elemental, casi de instinto, y la vida fundamental o de finalidad. O racionalidad, si usted quiere mejor.

Los elementos se les ha llamado a tierra, agua, aire y fuego, en que no parece entrar el espíritu. Lo elemental es, pues, lo natural, así como lo fundamental es lo espiritual. O sea la Historia. Y ya verá usted cómo esto se engarza con aquello otro de la conceptuación materialista de la Historia, atribuida, sin mucha precisión, a Marx. Y empecemos de lleno por el principio.

La vida elemental, la vida natural, parece reducirse a comer, beber, abrigarse —traje y casa de vivienda—, propagarse o procrear y divertirse. Porque la necesidad de divertirse, de entretenerse o de solazarse, convendrá usted conmigo, amigo mío, que es de primera necesidad, de necesidad elemental o natural. Y la diversión, entretenimiento o solaz entra en el comer, beber, abrigarse y propagarse.

Fíjese en eso que se dice de que hay que comer para vivir y no vivir para comer; piénselo bien y verá qué círculo vicioso supone. Se come muchas veces, no por necesidad, sino por gusto; pero es que el satisfacer ese gusto es un elemento de vida. Y esto se aplica en el vestirse al adorno, ya que adornarse es elemento de vida también. Y en cuanto al propagarse, ¿quién duda de que el goce que ello procura nos es un elemento de vida, aunque no se cumpla la finalidad de ese goce? ¿Aunque… finalidad? ¿Se propaga uno “para” gozar en la propagación o goza de ésta “para” propagarse? ¡Condenados “paras”! No cabe duda de que hay quien se da a la tarea de propagarse —o procrearse— por racionalidad, por finalidad. Por razones económicas acaso, buscando herederos que le mantengan en su vejez y lleven su nombre. Hay matrimonios pobres sin hijos que adoptan ajenos. A lo que volveremos con la misma llaneza de filosofía barata.

(Volveremos a ello cuando nos toque decir algo del proletarismo y de Malthus y el malthusianismo. Y de aquello del solterón gruñón que fue Arturo Schopenhauer con lo de que el genio de la especie engaña a ésta poniéndole cebos para que se propague. ¡Vaya con las genialidades del genio de la especie del solterón Schopenhauer! Entre esos cebos o añagazas entran los que, a propósito del desnudo en las playas, llamó nuestro padre Laburu, S. J., “incentivos psíquico-somáticos”. Y basta de paréntesis.)

En resolución, que si comer, beber, abrigarse y propagarse son elementos de primera necesidad, es también de primera necesidad el gozar con ellos y aunque luego ese goce no lleve a la finalidad trascendente que se le supone. Y aunque a esta doctrina se la moteje de hedonismo o de epicureísmo. Y se nos hable de los cerdos de Epicuro. Yo mismo escribí antaño que vale más ser ángel desgraciado que cerdo satisfecho. Mas, aparte del valor de ese “vale” —¡menudo lío ése de la teoría de los valores!—, falta por saber en qué consiste la desgracia del ángel y en qué la satisfacción del cerdo.

Pero, aparte del goce, satisfacción, placer, diversión o solaz que en comer, beber, abrigarse y propagarse se consiga, queda la otra diversión: la de gozar de la vida sin trabajo, la de descansar. Y sobre todo la de soñar. Que es el arranque del arte. Y de la religión. Gozar del ensueño. Que es lo que nos lleva de la Naturaleza a la Historia, de lo elemental a lo fundamental. Que es, como se ve, elemental también. ¡Lo que le alimenta, lo que le abriga, lo que le propaga a uno el descansar —sobre todo soñando—, el imaginarse que no pasa hambre, ni frío, ni soledad animal!

Reflexiones todas éstas que se las hacen casi todos los hombres, pero no siempre con la suficiente claridad y sencillez, como para percatarse de su alcance todo. Sentiría mucho, amigo mío, que todo esto le pareciese trivial, esto es, conversaciones de plazuela; pero lo que yo busco es llevarle a usted a la convicción de que la llamada filosofía de la Historia —que suele ser no más que historia de la filosofía, y no menos— es, en rigor, filosofía de la Naturaleza, de la elementalidad. Y que lo elemental, se lo repito, es lo fundamental, que lo natural es lo espiritual. O que en la diversión hay que buscar la finalidad.

