jueves, 15 de marzo de 2018

Nueva vuelta a Portugal III

Ahora (Madrid), 16 de julio de 1935

El sábado 8 de este mes de junio asistimos en el claustro manuelino de los Jerónimos de Lisboa a la reconstitución arqueológica de un torneo portugués del siglo XV, fiesta para los ojos y la fantasía. Como espectáculo teatral fue espléndido. Allí representados rey, reina, obispo, caballeros, damas. ¿Para qué describirlo? Torneo y juego de cañas y habilidades a la jineta. Y luego, el jueves, 13, desfiló toda aquella tropa teatral por las calles de Lisboa, para recreo del pueblo, y días después parece que se repitió el torneo para los sindicatos nacionales. Todo ello me recordaba a nuestro Don Quijote y a los duques que le festejaban y se festejaban con él. Y como en aquellos días me diera el profesor de la Universidad de Lisboa J. M. de Queiroz Velloso su sólido y bien documentado libro sobre el rey don Sebastián (D. Sebatião, 1554-1578), me vino al punto a las mientes la leyenda, entre quijotesca y mesiánica, de aquel pobre mozo: un enfermo y, en rigor, un suicida. Que suicidó a su reino.

En setiembre de 1910, henchido de visiones portuguesas, compuse un soneto, titulado “Portugal”, que figura en mi Rosario de sonetos líricos, que ha sido traducido al portugués, y que en castellano dice así: “Del Atlántico mar en las orillas, / desgreñada y descalza, una matrona / se sienta al pie de sierra que corona / triste pinar. Apoya en las rodillas / los codos, y en las manos, las mejillas / y clava ansiosos ojos de leona / en la puesta del sol; el mar entona / su trágico cantar de maravillas. / Dice de luengas tierras y de azares, / mientras ella, sus pies en las espumas / bañando, sueña en el fatal Imperio / que se le hundió en los tenebrosos mares / y mira cómo entre agoreras brumas / se alza don Sebastián, rey del misterio”. ¿Misterio? El de la leyenda nacional —más, acaso, que popular— que brotó después de su muerte y de apoderarse de Portugal Felipe II de España, tío de don Sebastián; mas no misterio histórico. La historia documentada, tal como nos la expone últimamente el profesor Queiroz Velloso, apenas cela misterio. Aunque, ¿no es acaso un misterio de providencia el sino de aquel mozo, primo de nuestro príncipe don Carlos, presa de morbosos empujes y ensueños de castidad y de vanagloria quijotescas?

¡Qué familia! Sus abuelos paternos, don Juan III y doña Catalina de Austria, hermana de Carlos V, el de Yuste; maternos, éste mismo, el emperador, y su mujer; su padre, diabético y enfermizo, que murió a sus dieciséis años y medio, y su madre, que, ya viuda, le dio a luz al pobre Deseado, a sus dieciocho años. Así vino al mundo don Sebastián. Regente del reino primero su madre, hermana de Felipe II; luego, el cardenal don Enrique; su madre, doña Juana, se va a Madrid, junto a su hermano el rey de España, y queda el pobre niño, un anormal, al cuidado de su abuela doña Catalina de Austria. ¡Y qué educación! Edúcanle jesuitas, sobre todo el padre Luis Gonçalves. El pobre mozo padecía ya desde sus doce años de purgación o gonorrea, lo que le hacía misógino y hasta misántropo. De “ingenio agudo y confuso”, al decir de un diplomático, hay quien habla de sus ausencias, obnubilaciones y crepúsculos de epiléptico; su estilo de escribir, enrevesado y sibilino; accesos de furor, monstruosos ensueños de hazañas individuales. “¡Yo sé quién soy!”, parecía decir, como Don Quijote. Se deleitaba en peligros, en fortalecer su cuerpo, acaso impotente para la procreación; vanidoso y altanero. Hizo en Alcobaça abrir las sepulturas de sus antecesores don Alfonso II y don Alfonso III y sus mujeres, las reinas. Alabó a Alfonso III por haber terminado la conquista del Algarve; mas al otro le tuvo a mal, por mujeriego. No pudo abrirse la de don Pedro, a quien condenó con duras palabras por sus amores con doña Inés. Otra vez hizo abrir, en Batalla, la tumba de don Juan II; contempló el cadáver y tomó su espada. “Este fue el mejor oficial que hubo en nuestro oficio”, dijo, y manda al duque de Aveiro que bese la mano del cadáver, su bisabuelo, “¡Mi rey!”, exclamó. Y así, huyendo de mujeres, contemplando cadáveres, soñando conquistas individuales, por su brazo y su esfuerzo personales, para dar qué decir.

Por razones de Estado, se prestaba, de mala gana, a proyectos matrimoniales; mas siempre sin ánimo de casarse. Su tío, Felipe II, por su parte, no le reputaba apto para ello. El hipo del pobre enfermo, su idea fija, era el ir a lograr eterna fama de esforzado caballero a Marruecos, y no precisamente por servir a la fe de la cristiandad. Al último todo era medirse, brazo a brazo, con Ab de Almélique, antes que éste, muy enfermo ya, muriese. Y fue preparando la fatídica expedición, echando mano de todos los recursos y hombres, hasta de herejes luteranos. Su preocupación era el ¿qué dirán?, el puntillo de honra. O el que diría el duque de Alba si él, don Sebastián, se retiraba de su empresa. En las tan sonadas conferencias de Guadalupe entre el rey de Portugal y su tío el de España —asistido éste por el duque de Alba— no lograron hacerle a aquel mozo del destino desistir de su locura. Y así se fue a un verdadero suicidio —y suicidio de su reino— en Alcazarquebir. ¡Desastre pavoroso! El bueno de Ab de Almélique, que allí murió de enfermo, quiso ahorrárselo; mas fue en vano. El que primero llamaron el Deseado y luego el Encubierto cumplía un sino trágico. Y muerto en la refriega, no lejos de Larache, y allí enterrado, y trasladado luego su cadáver a Lisboa, a la iglesia de Santa María de Belem, donde le esperaba su tío Felipe II, dos años más tarde rey también de Portugal, empezó, sin embargo, a germinar la leyenda de que no había muerto y de que habría de volver a Portugal. Un Mesías. Y un Don Quijote. Leyenda quijotesco-mesiánica.

