viernes, 13 de abril de 2018

Abolengo liberal

Ahora (Madrid), 15 de enero de 1936

Para poder vivir y pervivir en la Historia —que es la vida espiritual—, en la historia nacional ante todo, ya que ésta forma parte de la Historia universal humana, lo primero es tomar posición en ella, situarse. Cabría decir definirse si no se le hubiese dado a este ambiguo y fatídico término un cierto sentido, casi litúrgico, que riñe con el verdadero sentido histórico. Hay que encogerse y recogerse en sí, el hombre conciente de su propia ciudadanía, de su propia civilidad, y examinar cómo su propia historia individual, su biografía, se ha fraguado dentro de la historia general de su pueblo. Contemplarse el ciudadano a sí mismo como un producto vivo histórico. Y digo vivo porque no son sino productos muertos aquellos que afirman ser progresistas o reaccionarios, demócratas o liberales, republicanos o monárquicos, o lo que se digan ser, “de toda la vida”, o sea de nacimiento. Así como por bautismo, con un “volo” de un padrino cualquiera. Pues estos tales no pasan de ser “carboneros” de nacimiento, ciudadanos inconcientes.

¿Quiere esto decir que no se herede la convicción política como se hereda la fe religiosa? Cada cual es hijo de una familia y, a la vez, de una ciudad, o villa, o aldea, y de una nación, y de un haz de éstas, y de una época. ¡Qué bien se dijo aquello del “hijo del siglo”! Y no es posible que nadie logre saltar por encima de su propia sombra.

Nací y me crié—dejo ahora lo de llamarme “uno” o “este comentador” o algo así —en la invicta villa liberal de Bilbao y en tiempo de guerra civil. El liberalismo del glorioso siglo XIX era tradición en mi familia. Mi abuela materna y tía paterna, hermana de mi padre con la que, muerto éste a mis seis años, me crié, en compañía de mi madre y hermanos, había salido de Vergara, villa natal de mis mayores, durante la guerra de los siete años —de 1833 a 1840—, con las últimas tropas liberales; pasó en Bilbao el sitio que la puso Zumalacárregui, y luego, en la otra guerra, de la que fui infantil testigo, el de 1874. No quiso salir de nuestra villa, a requerimientos de un primo del campo carlista, prefiriendo sufrir en ella las adversidades del asedio y bombardeo a tener que vivir entre los enemigos. Y con su hija —mi madre— y sus cuatro nietos —yo y mis hermanos— soportó la prueba. Su sentimiento de las convicciones políticas era lo que en el verdadero sentido de la palabra, tan abusada, podríamos decir tradicionalista. Esa convicción tenía que ser hereditaria. “¿Ese, carlista? —nos decía—; no os fiéis de él; es un traidor; conozco toda su familia y son liberales.” Y lo mismo a la inversa; nos prevenía en contra de quien, procediendo de familia carlista, se hacía, o decía haberse hecho, liberal. Era el tradicional sentimiento de tirios y troyanos, romanos y cartagineses, agramonteses y beamonteses, moros y cristianos o, en mi nativa tierra, oñacinos y gamboinos. Y, sin embargo, no era para ella esa fe una fe implícita, de carbonero político. Pensando después sobre ello, poniendo a mi abuela en el campo histórico en que se le formó el recio y claro espíritu civil —y con éste el religioso—, he creído descubrir la huella de aquella Vergara de fines del XVIII y principios del XIX, la de los caballeritos de Azcoitia —tan cerca, sin embargo, de Loyola—, de los enciclopedistas y afrancesados, de los que crearon las Sociedades de Amigos del País y el Seminario de Nobles de Vergara; aquel templo de Minerva a que canturreó don Félix M. Samaniego, el de la fábula de “La barca de Simón”. Algo que olía a jansenismo, más o menos conciente. Aquel liberalismo vascongado de fines del XVIII y principios del XIX. Y con él, una religiosidad cristiana sobria y austera y civil, limpia de ciertas blandenguerías y de ciertas supersticiones.