¿Qué es diversión? Permítame que vuelva, según mi modo, a lo lingüístico. Diversión es de divertir, y divertirse y divertir (“divertere”) es apartar algo de su cauce, hacer que una corriente salga de su curso. Y en otro sentido se llama una diversión estratégica cuando se le quiere llevar al enemigo fuera de su propósito. Divertir a la vida es sacarla de su cauce natural, de su determinismo. Es juego que nos distrae, que nos divierte de la incontrastable necesidad. Y es la diversión elemental y necesaria porque nos libera de la elementalidad y de la necesidad. Y nos libera, sobre todo, del hastío, del aburrimiento, del tedio, que es peor que el hambre, y la sed, y el frío, y la impotencia genésica.

Y ahora queda por ver cómo para librarse del hastío, de tener que satisfacer hambre, sed, frío y calor de intemperie y apetito genésico siente el hombre la necesidad de la diversión, primero como arte y como historia, y luego como religión. Más grandes obras de arte, más proezas históricas, más creaciones de fe religiosa y de santidad se han hecho por matar el aburrimiento que por matar el hambre. Y voy a divertirme indicándoselo.

martes, 3 de abril de 2018

Divagaciones...?

Ahora (Madrid), 13 de noviembre de 1935

“Y bien, ¿qué nuevo camelo es éste?”, se dirá mi lector —el mío—, al ver esos puntos suspensivos seguidos de un interrogante. O de un gancho. Porque un signo de interrogación es un gancho. Cuando a alguien se le interroga es que se busca engancharle por algo. Y un gancho de esos, interrogativos, es a la vez como esos ricitos jacarandosos que se ponen las mocitas bien pegaditos a las sienes o a las mejillas. Y va de cuento: “Con ese anzuelo de pelo / que llevas en la mejilla, / ¿qué vas a pescar, chiquilla, / en este tiempo de celo? / Mira que es también de veda; / mejor que te estés en casa; / no por ir tras lo que pasa / te caigas en lo de queda.” Mas no, lector mío, no; no estriba en esto el camelo. Y aunque camelar, en caló o en gitano, parece que quiere decir propiamente cortejar. Esos puntos suspensivos, con su gancho o interrogante, quieren decir aquí otra cosa.

Es que estoy desde hace mucho, y en virtud de mi doble oficio de escritor público y de profesor de lengua castellana, preocupado con la pobreza de nuestros medios gráficos de expresión escrita auxiliares de las letras. La coma, el punto y coma, el punto final, los puntos suspensivos, los guiones, los paréntesis, las interrogaciones, las admiraciones, los diferentes tipos de letras, todo ello no acierta a representar los matices de la expresión hablada. Sería acaso menester poner entre renglón y renglón de letras una especie de pentagrama, un sistema de signos, en cierto modo musicales, que nos dieran sentidos que la mera escritura literal —de letras— no nos da. Sentidos retóricos —en el noble significado—, sentidos de elocuencia, de elocución, no sentidos puramente literarios, esto es, de letra.

Veamos. Pregunta uno: “¿Quién dice eso?” (acentúo el quién porque aquí no es proclítico). Y se contesta: “¡Quién lo sabe!” Otra vez se dice: “¿Quién lo sabe?”, como queriendo decir: “A ver, búsquenmele a quien lo sepa.” Y otra vez mormojea uno, como hablándose a sí mismo: “¿Quién lo sabe...?” O acaso: “¡Quién lo sabe!...” Que es como decirse: “A saber quién lo sabe...” Y así tenemos: primero, “quien lo sabe”; segundo, “¿quién lo sabe?”, y tercero, “quien lo sabe...” Este terrible “quien lo sabe...”, que puede ir seguido ya de un interrogante final, ya de un final admirativo. Lo terrible son los puntos suspensivos, puntos de interinidad, de provisionalidad, puntos que acaban en interrogación —en comedia— o en admiración —en tragedia—, puntos que cabe llamar infinitivos.