¿Misterio? Uno, patológico, bien aclarado: el del pobre mozo de carne y hueso, heredero de taras familiares, soñador de una vida que se sentía no poder dar, de una resurrección de la carne y soñador de una inmortalidad de la fama. Y otro, el del símbolo que representaba: el de una categoría histórica, el de la encarnación del reino de Portugal.

Han corrido los siglos —más de tres y medio—: el tradicionalismo nacional portugués se ha nutrido, en gran parte, con la leyenda del Encubierto, y el tradicionalismo nacional castellano, con la de su tío, el rey llamado el Prudente, Felipe II; y si hoy estos dos tradicionalismos —nacionalismos— celebraran un concilio en Guadalupe, ¿qué se dirían de una nueva cruzada a ganar fama eterna? ¿Qué de una conquista de la morisma africana? En tanto, los cortejos teatrales entretienen a los pueblos. Y se habla, por una parte y por otra, de renovación de leyendas, más bien arqueológicas. ¿Pero sentirán las hoy dos Repúblicas del extremo occidental de Europa su común misión histórica como la sintieron los dos reinos que ganaron las Indias orientales y las occidentales?

Y ahora, a deciros algo de las relaciones culturales entre ambos pueblos.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Nueva vuelta a Portugal II

Ahora (Madrid), 12 de julio de 1935

Un pueblo se somete a sacrificios y renuncia ante la autoridad —o, mejor, el Poder, que es otra cosa— a ciertas libertades para fraguar una historia que es una leyenda. “El pensamiento de Dios en la tierra de los hombres”, como dije una vez y lo ha repetido en un sermón, citándome, el canónigo de Lisboa Correia Pinto, miembro de la Asamblea Nacional portuguesa. Historia que no es tanto lo que hicieron los hombres que nos hicieron cuanto lo que soñaron haber hecho y haber de hacer. Cuando Queiroz Velloso me entregó su Don Sebastián, historia documentada, ensenta, en lo posible, de leyendas y mitos, le dije que lo que nos importa y le importa a Portugal es la vida de don Sebastián, desde que murió en Alcazarquebir, la biografía del mito, del Encubierto, como se le llamó. Y sigue Portugal soñando y engendrando mitos. Uno es Sidonio Paes. Otro...

En mi reciente recorrido por ese país mitológico visité las tumbas de sus principales héroes. Y de sus reyes. Volví a los Jerónimos, donde yacen los restos de Camoens —sus “probables huesos”, se dice—, de Vasco de Gama, de Herculano... y, junto al gran túmulo de éste, el ataúd en que mi Guerra Junqueiro aguarda mausoleo. Me recogí un momento junto a los despojos de mi amigo el poeta de Patria, debelador de leyendas. Con lo que las dio nueva vida.

Volví a Alcobaça, de que escribí antaño, monasterio fundado por Alfonso Enríquez en conmemoración de la toma a los moros de Santarem a mediados del siglo XII. Escueto y desnudo templo de cistercienses. Allí, las tumbas gemelas de don Pedro y de su Inés de Castro, que si sus estatuas de piedra se irguieran miraríanse cara a cara. Es la tragedia sosegada en piedra de siglos. Y luego, al monasterio de Santa María de la Victoria, llamado Batalla. La batalla fue la de Aljubarrota, ganada a los castellanos. Típico monumento del estilo manuelino, en que aparece ya aquel ornato gótico-hindú, bordados, puntillas y orfebrería en piedra. No el sobrio desnudo cisterciense de Alcobaça. Y allí, en una capilla, en el centro, la tumba de los huesos de don Juan I y de su mujer, doña Felipa de Lencastre, y en sepulcros laterales, sus hijos, don Femando, el infante santo, el príncipe Constante de nuestro Calderón, el de Tánger, muerto mártir en prisión de moros marroquíes; don Enrique el Navegante, el de Sagres, que inició los grandes descubrimientos; don Pedro, el que corrió las cuatro partidas del mundo; don Juan, don Duarte, luego rey. ¡Magnífico monumento en letra —más perenne acaso que la piedra— el que Oliveira Martins les erigió con su libro Os filhos d'el rey don João, obra que tanto admiraba nuestro don Marcelino! En esta obra, la leyenda viva, y en aquellos arcos de piedra, polvo y huesos. Y arqueología más que historia.

En Lisboa, en San Vicente de Fuera, visité el panteón de la dinastía de los Braganzas, arcas de piedra cuadradas, lisas, sin adornos, como muebles cubistas modernos. Allí, don Carlos y su hijo mayor, sacrificados en 1908, y el pobre don Manuel, muerto en destierro, y cuyos restos se trasladaron hace poco a su patria. En aquel triste recinto, que más parece un almacén de sepulcros que un panteón, parece irse posando una leyenda en formación.

Leyendas, todo leyendas. Y la leyenda del mar, sobre el que parece cernerse la cruz de Cristo, con sus cuatro T, casi como cuatro anclas, que la distinguen de una cruz gammada o svástica. (Para hacer de aquélla ésta habría que romperle cuatro ángulos.) Sobre el mar por el que fueron los buscadores de oro, de especias, de ensueños orientales, y en que hoy buscan pan que mate el hambre los pescadores humildes.

A éstos, a los pescadores humildes y sufridos, los vimos, y sin velo, en la playa de Nazaret, al pie de sus blancas casitas. Descalzos ellos, y sus mujeres, y sus niños, acariciando la arena con la carne de las plantas de sus pies, curtiéndose al sol, tirando de las redes de pesca. Aquel era el pueblo por debajo de leyendas. Comer, beber, abrigarse y vestirse pobremente, adornarse un poco —muy poco— acaso y... propagarse. Pueblo que, abrumado bajo cuidados elementales, no da espacio ni tiempo a que le hostiguen inquietudes esenciales. Nuestras libertades civiles serían para ellos un puro lujo superfluo. ¿Qué saben ellos del pomposo Estado nuevo? ¿Qué les importa que les muestren un mapa de Europa marcando en rojo sobre ésta las extensiones de Angola y Mozambique y con la leyenda de: “Portugal no es un país pequeño”? Para leyenda tienen la mar, sobre cuya frente azul han pasado los siglos sin dejar una arruga, que dijo lord Byron. Ni sobre las vidas de esos humildes pescadores han dejado traza las leyendas patrias. Por los caminos rurales cruzamos varias veces con parejas de bueyes de largos cuernos, que tiraban de una carreta con el cuello, no el testuz, y en el yugo que los unía, artísticas tallas de dibujo decorativo y como tomadas de cualquier portada románica anterior al manuelino. ¿Sentirán esos pobres pacientes bueyes algún alivio que les haga más ligero el yugo merced al adorno tradicional?