El liberalismo era, ante todo y sobre todo, un método. Un método para plantear y tratar de resolver los problemas políticos, y no una solución dogmática de ellos. Y aunque hoy parezca a muchos que liberalismo y democratismo se oponen, que se oponen la libertad y la democracia, que ésta —la democracia— propende a la dictadura como a ella propenden la oligarquía y la plutocracia, entonces se sentía de otro modo. Entre las soluciones ametódicas, catastróficas, de las dictaduras, sean del proletariado, sean de la plutocracia —o bancocracia—, el liberalismo representa el método. O si se quiere, el libre examen, la libre discusión. ¿Es esto un centro entre las soluciones —u opiniones— extremas? Más bien una posición sobre las opiniones todas, no un centro entre ellas.

¡Cuánto hablé de todo esto con aquel espíritu liberal, sereno, tolerante, comprensivo, que fue el de don Manuel Bartolomé Cossío, descendiente directo de uno de los que fueron fusilados con Torrijos en las playas malagueñas! También él tenía un abolengo liberal a la española, de un liberalismo nuestro castizo. Que se corroboró en la Institución Libre de Enseñanza, sobre la que tanto fantasean, desconociendo su historia, y desconociéndola, por lo tanto, esos pedantuelones (pedantuelón = pedantón + pedantuelo, niñería decrépita) de escuela de petulancia totalitaria a base de ficheros. (El de los ficheros no es método, ni aun para investigadores de verdad.) Los cuales pedantuelones, al morir el buen Cossío, salieron con la mentecatez de que había sobrevivido a los tópicos liberales de su tiempo. Vamos, sí, que ya no se llevan; cuestión de moda. Los de ahora son los del presunto futuro Estado nuevo de la petulancia fajista.

Cuando se votó en las Constituyentes la prohibición a las Ordenes monásticas católicas de ejercer la enseñanza pública y sostener colegios externos y la disolución de la Compañía de Jesús, confiscándole sus bienes, el buen liberal Cossío se pronunciaba con energía contra este atentado despótico a la libertad. Le oí decir que dudaba de si, en rigor, la Institución Libre de Enseñanza no caería, con igual sinrazón, bajo aquella proscripción. Él, alma entonces de esa Institución, tan neciamente combatida como mal conocida por los afiliados y los críos de la Compañía, sostuvo siempre que negar el derecho al magisterio público a cualquier instituto confesional —con las garantías, ¡claro!, de suficiencia profesional que a los demás se les exige— era, además de una injusticia, una garrafal torpeza. “Ahora —venía a decirme—, una vez disuelta la Compañía, serán sus miembros los que puedan en ley —si provistos de los títulos pertinentes— abrir colegios católicos.” ¿Verdad, amigo y también liberal Castillejo? Pero es que el pseudo-laicismo de las Constituyentes era, por anti-liberal, torpísimo. Si bien —da pena decirlo— excuse, si es que no justifique en gran parte, aquella torpeza la torpe reacción contra ella desencadenada por los perjudicados al soltar a una tropilla de menores mentales —aunque mayores de edad— niños zangolotinos, a que zangoloteen por cámaras y escenarios de “cine” político, despotricando de carretilla sus empapizadas lecciones.

Cuando repaso las memorias de mi abolengo liberal —de origen doceañista— y las del abolengo liberal del noble y liberal Cossío, y al sentir que se destruyen los caminos —los métodos— para levantar barreras (dogmas o dictaduras, unas u otras), que se niega el libre examen para asentar esta Inquisición o su contraria, ahora es cuando siento afirmarse en mí aquella tradición familiar de liberalismo que brotó de la nacional de nuestro glorioso siglo XIX, el de la Constitución de 1812, el de las dos guerras civiles que retemplaron el alma de mi abuela Benita Unamuno y Larraza. Murió a mi lado, a mis dieciséis años; la primera muerte a que asistí. A su memoria dedico este recuerdo de piedad. Y a la de don Manuel Bartolomé Cossío, nieto de uno de los fusilados en Málaga con Torrijos.

jueves, 12 de abril de 2018

Hinchar cocos

Ahora (Madrid), 8 de enero de 1936

Ahora se me vienen irnos lectores circunstanciales —no de mis habituales, de los míos— con la embajada de que les exponga qué es eso de la fe implícita o del carbonero y todo lo que con ello vengo relacionando. Quieren evitarse acudir a una enciclopedia cualquiera, aun la más barata. Y accedo. Accedo diciéndoles que fe implícita es la de aquel que profesa creer, por obediencia y no por convicción, lo que otro le enseña y aun sin entenderlo. Y se le llama del carbonero por aquella fábula —o lo que sea— de un carbonero que al preguntarle qué era lo que creía respondió: “Lo que cree y enseña nuestra Santa Madre la Iglesia.” Y al repreguntarle: “¿Y qué es lo que cree la Iglesia?”, replicó: “Lo que creo yo.” Y de este círculo vicioso no le sacaron.