Consabido es que en la notación aritmética se suelen emplear los puntos suspensivos para señalar las fracciones decimales periódicas. Así 0,33..., treses sin fin, que equivale a 1/3. O también 0,99..., que equivale a la unidad, a 1. Esos puntos suspensivos de la fracción periódica pura nos dicen de continuidad, de que se contienen, de que se tienen unas con otras las cifras; nos dicen de infinitud. Pues lo infinito es lo continuo. Y aquí recuerdo que he oído hablar de un piadoso fraile matemático que se pasa la vida hallando nuevos decimales a “pi”, a la relación entre la circunferencia y el radio. Una manera de buscar la cuadratura del círculo. Y que apenas se diferencia de pasársele rezando sin cesar el rosario, cuenta tras cuenta y vuelta a empezar. Y por esto les llamo a los puntos suspensivos interrogativos o admirativos, puntos infinitivos.

¿Bromas? ¡Quiá! No hay tales bromas. ¡Ay del que vive en ¿...? o en ¡...!, del que vive de ansiedad, echándole un gancho al infinito, que no se deja prender de él, o admirándolo! ¡Ay del que pregunta sin esperanza de respuesta! ¡Ay del que vive en inacabable suspensión de ánimo! No, no es camelo.

Una vez, era en el campo, tendido sobre la hierba y a la sombra de un aliso, mientras al chorro de una fuente se iba llenando un cántaro. Un cántaro que era algo así como un órgano hidráulico. Según iba cayendo el agua del chorro en el cántaro —caja de resonancia— daba una nota cambiante. Diríase que el cántaro cantaba con lengua de agua. Hasta que se llenó el cántaro, y el agua, vertiéndose hasta los bordes de su boca, cantaba... en puntos suspensivos, en puntos infinitivos. El cántaro entraba en la corriente del regato que de la fuente del chorro nacía. “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar en la mar...”

Y mirando acá, a nuestra España, cántaro nacional, y escuchándola, ¿es que no nos encontramos con puntos suspensivos, infinitivos, seguidos de interrogación final? ¿Punto final? ¿Quién va a apuntarlo? Acaso tiene razón Caprotti, el pintor italo-hispánico, cuando lanza su apotegma favorito: “Desengáñese usted, la vida es una cosa provisional.” ¿Y no va a serlo una Constitución cualquiera? ¿A quién se le va a ocurrir la desatinada ocurrencia de ponerle a la Constitución punto redondo y final, y hasta entrecomillada? ¿O parenteticada? ¿Que está en suspenso? ¡Natural!... Peor sería que estuviese reprobada. Así se queda para nuevo examen. ¿Es que se figuran los de las consabidas esencias que con un punto definitivo cierran el paso a los puntos infinitivos? Hace poco me sorprendió leer en un escrito de uno de los esenciales y auténticos que la Constitución que fraguamos —yo entre otros— es una Constitución abierta y no cerrada. ¿Abierta a qué?

Y vea el lector amigo adónde hemos venido a parar, a partir de aquellos anzuelos de pelo que las mocitas pescadoras llevan junto a las cejas supernumerarias. También la Constitución tiene sus anzuelos —de papel— y sus cejas supernumerarias. Y basta de divagación.

lunes, 2 de abril de 2018

De la tontería otra vez

Ahora (Madrid), 8 de noviembre de 1935

En los tiempos que estamos corriendo, ningún publicista periódico puede estar seguro de que cuando salgan a luz sus escritos no hayan perdido oportunidad. Y no digo actualidad, pues hay actualidades eternas, aunque acaso, a las veces, inoportunas. Una de ellas, la del examen de la tontería, uno de mis temas favoritos y al que vuelvo otra vez aquí, y que no será, ¡pobre de mí!, la última. Y vuelvo a ella movido por la lectura de lo que en el Congreso dijo un señor diputado de que —y aquí copio del extracto que a la vista tengo— “Cánovas, en el declive de su vida política, se mostraba orgulloso de que jamás sus enemigos políticos le hubiesen llamado tonto ni ladrón”. Y el extracto añade, entre paréntesis, así: (“Rumores.”) ¿Rumores? ¿Por qué? Y los rumores no son cosa de pasarlos por alto, vengan de donde vinieren. Aunque vengan del arroyo. El fingir despreciarlos llega a ser un acto de desesperada tontería defensiva... Es quedarse en la tapa de las cosas, por miedo de abrirlas aturrullados. Esos rumores de la Cámara, convencionales, responden a rumores de fuera de ella, inconvencionales.