Vimos y oímos en nuestro recorrido, en Lisboa, en Braga, en Viana do Castelo, en Aveiro, coros populares de canto y baile, con típicos trajes comarcales, ricos de colorido y traza; coros con el cometido de mostrarnos la decretada alegría en el trabajo, el contento en el reparto de la pobreza; pero nada me habló más ni mejor que el no preparado concurso de los humildes pescadores de la playa de Nazaret. Donde alguno se nos acercó a pedirnos una “esmolinha” —una limosnita—, y como se la diéramos en calderilla española, nos dijo en castellano: “Muchas gracias.”

Mas ¿es que, a fin de cuentas, el pobre pueblo, que arrastra su vida bajo el sudario de la Historia, abrumado por sus cuitas elementales, animales, tiene otra misión providencial que no la de dejar que medre la leyenda hostigadora de inquietudes esenciales, espirituales? ¿Dejar que se haga el mito devorador de naciones? Quien lo sabe... El pueblo de cada nación sufre y trabaja, a fin de erigir legendaria tumba a su gloria. Ya dejó dicho Homero que “los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales para que los venideros tengan cantares”. A lo que se le llama hoy nacionalismo. Mas, después de todo, ¿para qué se vive? ¿Para qué?

Todo me ponía allí ante los ojos —se me antojaba—, leyenda quijotesca y mesiánica a la par, la del pobre rey loco don Sebastián, el Encubierto. Vamos a verlo.

martes, 13 de marzo de 2018

Nueva vuelta a Portugal I

Ahora (Madrid), 3 de julio de 1935

Como os dije, amigos lectores, hace pocos días he vuelto, a primeros de este junio, a Portugal, mi antiguo país amigo, del que faltaba hace veintiún años. ¡Y qué años! He vuelto hecho parte de una caravana de escritores de lenguas francesa, castellana y alemana. Y he retomado de Portugal a mi España muy obligado a los que me han procurado ese recorrido, con su despertamiento de antiguas memorias. Muy obligado a ser sincero para con el noble pueblo portugués.

Nos había invitado, con ocasión de las fiestas de la ciudad de Lisboa, el Secretariado de la Propaganda Nacional. Propaganda turística, de los encantos y ternezas acogedoras de la tierra portuguesa, y propaganda también política del régimen bajo el que hoy vive Portugal.

Hallábame yo la última vez en éste cuando en agosto de 1914 estalló la guerra mundial y entró en ella Portugal, aliado de Francia y de Inglaterra. ¿Por qué o, más bien, para qué? Para asegurar su independencia y la posesión de sus colonias. ¿Amenazadas? No lo sé; pero los que recuerden aquella campaña que emprendí a comienzos de la guerra acusando a la monarquía española de que aspiraba a la formación de un vice-imperio ibérico, en el supuesto de la victoria alemana, comprenderán los recelos de semejante amenaza.

En aquel mismo verano de 1914 conocí y traté algo a Sidonio Paes, militar y catedrático —de cálculo diferencial e integral—, luego dictador, y a quien se asesinó. Y señalo eso de militar y catedrático porque esto le diferenciaba de un João Franco, político puro, realista, posibilista, que fue quien ocasionó el regicidio de don Carlos de Braganza. A éste dediqué un epitafio —por cierto, durísimo y hasta implacable—, que figura en mi libro Por tierras de Portugal y de España.

Siguió Portugal, enredado en la guerra y en sus consecuencias, su sino, y después de eso que ha dado en llamarse por unos revolución y por otros renovación, vino a dar en la actual dictadura. En lo que allí llaman los iniciados el Estado nuevo. Que viene a ser una especie de fajismo de cátedra. Así como hubo y aun hoy hay un socialismo de cátedra, que del fajismo se diferencia muy poco. Ese socialismo de cátedra le hay aquí, en España, junto y aun frente al socialismo de calle, más bien comunismo. Y nada mejor que llamar fajismo de cátedra —pedagógico y doctrinario— al que informa el actual régimen político portugués. La dictadura del núcleo que representa Oliveira Salazar es una dictadura académico-castrense o, si se quiere, bélico-escolástica. Dictadura de generales —o coroneles— y de catedráticos, con alguna que otra gota eclesiástica. No mucha, a pesar de que el cardenal patriarca, Cerejeida, fue compañero de casa de Salazar y, como éste, también catedrático. Eclesiástico catedrático, lo mismo que otros militares catedráticos.

Los más de mis compañeros de expedición de estudio solicitaron ser recibidos por Salazar, saludarle y oírle. Yo, no. Y fue por ser yo también catedrático y no pretender ni examinarle yo a él ni que él me examinase. Además, sabía por sus escritos lo que me había de decir. Conocida su doctrina, su actividad propiamente política, sus ensayos en este sentido no me interesaban. Estaba a la vez molesto por las trabas que allí se ponían a la libre emisión del pensamiento libre, y como habría de brotarme la queja, no quería oír explicaciones a ese respecto y menos a que acaso se me dijese, como alguien allí me dijo, que no se puede gobernar como para hombres de excepción. Y si a mí se me reputaba hombre de excepción, yo reputo hombre de excepción a un dictador —aun siéndolo tan poco como Salazar—, y quería evitar un encuentro entre excepcionalidades. Y luego, lo que el catedrático dictador había de decirme ya me lo dijeron otros catedráticos: sus colaboradores. No quería, ni debía, además, perturbar con mis manifestaciones el sentimiento de un sosiego, de un orden, de una paz que para mi pueblo no deseo, como les dije en un banquete a que asistieron los ministros de Instrucción Pública y de Negocios Extranjeros.