Esa fe implícita no es un servicio racional, sino —lo he dicho muchas veces— el tercer grado de la obediencia según Loyola; el que cree que lo que el superior —o jefe— ordena es lo verdadero, entiéndase o no. Es lo de: “El jefe no se equivoca”, o sea el principio de la infalibilidad personal. Que de la esfera religiosa se ha trasladado a la política. Claro está que los más de los que sostienen ese principio no estiman que el superior no se equivoque o yerre objetivamente, sino que conviene a la comunidad para su mejor preservación atenerse a ello. Es lo que llaman disciplina.

Ese criterio es el criterio anti-liberal, que nada aborrece más que el libre examen. Y ese criterio político-eclesiástico —no propiamente religioso— fue el que condujo a aquella formalmente tan atinada fórmula de que “el liberalismo es pecado”, que tanto cimbelearon antaño nuestros loyolanos españoles. ¡Tiempos aquellos —yo era un mozo inquisitivo— en que se disputaban el campo ortodoxo mestizos e integristas! Se hablaba de tesis y de hipótesis, del mal menor (lo del bien posible ha venido después). Renacían el posibilismo y el probabilismo y toda clase de casuísticas. Y al cabo de los años, los sucesores y discípulos de aquellos anti-liberales han venido, aleccionados por la experiencia y, además, por táctica, a pactar con el liberalismo. Y con algo que para ellos debería ser peor que el liberalismo: con cierto radicalismo, bien que retórico y de similor. Y así han venido conchabanzas y maridajes inexplicables. Había que cerrar los ojos. Era un deber de carbonero de esos que dije.

Mas he aquí que la estratagema marra y hay que volver a la tesis y proclamar de nuevo la santa cruzada, la reconquista de la unidad. Y como en un tiempo, en el siglo XVI, se proclamó la que luego se ha llamado la Contra-Reforma, la de Trento, hoy se proclama, ya en el orden político, la contra-revolución. ¿Y qué es ésta?

Para saber qué es ella habría que saber lo que los sedicentes contra-revolucionarios entienden por la revolución. Y lo que entienden por ésta los sedicentes revolucionarios. Por su parte este comentador no entiende bien ni a los unos ni a los otros, y tiene motivos y razones para creer que ni los unos ni los otros se entienden a sí mismos. Ve a unos que van, erguida la cabeza y mirando al aire; a otros que, como si por tortícolis, miran de reojo, y a éstos, de párpados caídos, con la vista al suelo. Pero a pocos que miren a lo que tienen ante las narices y en torno de su cuerpo mortal. Y se tienen miedo unos a otros y les domina el pánico. “¿Qué va a ocurrir aqui?” “¿Adonde vamos a parar?” Y así.

Diríase que esas manadas humanas a que acarran y arredilan sus rabadanes están aterradas y tiemblan como si olieran a chamusquina. (Se dice que los gitanos, para robar caballerías, suelen producir espantadas en las ferias quemando cerdas de las colas de aquéllas.) Y esto es lo que hacen los jefes de los unos y de los otros a que aludo. Se dedican a hinchar el coco. O sea a soplar a carrillos abultados en los faldones de sus respectivos espantajos. “¡Que viene el reparto!” “¡Que viene la anarquía!” “¡Que viene la dictadura!” “¡Que vuelve la Inquisición!” Y cada cual enarbola su coco: marxismo, fajismo, masonería, jesuitismo... ¡Y a saber qué más! Y a las veces se cree uno envuelto en un torbellino de magismo, de mitología y de hechicerías. Y siente la congoja de sentirse en una casa de locos. Peor aún: de tontos de atar. ¡Qué barahúnda!