El señor diputado parece que dijo, según el extracto, que jamás a Cánovas le habían llamado—“llamado”— tonto ni ladrón y no que no le hubieran acusado de ello. De una a otra cosa hay la diferencia de una injuria a una calumnia. Porque hay quienes, no siendo Cánovas, si se les acusara de tontos gritarían: “¡Pruebas!, ¡pruebas!” Probando con ello que lo eran. La acusación de tonto es, por otra parte, según dejó dicho el Cristo en su sermón de la montaña (v. Mat., V, 22), merecedora del infierno. ¡Y Dios me perdone!

Mas ¿para qué pruebas de tontería? Cabe decir que al tonto se le conoce en que hace o dice tonterías; pero las hacen y las dicen también los inteligentes —y más aún los geniales—, y no hay mayor tonto de remate que el que se muere sin haber hecho ni dicho tontería alguna. Y hay el tonto eventual o fisiológico y el tonto habitual o patológico, y la tontería aguda y la crónica. El peor, no el que dice desatinos, sino el que hablando mucho no dice nada. Porque una sentencia de un hombre de seso y sentido, repetida de carretilla por un tonto pasa a ser una vaciedad. Cuando se estudia a los grandes pensadores y sus sentencias se cae en la cuenta de que todos ellos tienen razón, aun contradiciéndose entre sí, y que cuantos las repiten no tienen razón alguna. Que el tercer grado de la obediencia loyolesca, el de la de juicio, lleva a la irracionalidad de la tontería más supina. Por otra parte, a los barbotadores de vaciedades sonoras —algunas veces retumbantes—, más que tontos se acostumbra a llamarles fatuos. Por esta tierra salmantina se dice de ellos que se peen en botijo para que resuene más.

Conocí en mi Bilbao a un señor que solía decir: “¡Mi hijo Enriquito tiene un talento pa desir tonterías...!” ¡Y qué peligroso es que haya padres —de una o de otra clase— que crean que sus hijos (de la clase que sean) tienen talento para decir tonterías! ¡Y que los críen, eduquen, entrenen y lancen a carrera para que se luzcan esparciendo oquedades del tercer grado de obediencia! A lo que llaman talento. Otro padre me decía: “Si viera usted qué talento de chico! Figúrese que con poco más de ocho años ya recita no sólo el Astete, sino el Mazo —el Mazo, ¿eh?— con puntos y comas y sin faltar... ¡Un fenómeno; le digo a usted que un fenómeno! ¡Otro Menéndez Pelayo!” (Huelga decir que el tal padre no tiene del verdadero valor del talento de nuestro don Marcelino la menor idea; como los pasa a los más de los españoles que le encumbran.)

Sí; hay tonterías geniales y las que no pasan de vaciedades. Otras, como las de los tontos de circo, profesionales, para embaucar y divertir a los niños y a los papanatas. Tonterías circenses para amenizar espectáculos, concentraciones, romerías y grandes batudas.

Mas volviendo a lo de Cánovas, cumple decir que es peor que se le acuse a un hombre público de tonto que no de ladrón. La tontería es más dañosa que la ladronería, no sólo por ser más contagiosa, cuanto porque el ladrón se sabe adónde va: a la caja, y el tonto, no, pues no lo sabe él mismo. La osadía vanidosa o vanidad osada, la fatuidad, es más estragadora que la concupiscencia; peor la ambición que la codicia. El fatuo, con tal de aparecer hábil, deja de serlo. Lo que se llama pasarse de listo, y no es sino pasarse de tonto. Como quien hace o dice algo no para más, sino que la gente se pregunte por qué lo hace o lo dice. Y él, a si mismo: “¿Qué dirá luego de esto la Historia al hablar de mí?” Y se va a su casa a apuntar lo que ha de decir la Historia y preparar su testamento público.