En todo nuestro recorrido fuimos espléndidamente agasajados; se nos mostraron las mayores bellezas monumentales y naturales de Portugal y ejemplos de vida popular o, mejor, folklórica, bailes y danzas del país. Se nos quería mostrar el contento en que dicen que vive el pueblo portugués. Mas yo trataba de penetrar más allá del velo de aquellas fiestas. Se ordenaban los festejos que habían de festejar el orden. Asistimos en el claustro de los Jerónimos a un torneo medieval, profusamente escenificado, que se ha repetido gratis con destino exclusivamente a los trabajadores inscritos en los Sindicatos nacionales, de Estado. Obedece esto a la Fundación Nacional para la Alegría en el Trabajo. Algo así como lo que aquí se llama Misiones pedagógicas, aunque con más boato y no tan sencillo y tan verdaderamente popular. Procesiones que me recordaban las que los jesuitas organizaban en el Paraguay colonial para divertir —en el originario sentido de este verbo— a los guaraníes. Y ya que han salido los jesuitas y que jesuitas españoles han tenido colegio en Curía para estudiantes de aquí, he de contar cómo el Gran Hotel de Curía levantó una capilla para su clientela; pero el obispo de Coimbra se negó a consagrarla y a que se abriese al culto mientras el hotel tuviese piscina. Acaso habría sido mejor solución llenarla de agua bendita. Y basta, por ahora, de festejos de Estado.

¿Qué educación nacional puede dar una dictadura académico-castrense? Ardua cuestión. Que no se presenta ni en Italia, ni en Alemania, ni en Rusia, pues Mussolini, Hitler y Stalin de todo tienen menos de catedráticos. ¿Cómo puede espaciarse el alma popular —popular, no nacional— portuguesa fuera de sus ineludibles necesidades elementales? ¿Y el llamado nacionalismo? ¿El nacionalismo doctrinario, académico-castrense, de cátedra? O sea: ¿qué ideal histórico —histórico, no arqueológico— puede surgir del llamado —no sin pedantería— Estado nuevo?

Mas como aun me queda bastante que decir al caso, lo dejo para otro artículo.

lunes, 12 de marzo de 2018

Saludo a mi antiguo público

Caras y Caretas (Buenos Aires), 29 de junio de 1935

Ya estoy otra vez aquí, lectores de Caras y Caretas. Yo más que mis ideas o lo que sean. Y pues que tantos cuitados han dado en acusarme de egolatría, sin saber qué es ego ni qué es latría, tengo que decir lo que decía mi paisano Antonio de Trueba, Antón el de los Cantares, cuando le acusaban —¡acusar es!— de hablar mucho de sí mismo y era esto: “Soy el hombre que tengo más a mano para ejemplo de mis casos”. Y así me pasa a mí —que conocí y traté en mi mocedad a Trueba— y esto aunque crea que aquel consejo délfico, ya enmohecido, de “conócete a ti mismo” no sea muy seguro y mucho mejor darse a estudiar a los demás y mirarse en ellos como en espejo.

Ya estoy de nuevo aquí y como no debo engañar a nadie, lectores míos, me cumple declarar que no vengo como informador y menos de eso que se llama reportero. Sin que desdeñe el reportaje ¡que va...! Es un género —llamémosle así— tan noble y tan artístico como el de la novela, el drama o la poesía. Un suceso es una pequeña tragedia a las veces. Pero... Pero cuando el reportaje ha de ser ilustrado —eso que llaman ilustrarlo— entonces yo me echaría a temblar antes de dedicarme a él. Las novelas con ilustraciones gráficas me disgustan tanto como las caricaturas con leyendas que nada tienen que ver con ellas. Estoy por lo que llaman en música romanzas sin palabras. La letra casi siempre estropea el canto. ¿Y lo de escribir para aprovechar unas ilustraciones previas como hizo el pobre don José Zorrilla —y por pobre— en sus Cantos del trovador? Me sería tan difícil eso como escribir un drama o comedia para ser llevados luego a la pantalla. Tal es mi respeto reverencial, mi culto a la independencia de la palabra, de la santa palabra. No puedo con los que no van al teatro a oír. Cuando no van a no oír.

Verdad es que esto sucede no pocas veces hasta en los lectores de artículos como éste. No en mis lectores, por supuesto, en los que yo me he ido haciendo mientras ellos me hacían. Y es que vienen no a oírlos, aunque los lean con los ojos, cuando no a no enterarse de lo leído y gozarse en ello sino a poder hablar de ello en la tertulia del casino o en la plazuela. ¡Los casos que me ocurren con esos que se me vienen diciendo que siguen mi producción literaria! No hace mucho uno que me aseguraba conocer mi obra toda, agregaba: “Lo que no sabía es que ha hecho usted también poesías”. Y yo a él: “No, señor, he hecho también todo lo demás”. Y así, con eso de leer por encima no más que mis artículos volanderos y ni aun eso, sino citas y críticas que de mí se hacen, han venido forjándome una leyenda que empieza a ahogarme, a ahogar este yo, supuesto egolátrico, que con tanto cariño he cultivado para que pueda servir de espejo a mis prójimos.

Tiempos estos de enquisas —eso que llaman encuestas— y de entrevistas —(a) interviews— y de interrogatorios necios… No hace mucho uno de esos mentecatos me dirigió una especie de circular en que se nos preguntaba a unos cuantos escritores: “¿Cuál es la mujer que usted más admira?” No le contesté ¡es claro! pues de haberlo hecho habría sido con otra pregunta nada cortés. O me habría cabido otro recurso y era responder a lo que no me preguntaba. Pues a pregunta sin respuesta decente posible, sólo cabe respuesta sin pregunta. Y como así soy, el que no me quiera así que me deje.

Hay otra clase de lectores, éstos ya dignos de respeto —aunque algunas veces de lástima respetuosa— que leen para ir recogiendo vocablos, giros, expresiones y maneras de decir, lectores que llamaríamos pedagógicos. Su número es legión. Y desde hace algún tiempo recibo con frecuencia consultas lingüísticas o gramaticales —aunque no es lo mismo lo uno que lo otro— de esos lectores, consultas de una candorosidad encantadora. Leen para aprender a escribir. Y no digo que para aprender a hablar. Quieren proveerse de un calendario de bolsillo.