No puede uno remediarlo: siente que se le va la cabeza. Y con ella ida ¿de qué le va a servir el corazón? (¡El corazón, el corazón! Cuando leo de entrevistas que fueron cordiales me pregunto: “¿Serían también cerebrales?”) Hay un viejo dicho latino —modificación de una sentencia de Eurípides— que reza así: Quos Deus vult perdere dementat prius, esto es: “A quienes Dios quiere perder entontéceles antes.” Y así vemos dementados o bien dementes, atontados o bien tontos —tontos auténticos— enardeciendo o, si se quiere, dementando a pandillas de menores de entendimiento que se rinden al servicio de la fe implícita. Y mientras se hinchan los cocos y se soplan los faldones —hechos guiñapos— de los espantajos se crean mitos. O si se quiere prestigios, ya que prestigio quiso decir originariamente engaño. Uno de los que le están preocupando a uno es el de las eminencias grises. Que luego, al examen, resulta que ni son eminentes —no “ominen” podría decirse, inventando un neologismo inútil—, y en cuanto a lo de grises, no se destacan por la riqueza de su sustancia gris cerebral. Gallos tapados sin cresta ni espolones. Y sin canto de amanecer. Tal vez sólo pollos implumes.

Hay un saurio australiano que para amedrentar a su enemigo, cuando está él amedrentado, hincha la gola, toma una facha espantable y le amedrenta con su miedo. Y esto de hinchar así la propia gola es parejo a hinchar el coco que se tiene por adversario. Hay pueblos salvajes que cuando salen a campaña llevan dragones, endriagos, mascarones, carátulas y todo género de espantajos. Claro es que contra otros pueblos también salvajes. Y es de suponer que se espanten de sí mismos. ¿No irá a ocurrir algo así con los diversos “frentes” —así los llaman— que aquí se están formando y se dedican a hinchar su gola colectiva y a hinchar el coco adversario? Lo malo va a ser si con este género de guerra incivil —salvaje—, la campaña política que se anuncia acabe por dementar del todo, por entontecer a rabiar a los que aun conservan entre nosotros la sana y sosegada madurez de su entendimiento. A los que gozan de fe explícita, asentada sobre libre examen y raciocinio sereno.

¡Ay de los que nos hemos criado en pecado de liberalismo! Y no nos dedicamos a hinchar cocos. ¡Ay España, mi España, cómo te están dejando el meollo del alma!

miércoles, 11 de abril de 2018

Al hombre entero y verdadero

Ahora (Madrid), 1 de enero de 1936

El hombre entero y verdadero, con su completo organismo espiritual encamado en el corporal, sus entrañas y su piel anímicas, órganos cual círculos ya concéntricos, ya secantes los unos a los otros. Lo que se ha llamado el microcosmo, el pequeño mundo o, mejor, universo individual —y personal— dentro del vasto mundo, del individuo universal. (Suele dársele otro nombre.) Lo que se dice una persona. Y es el sujeto de la religión y de la política, que es otra religión, la religión civil. Y ¡ay si la persona se descompone, se desorganiza, se desparrama! ¡Ay si la religión y la política —como la ciencia y el arte— no cogen al hombre entero y verdadero, en su entereza y en su verdad:

Primero, el pequeño individuo animal, ceñido por su cuerpo, preocupado de su salud y su bienestar individuales y con su pequeña conciencia incomunicable. O acaso con una trágica o cómica intimidad. “Es muy suyo”, se dice de un sujeto así. Y no es suyo ni de nadie. “¿Qué idea tiene usted de sí mismo?”, se preguntaba en una de esas enquisas (enquestas) disparatadas. ¡Como si alguien tuviese idea alguna de sí mismo! A lo más, una idea de la idea que los demás tienen de él. La idea de sí mismo es uno mismo. ¿Y quién se tiene a sí mismo?

Pero este mínimo sujeto es hijo, hermano, padre, novio, marido... Tiene familia. Como no sea un absoluto solitario, un ermitaño o un anacoreta. Y aun entonces… Y envolviendo al sujeto individual está el familiar. Como a éste le envuelve el civil, el que es miembro —y órgano— de una comunidad superfamiliar. En la que ejerce una profesión, un oficio. Oficio quiere decir deber. Y ello le coloca en una clase. Lo que hace el sujeto social. Que cuando vive dentro de historia humana pertenece a una nación. Y las naciones se organizan en la Historia, que es la civilización, y fraguan una cultura, una humanidad. Y hay una concepción internacional; más aún: mundial; aun más : universal. Si se quiere, cósmica.