Aun hay peor, y es que se dé el caso de instituirse un Instituto para el mantenimiento, defensa y propagación de la tontería como escudo —supuesto— de la fe del carbonero. Que es —dicen— esta fe prenda de felicidad. ¡Tan felices como dicen que vivieron los guaraníes de las Misiones antes de que les quitaran sus directores espirituales! ¡Qué bien educaditos! Bien lo vio después el doctor don Gaspar Rodríguez Francia.

Y basta por hoy, que otro día trataremos de las catástrofes —o sea revoluciones— que suele provocar el reventón de la tontería de que décimos. Pues de lo que se trata ya —y no en España sólo— es de acabar no con la libertad llamada de conciencia, sino con la libertad de inteligencia, con la libertad de entendimiento. Y el que quiera entender que entienda. Ya lo “decíamos ayer...” ¿Ayer? No; hace treinta y siete años.

domingo, 1 de abril de 2018

El mal necesario

Ahora (Madrid), 30 de octubre de 1935

¡Ay, cómo se me vuelven a la memoria aquellos febriles tiempos de hace veinte años, cuando, al estallar la Gran Guerra mundial, los españoles nos dividimos fatalmente en aliadófilos —francófilos los más, muy pocos anglófilos— y germanófilos! O mejor, antialiadófilos y antigermanófilos, pues todos éramos antis. Que no se disputaba ni por Francia, ni por Alemania, ni por sus respectivas causas. Eran banderas de una división interior, íntima nuestra, sin relación a la divisa. Lo que esgrimíamos no eran las banderas de los contendientes de fuera, sino astas sin trapo. Fue cuando el que esto os dice inventó el mote de trogloditas, de que ha salido luego el de cavernícolas. Y junto a los desinteresados de lo de fuera, atentos sólo a nuestra secular refriega, hubo también —¡triste es tener que confesarlo!— los interesados por una u otra parte beligerante. Los comprados por las Embajadas, que no cesaban en sus tejemanejes. Y todo ello fue la preparación de la dictadura de 1923, que nació de aquella nuestra contienda interior, como la dictadura fue la preparación de la caída de la monarquía borbónico-habsburgiana. La que se ha dado en llamar revolución republicana nació entonces y de aquello.

Recuérdese que cuando Blasco Ibáñez empezó a atacar y denostar a don Alfonso puso su mayor empeño en tacharle de germanófilo, cosa que, por lo demás, aquí, y con razón, nos importaba muy poco; pero el novelista escribió su librito para los franceses más que para los españoles. Y el mismo don Alfonso puso su mayor empeño en engañar a unos y a otros, jugando maquiavélicamente a dos barajas. Y que el que esto escribe sacó a cuenta lo que llamaba el Vice-Imperio Ibérico. Y que el Gobierno jugaba con lo que se llamó la “neutralidad neutral”, la del desventurado don Eduardo Dato. Se llegó a decir que si Francia hubiera tenido que retirar todas sus fuerzas de Marruecos para llevarlas al frente de campaña, habría tenido que pedir a España que defendiese su protectorado marroquí, lo que habría equivalido —decían los germanófilos— a tomarnos a los españoles por cipayos. Y recuérdese la acción de los submarinos alemanes en nuestras costas.

Si hubieran vencido los Imperios centrales germánicos se habría consolidado la monarquía española o acaso habría pasado el reino a imperio —o vice-imperio—, redondeándose en la Península toda y con Marruecos y Gibraltar de añadidura. Así se creía, más o menos insensatamente, en ciertas esferas y aun en las más altas, a juzgar por no pocos indicios. Mas si es ocioso en historia discurrir sobre lo que habría ocurrido en el caso de no haber ocurrido lo que ocurrió, lo que sí cabe creer es que aquella creencia —si es que no había otras promesas reservadas— influyera en la conducta tortuosa y oscura del monarca y de sus valedores y validos. Y cabe afirmar que esa conducta fue el principio del desastroso fin de la realeza. Y hoy el ex rey de España —acaso ex futuro emperador de Iberia— rumiará seguramente estos recuerdos y lo que haya bajo ellos en la Italia fajista, donde su tercer hijo se ha casado sin la asistencia de su madre, retirada en su nativa Inglaterra.