“¿Calendario?” —dirá mi lector, el mío. Vaya el caso. Que fue que había en mi natal Bilbao un tabaquero famoso por sus trabucamientos de palabras, y como una vez dijese, refiriéndose a un reloj de torre. “Desde que a ese reloj le han puesto amósfera nueva anda mal”, y le contestaron: “Pero, Juanito, no se dice amósfera, sino esfera”. Replicó: “Bueno, bueno, para hablar con vosotros hay que llevar el calendario en el bolsillo”. Y así hay gente que lleva su calendario —vocabulario— de bolsillo. O le tiene de pared. Como otro con quien yo viajaba y me fue mostrando un cuadernillo en que iba apuntando las palabras que oía en Francia y al decirle yo que le sería más cómodo comprar un diccionario francés-español, me objetó: “No, es que éstas son palabras francesas auténticas, oídas por mí”. Y así hay quienes apuntan las palabras que me oyen o las que leen en mis escritos. Y más ahora que saben que se me ha hecho de la Academia —antes Real— Española de la Lengua Castellana, la de “Limpia, fija y da esplendor”.

¡La Academia! Cada vez que se me hacía notar que alguna palabra que yo empleaba —casi siempre recogida del habla popular y tal vez forjada, por analogía, por mí— no estaba en el Diccionario de la dicha Academia, el que pasa por oficial, replicaba yo: “¡Ya la pondrán!” Que el modo de que se registre algo es que este algo empiece por existir. Aunque según el profesor aquel de Coimbra las cosas empiezan por no existir. Lo que es hegelianismo puro. Mas no se crea que yo vaya a meterme en la Academia para ir metiendo en su Diccionario las palabras que haya recogido de boca del pueblo y las que forjadas por mí hayan sido acatadas por él, no. Y eso que tal cosa sería lo debido. ¡Hay tan falsa idea de lo clásico en confusión con lo académico! ¡Lo que les chocó una vez en clase a mis discípulos que les dijese que López Silva, el del habla de los barrios bajos madrileños —el que vivió ahí, en la Argentina, luego— era un escritor clásico y que recordaba a Teócrito! Y no otros en quienes van a buscar vocablos los predicadores gerundianos.

¿Llegaré a ser clásico? No lo sé, pero sí debo declarar “con la modestia que me caracteriza” —esta preciosa frase la he tomado modestamente del gran Sarmiento— que cuando se me dice: “¡ Cuánto ha progresado usted, don Miguel, en lenguaje y estilo!”, contesto: “No, es que usted ha aprendido ya mi habla y si no pruebe a leer aquellos mis escritos que le parecieron antaño oscuros, y lo verá”. Lo que hay es que mi público, el mío, el que he acabado por hacérmelo —¡mi trabajo me ha costado!— ha aprendido mi habla. Que para servirle me la he hecho.

Aquí estoy, pues, de nuevo, lectores míos argentinos, mi antiguo público de Caras y Caretas, el que yo desde estas columnas me hice ahí. ¿Soy el mismo ? Creo que sí. Pues sigo el consejo de Píndaro: “Hazte el que eres”. Aquí estoy yo. Lo demás irá saliendo.

domingo, 11 de marzo de 2018

Intermedio lingüístico. Sobre el valer

Ahora (Madrid), 28 de junio de 1935

Otra vez vuelvo a recibir otra carta consultante de otro lector lector desconocido y otra vez sobre puntos no de sentimiento, no de ideales o doctrinas —políticos, científicos, filosóficos o religiosos—, sino de lenguaje. Mas ¿por qué extrañarme? No se trata —en este nuevo caso al menos— de ninguno que va para pedante (que equivale a pedagogo, hasta tradicionalmente), sino de uno a quien, en el fondo, le preocupa algo más hondo que la propiedad y corrección del lenguaje. Si es que puede, en última instancia, haber algo más hondo que ello. Mi nuevo consultante se preocupa del sentimiento del lenguaje, que es el sentimiento del pensamiento. Siente el valor de las palabras, su valor emotivo; no ya su significado sólo, sino su sentido. Siente que no sólo pensamos, sino que sentimos con palabras y por palabras. El juicio que me pide es un juicio de valor.

Cuatro preguntas cardinales cabe hacer sobre un suceso o sobre una persona, y son: “¿Qué es?”, “¿Dónde está?”, “¿Qué hace?”, “¿Qué vale?”. Ser, estar, hacer y valer. Y ser, en rigor, no es sino llamarse. Al preguntar de algo o de alguien qué es lo que es, lo que preguntamos es cómo se le llama, cómo se le clasifica, bajo qué nombre se le puede conocer. ¿Será menester acaso volver a repetir aquellas sentencias del Génesis bíblico de cuando Jahvé (Jehová) llamó cielo al firmamento y tierra a la seca y luego llevó Adán, el primer hombre dotado de lenguaje, de poder creador o divino, los animales todos para que viera cómo les había de llamar?; y todo lo que llamó Adán de alma viviente, ¿ese es su nombre? Incluso el nombre de Dios mismo, el nombre que se pide en el Padrenuestro que sea santificado. Sé de alguien que al preguntarle quién era respondió: “Me llaman Pedro”. Y, sin darse cuenta de ello, vino a decir: “No soy, sino me hacen Pedro”.

La otra pregunta: “¿dónde está”, nos pasa del ser al estar, de la esencia a la existencia, del pensamiento al espacio. Y viene la de “¡qué hace?” Y aquí aquello de que le preguntaron a uno: “¿Qué hace usted?”, y respondió: “¡Pensar!” Y luego: “¿Y qué piensa usted?” Y él: “¡Hacer!” Y el preguntante se dijo: “¡Así se le va la vida: en pensar hacer...!” Mas no sabía que pensando hacer hacía el preguntado pensamiento para los demás, porque no se lo guardaba, sino que lo repartía. Y es que los otros ni acertaban a pensar lo que hacían ni a hacer lo que pensaban. Y lo que uno hace y piensa es lo que vale. Y de aquí la cuarta pregunta: “¿qué vale?” Pregunta imprescindible para cualquier conceptuación práctica e histórica.