En resolución, que entonces, hace veinte años, tomar partido por una de las dos partes beligerantes en Europa era tomarlo por uno de los dos grandes partidos —más que partidos, comuniones— que nos dividen desde hace, en rigor, siglos y que hacen el resorte de la guerra civil de España, de la raíz y a la vez tronco y eje de nuestra historia, del empuje de nuestra civilización.

Y ahora, subiendo por encima de la historia o bajando por debajo de ella, a su cielo o a su subsuelo, ¿no serán episodios como el de hace veinte años, y la dictadura luego, y la caída de la monarquía después, achaques para la inevitable íntima guerra civil, mejor si incruenta? ¿Inevitable? Sí; pues ¿qué es eso de “mal menor”, de “bien posible” y de “convivencia”? Hay el mal necesario, inevitable, acaso eterno e infinito. Y sin él no hay ni mal menor ni bien posible. “Semejante medida —la disolución de Cortes y elecciones generales subsiguientes— ¿no desencadenaría ahora la guerra civil?”, se me preguntaba una vez. Y yo: “Pero ¡si está desencadenada ya!” O si se quiere, encadenada España a ella, puesto que es la cadena de nuestra historia. Y en cuanto a la convivencia, no es ésta la paz, sino que se convive en guerra civil cuando la guerra civil es vida. Al escribir yo, en mi mocedad, mi novela histórica Paz en la guerra —la empecé a mis veinte años y la acabé doce después— aprendí el misterio de nuestras guerras civiles y cómo los pleitos dinásticos, de legitimidad, y hasta los doctrinales no eran sino achaques para la eterna discordia entre Caín y Abel, entre Esaú y Jacob. Como en nuestras villas, villorrios y aldeas, las banderas doctrinales, políticas, no son sino indiferentes pretextos para la íntima discordia que hace su vida. ¿Banderas? Y sus colores, pongamos por caso —rojo, de sangre ; gualdo, de bilis ; supernumerario, morado—, ¡de cardenales... achaques!

El profundo reformador Juan Wycliff enseñaba en el último tercio del siglo XIV, en Inglaterra, la doctrina del dominio de Dios y del poder del Diablo y que “Dios tiene que obedecer al Diablo” —forma paradójica de un hondo pensamiento—, ya que entregó el mundo a las disputas de los hombres, que dirige el Diablo. Y este es el mal necesario, raíz de la Historia, que unos llaman Fatalidad (Hado) y otros llaman Providencia.

“¡Terrible doctrinal”, dirá algún cuitado. ¿Y qué se le va a hacer? El hombre que se sienta hombre, encadenado a la Historia, pero queriendo salvar su libertad —que es su dignidad— humana íntima, lo que hará es protestar contra ese mal necesario. Como protestaban los mitológicos titanes que se rebelaban contra Júpiter. O como protestaban los poetas románticos de hace un siglo, a los que se ha llamado titanescos —Leopardi y Vigny entre los mayores—. Como protestaba Job cuando Jehová le entregó al poder de Satán (Libro de Job, I, 12). Y, además, ¿es que la mítica serpiente del Paraíso obró sin permiso —o acaso encomienda— de su Señor? El pobre tentado, por su parte, no se rebeló, sino que se excusó como pudo.

A ese mal necesario, origen de la Historia, la civilización —y con ella la barbarie, su necesaria melliza—, se le ha llamado mitológicamente pecado original y forjádose su leyenda originaria. Y en cuanto a nosotros, españoles, estamos encadenados a la Historia —a la civilización y a la barbarie— por nuestra vital guerra civil, nuestro mal necesario, y en esta vida tenemos que convivir. ¡Y mientras nuestra inevitable —por necesaria— barbarie no caiga en salvajeria...! Es nuestro destino y hay que seguir la marcha —¿adonde?— con él a cuestas.