¿Qué es una palabra?, ¿dónde está registrada?, ¿qué hace? —o lo que es igual: ¿qué efectos produce?—, y, por último, ¿qué vale? Y en el valer —valor, valía y validez— se encierran y a la vez se encumbran el ser, el estar y el hacer de la palabra.

Bueno; pues vengamos a la consulta concreta, que, en sí, es bien baladí si no fuera porque se trata de un juicio de validez sentimental. Algo así como cuando algún ingenuo regionalista —casi todos los regionalistas se pasan de ingenuos— pregunta si el lenguaje diferencial de su región es idioma o es dialecto, figurándose que esto de dialecto implica un juicio peyorativo o atribución de inferioridad. El caso es que mi nuevo consultante me pregunta si al llamarle a algo “secundario” se quiere dar a entender que tiene “un carácter de inferioridad manifiesta, de cosa poco importante, de cosa gris e indefinida, de aparte, de poco, de casi nada”. Son sus palabras, que copio. Y en seguida se habrá dado cuenta el lector más desprevenido de que mi consultante estaba pensando en la enseñanza secundaria y en la primaria. He conocido más de un catedrático de la llamada Segunda enseñanza —tan ingenuo como cualquier regionalista que lo sea— que se molesta de que a lo que él enseña se le llame ¡enseñanza secundaria!

Mi consultante supone que si secundario tuvo un sentido de inferioridad “de un tiempo a esta parte —y aquí vuelvo a copiar sus palabras— no sé por qué razones emulativas ni por qué pegajoso sentimiento se viene escribiendo el vocablo “secundario-ria” en tono ilustre y prócer, hasta el punto de llamarse a la Segunda enseñanza —que no es segunda para abajo, sino que es segunda para arriba— enseñanza secundaria”. Y la verdad, aunque no entiendo bien —ideológicamente— eso de "segunda para abajo" y de “segunda para arriba”, siento bien el sentimiento que ha dictado esas palabras... sentimentales. Que resulta más claro en este otro párrafo de la carta que comento: “A tenor de este vicio, y de acuerdo con esta costumbre, va a llegar día en que nos creamos que la Primera enseñanza es más importante que la segunda, que la secundaria”. ¿Está claro el sentimiento... facultativo? Y aquí lo de “para abajo” y “para arriba”.

Y acaba la carta con estas líneas, bastante confusas: “No es nada más que para saber si el bachillerato, después de su inestabilidad archiministerial, tiene menos importancia que la enseñanza de párvulos”. ¡Tate! —me dije—, y me vino a la memoria todo lo que he sentido —y hasta sufrido— al observar la ojeriza mutua con que, con tristemente sobrada frecuencia —aunque esto va cambiando—, se miran los profesores de bachillerato y los de Primera enseñanza. Y el valor despectivo que en francés tiene el decir de uno que es primario. Verdad que entre nosotros no suele tener mejor valor el decir de alguien que es un bachiller.

Estoy harto de oír a los profesores de enseñanza superior —así la llaman, sin que sepamos en qué consiste su superioridad— quejarse de lo mal preparados que pasan los alumnos de los Institutos a las Universidades y quejarse a los profesores de enseñanza secundaria —siga la jerga oficial— de lo mal preparados que van los niños desde la escuela al Instituto. Y a todos ellos, de la falta de continuidad y de gradación. Y he pensado que acaso convendría hacer que un profesor de enseñanza superior, de lógica fundamental, verbigracia —pues hay lógica sin fundamento—, o de matemáticas sublimes —las hay humildes, —de alta cultura, vamos al decir, fuese— o bajase, si se quiere— a una escuela de párvulos a enseñar a éstos a leer, escribir y contar. Y, sobre todo, a hablar. Y a aprender de ellos, de los párvulos, la estimativa sentimental de valores cuando preguntan: “¿Quien puede más: el león o el tigre?, ¿quién es mayor?, ¿quién es menor?, ¿quién sabe más?” Y esto de “¿quién sabe más” me recuerda lo de un niño a quien, como le oyera yo decir de otro: “Ese Juanito ¡es más tonto!; casi nunca se sabe la lección!”, y le dijese: “Puede no saberse las lecciones y ser listo”, me replicó: “Pues si no las sabe, ¿en qué se conoce que es listo?” Y ello, a su vez, me trae a la memoria lo que he oído contar del Guerra, el agudo torero, que como un badulaque le dijese, mostrándole a Menéndez y Pelayo en Santander: “Mira, Rafael, ése el hombre más sabio de España”, replicó el gran matador de reses: “¿Y de qué sabe ese tío?” Discreta sentencia, que le pareció una patochada al badulaque. O aquello otro del mismo torero a quien diciéndole de uno que era geólogo, acotó sentenciosamente: “¡La verdad es que hay hombres para todo!” Los hay para la enseñanza primaria y para la secundaria, y para la terciaria, y para la cuartenaria —investigativa— y ¿para qué no? O lo de Bernard Shaw: “El que sabe algo, lo hace, y el que no lo sabe, lo enseña”. Hacer, saber o llamar, estar, valer... La verdad es que somos para todo…

sábado, 10 de marzo de 2018

Junto al Cabo de la Roca

Ahora (Madrid), 21 de junio de 1935

Hace unos dias, a primeros de este mes de junio, salí de mi España a respirarla fuera de ella, de su bochorno, y a sentirla desde fuera. Me vine a este extremo mar Atlántico occidental. Dejé que ahí se discutiera el presupuesto, el remedio al paro de trabajo y la ley de Prensa que sólo al llegar acá ha empezado a interesarme de veras. Salí hacia este Portugal al que tanto mi espíritu debe, a renovar viejas impresiones de sosiego en la congoja. Volvía acá al cabo de veintiún años —¡y qué años!— de ausencia. Pues estaba yo aquí, en Portugal, en agosto de 1914, cuando estalló la gran guerra mundial que tanto ha cambiado a los pueblos todos y no menos que a otros al portugués. ¡Qué días aquéllos, en Figueira da Foz, cuando devorábamos los diarios en busca de noticias! ¡Qué días de vaticinios!

No hice sino entrar ahora de nuevo en el seno de este pueblo que tanto me ha dado que soñar cuando en la frontera, en Marvão, al pasar la aduana, nos requisaban los periódicos por si traíamos algunos de los registrados en el índice de la Inquisición de Estado portuguesa. Se me decayó el ánimo. Recordé aquellos inhumanos casos, ahí en mi patria, de que hubiera podido uno ser detenido, y hasta encarcelado, por recibir y leer —en silencio— tales o cuales hojas, muchas de ellas clandestinas. Aquellos ataques a le entereza espiritual de un hombre libre. ¡Defensa del Estado! ¡Defensa de la República! ¡Defensa de la Monarquía! ¡Ay del Estado —monarquía o república— que juzga tener que defenderse ofendiendo a la humanidad de tal manera! Y recordé cuando tuve que hacer que se me echara de mi hogar y se me confinara en una isla atlántica y luego tuve que desterrarme de mi España para no someterme a callar mis quejas y mis protestas. La Dictadura primo-riverana no fue violenta ni sanguinaria, pero fue ininteligente; mezquina y estúpida, que es una manera de crueldad solapada. Ahogaba el libre examen del protestantismo civil, de la heterodoxia de Estado. ¿Pero es que ningún poder público inteligente puede juzgar que conduce a nada digno el que un pueblo no se entere de lo que pasa y de lo que se piensa fuera de él y de lo mismo que en él pasa y se piensa en silencio y ello por informes de fuera? ¡Triste guerra a la inteligencia esta ortodoxia civil de Estado! Mejida a las veces a la ortodoxia religiosa, o mejor eclesiástica, que no es igual.

Y aquí estoy, en este pueblo, en que aprendí a querer, a admirar y a compadecer, oyendo quejas de los que tienen que ahogar sus protestas, de los protestantes civiles y laicos. ¡Y hasta se decreta la alegría oficial patriótica! Patriotismo oficial. Se persigue como sospechoso al que recibe ciertos libros del extranjero. La terrible sospechosidad inquisitorial.

Aquí, un poco al norte de este risueño, verde y soleado Estoril, donde se aíslan los turistas, se alza frente al cielo y a la mar, el camoniano (de Camoens) cabo de la Roca, extremo cabo occidental de Europa, avanzada sobre América. Al contemplarlo en una puesta de sol se me vino a las mientes aquella “Caída del Occidente” —Untergang des Abendlandes— del pobre Spengler. Y pensaba en estos pobres pueblos europeos... ¿Europeos? Unos semi-asiáticos o semi-africanos, otros asiáticos o africanos, o ambas cosas a la vez. Pensaba en estos pobres pueblos europeos en que a la libertad se opone la independencia. A la libertad individual la supuesta independencia colectiva. Para poder ser nacional de esta o de aquella nacionalidad —rusa, italiana, alemana, portuguesa... lo que sea— hay que dejar de ser hombre entero y verdadero. ¿Es que no se dice por muchos en España que formamos la Anti-España los hombres enteros de ella? ¡Desdichadas naciones faraónicas en que el Estado se enriquece empobreciendo y esclavizando al pueblo, en que éste agoniza de hambre y de hastío entretenidos para poder levantar pirámides de gloria! Y quien dice pirámides dice fábricas, estadios, astilleros, cuarteles... Se muere el pueblo al pie de un monumento a su gloria. ¿Suya? La armadura del Estado se reduce a armatoste. Donde se ahoga la verdadera universalidad que es la individualidad. Sacrifícase la intelectualidad indómita a la domada animalidad doméstica. A la triste resignación.

Lo principal parece ser equilibrar el presupuesto, no sólo el de ingresos y gastos de la Hacienda pública repartiendo la pobreza, sino el presupuesto espiritual, el de ingresos y gastos de ideas, de sentimientos, de ensueños, de aspiraciones y de ilusiones. La cosa es pensar, sentir, creer, esperar, soñar en balance. Hay que evitar el déficit espiritual, a que llaman ya derrotismo, ya pesimismo. Hay que hacerle creer al buen pueblo en un destino —un sino— providencial o fatalmente prescrito, no sea que dé en buscarlo por sí mismo. Hay que darle un Dios y una patria ya hechos, acabados. Dios y patria definidos —“finidos” o finados— no sea que dé en hacérselos, en creer que la fe no es sino eterna rebusca. ¡Desdichados pueblos faraónicos que ni siquiera entienden los jeroglíficos —escritura sagrada— que adornan las pirámides, tumbas de faraones levantadas a una gloria momificada!

Aquellos navegantes que se lanzaron “mar tenebroso” adelante, tras el vellocino de oro, a las riquezas del Dorado, creyendo haber de encontrar en ellas la independencia económica del pueblo, iban en realidad huyendo de ella, iban tras la libertad del individuo, iban a asentar el contento del hombre libre en tierra libre, no acotada. Por mares antes nunca navegados a tierras antes nunca aradas. Tuvieron que acotarlas y se reanudó, en otro mundo, la vieja tragedia. Todo lo cual me dijo el sol al ponerse frente al Cabo de la Roca. Después, al caer la noche estrellada sobre la tierra europea el sol iba a levantarse en el Nuevo Mundo, pero para ponerse luego en él. Y seguir la historia, sucesión de días y noches. Y como en el cielo siempre luz íntima, de estrellas, que brota de las entrañas de la humanidad individualizada. Hombre, más que pueblo, más que nación.

viernes, 9 de marzo de 2018

Comentarios quevedianos.―II “Invidiados y invidiosos”

Ahora (Madrid), 15 de junio de 1935

El más hondo sondaje que se haya hecho en España de la envidia hispánica —o ibérica—, virtud tanto como vicio y resorte de tantas hazañas, buenas y malas, lo hizo nuestro gran Quevedo en su Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: invidia, ingratitud, soberbia, avaricia. Y al hablar de la primera peste —en orden de tiempo y de valor— que es la envidia, empieza así: “Escribo de las cuatro pestes del mundo, no como médico, sino como enfermo que las ha padecido. Temo (en esto, por lo menos, acierto) que antes me temerán por el contagio, que me estimarán por la doctrina.” ¡Soberbio exordio y confesión soberbia!

Mete luego su lanceta en el tumor de esa peste luzbeliana —la tan mentada soberbia de Luzbel fue, como todas las soberbias, envidia— y dice aquello de: “El hombre, o ha de ser invidioso o invidiado, y los más son invidiados y invidiosos, y al que no fuera invidioso, cuando no tenga otra cosa que le invidien, le invidiarán el no serlo. Quien no quiere ser invidiado no quiere ser hombre, y quien es invidioso no merece serlo.” ¿Y qué hombre lo merece?, digo yo. “Los que más se quejan porque los invidian son los que siempre están haciendo porque los invidien”, añade. Y luego: “Muchos hombres hay invidiados de otros, y muchos que invidian a otros, y muchos más que se invidian a sí mismos. Parece esta invidia nuevamente hallada y es la más antigua.” Lo sabían San Pablo y Séneca, dos de los maestros de Quevedo.

Dejo para otra ocasión el zahondar en esta abismática doctrina quevediana, que explica la llamada decadencia española de su tiempo —primera mitad del siglo XVII— con sus altezas y bajezas —virtud y vicio—, y explica a la vez la desgana, el desapego y el anonadamiento de ascetas y místicos, desde el fray Luis, que quería vivir —¿vivir eso?— ni envidiado ni envidioso, hasta el quietismo, después, de Molinos. Y por ahora voy a recoger una alusión que me dirigió mi Gregorio Marañón en su contestación al discurso que ante la Academia Española leyó Baroja el 12 de mayo de este año.

En su discurso empezó Marañón por ensañarse con ese “pequeño monstruo —son sus palabras—, anónimo y temible, que es el hombre del café”. Quiere distinguirlo del hombre de la calle o de la plazuela. Parece ser el hombre de corrillo, de cotarro o de tertulia. Habla luego Marañón de mi prurito, no de contradicción, sino de contrapelo, que tanto ha contribuido a mantener despierta la conciencia nacional, pero que a veces la enturbia (quizá para que luego se aclare más), y dice que he dado el espaldarazo de mi elogio a este hombre del café. “Es difícil saber la razón”, añade. ¿Difícil? El mismo Marañón es quien la da al decir que se me deben a mí “las páginas más profundas sobre la pasión del resentimiento, morbo insinuante y letal de la vida española”. ¡Letal y... vital! Y agrega que tanto Baroja como yo sabemos bien que “el hombre del café es, entre otras cosas, manantial inagotable de resentimiento”. Y el resentimiento —digo yo—, manantial inagotable de rebeldía, y la rebeldía manantial inagotable de la más alta conciencia espiritual. “El hombre de la calle hace la historia —añade—, y el del café, fundamentalmente antihistórico, la envenena.” ¿Qué es esto? Y la historia, como el progreso, como la civilización, ¿no son acaso veneno? Aquí de la doctrina del pecado original, “¡feliz culpa!”, que canta la Iglesia Romana.

Mi elogio del hombre del café arranca de que este hombre, el descontentadizo, el resentido —de sí mismo antes que nada—, es el envidioso consciente de su envidia y de su envidiosidad —que no son precisamente lo mismo—; es el hombre en lucha consigo mismo; es el hombre que se sintieron San Pablo, San Agustín, Calvino, Pascal y tantos otros genios de la íntima contradicción humana. La razón por la que he afirmado que el hombre del café es el que forja nuestra cultura —así como suena—, nuestro cultivo de lo hondamente humano —¡qué bien lo sabía Nietzsche!—, es que ese hombre siente su propia miseria y que ésta hace su grandeza. La razón es que, como Quevedo, escribo de esa peste del mundo, no como médico, sino como enfermo. Y voy más allá, y es afirmar que médico que escriba de esa o de otra peste no más que como tal, y no como enfermo, no nos dirá sobre ella nada de provecho. Marañón conoce mi novela quirúrgica Abel Sánchez, y puedo asegurarle que ensayé en mí mismo la pluma-lanceta con que la escribí. Y dejo el disertar si hay una envidia, una soberbia, una lujuria, una gula, una pereza, una avaricia... fisiológicas y otras patológicas. ¿No es patológica también la fisiología en cuanto entra en ésta la conciencia? ¿No es la vida misma una enfermedad acaso? El haberlo reconocido así hizo la grandeza de la llamada decadencia española, de aquel nuestro osar demasiado, que dijo Nietzsche, también luzbeliano, también cainita. ¡Qué envidia más trágica y más grandiosa le tuvo al Cristo! Y se tuvo a sí mismo.

¡Ay, amigo Marañón!; ante esta vida enferma, ante esta enfermedad que es nuestra vida, hay quien se entrega febrilmente a la tarea de entibar y estribar y a la vez estibar su decadente esperanza —esperanza desesperada— en otra vida pura, y la fiebre le llega de los huesos del alma —que los de ésta (pues tiene huesos) sufren calenturas y hasta con ellas se queman—, y a ellos la calentura les llega del tuétano, que es más que entraña y donde está esa peste vital. ¿Pesimismo? Bien, ¿y qué? Porque aquello de “hay que...”, “no hay que...” Ya volveremos, y a través de Quevedo, a esto. Mas antes de volver a ello tengo que decir que en el mismo discurso que aquí comento se refiere Marañón a juicios de Cajal en uno de sus libros, “el desdichadamente titulado Charlas de Café”, dice. ¿Desdichadamente? ¿Y por qué? Pero si son eso: ¡charlas de café! ¡Si Cajal llevó siempre dentro de sí a un hombre de café, al que no logró, afortunadamente, ahogar la investigación histológica! “Tuvo las mismas amarguras que sus contemporáneos —dice Marañón— y abominó como ellos de toda la historia pasada, hecha de optimismos inconscientes.” ¿Y no será acaso inconsciente todo optimismo?

En resolución, que hay que hacer lo de Quevedo: escribir de la envidia como enfermo que la padece, sin importársele a uno que antes le teman por el contagio que le estimen por la doctrina. Y mirarse uno en el espejo de los demás, y cuando se crea envidiado escarbarse la propia conciencia.  Y compadecerse de sí mismo y a sí mismo envidiarse.

¡Qué tragedia la de nuestro Quevedo!