Y el individuo histórico, el hombre civil entero y verdadero, tiene, por pobre y borrosa que sea, una conciencia universal o cósmica. Decía Kant que los dos espectáculos más sublimes son la conciencia humana y el cielo estrellado. Que puede ser espejo de la conciencia universal del individuo humano. Aun el más rudo ciudadano se recoge en sí y se sobrecoge contemplando la estrellada. O como el pastor errante de las estepas asiáticas que cantó Leopardi le pregunta a la luna por su destino. O mirando al Lucero —Lucifer (Luzbel); en los textos de astronomía, el planeta Venus—, cuando va a derretirse en el alba, le pregunta con Isaías (XIV, 12): “¡Cómo caíste del cielo, Lucero, que salías por la mañana!; cortado fuiste de tierra, ¡tú, que herías a las gentes!...” Y lo que sigue en el texto bíblico. ¡Pobre Luzbel! Y éstos no son vanos pareceres, sino que el más humilde sujeto histórico, familiar, profesional, social, nacional, mundial, que se siente envuelto por la humanidad, anuda —con más o menos conciencia de ello— un desasosiego de aquendidad, del sueño de la vida y del mundo de aquende la muerte, con un desasosiego de allendidad, del sueño de la vida y del mundo de allende la muerte. Del siempre pasado y del siempre futuro. Y se pregunta: “¿Para qué?”

Ahora, en que se habla tanto de crímenes sociales y hasta se los contrapone en parte a los llamados pasionales, es en éstos en los que hay que ver al hombre histórico entero y verdadero. En esos trágicos suicidios mutuos de dos amantes, por ejemplo. ¡Lo que esto da que pensar y que sentir! Esos suicidios, en que acaso entran motivos individuales y familiares, y sociales y nacionales, y hasta mundiales y universales. El pobre Larra (“Fígaro”) se suicidó por una mujer, o por su familia, o por su España, o por... (Pero otra vez de estos suicidios.) ¿Se ha suicidado alguien por pasión política? (El heroico suicidio del presidente Balmaceda, el chileno, lo comentaré otra vez.) Y el suicidio es acaso la mayor prenda de fe, el máximo martirio. Considere el lector el heroico “harakiri” de la lealtad nacional japonesa. Y fíjese en cuan pocos políticos profesionales, no nacionales, han sabido suicidarse civilmente, condenarse a muerte civil a tiempo y en sacrificio de su patria. Acaso porque su política era profesión más que vocación o misión, porque no abarcaba al hombre todo entero y verdadero. Vivían de ella, no para ella.

Pronto vendrán unas elecciones, que deberían ser ejercicios de educación civil y social del pueblo, y uno se pregunta si su acción pasará de la piel espiritual de ese pueblo, si le penetrará en las entrañas, si le hará más y mejor de lo que es. Si la lucha ha de ser entre republicanos y monárquicos, póngase por caso; si saldrán unos y otros más y mejor enterados de lo que sean la república y la monarquía para el ciudadano en su individualidad, en su familiaridad, en su profesionalidad, en su socialidad, en su nacionalidad, en su mundialidad y en su universalidad, o sea en su religiosidad. La acción de esas elecciones ¿será acción de civilidad, de política entera y verdadera? O ¿no más mal de lo que se llama politiquería o politiquilla? ¡Politiquilla!, ¡menguada política diminutiva! A que corresponden esos castizos diminutivos nuestros del género de: camarilla, gacetilla, guerrilla… y otros así. Una lucha no de ideales ni de concepciones civiles nacionales, sino de partidos. O equipos. Con sus candidatos espontáneos y con sus encasillados. Y el hombre entero y verdadero, el que se siente uno y a la vez órgano del universo, ése ¿saldrá más hombre, más ciudadano, más patriota, más del mundo todo, más universal de semejante lucha? Los preludios son fatídicos. Agravación de ramploneria.

Ya sé que dirán no pocos lectores que no concreto. ¡Claro es! ¿Para qué? Entre las anécdotas electorales que he recogido hay dos que más me han dado que pensar. Una, la de un anarquista que proponía que ellos, los anarquistas, en vez de no votar, debían hacerlo en blanco para recontarse así. Y otra, la de una pobre vieja beata que pedía le diesen una papeleta de Nuestro Señor Jesucristo, pues iba a votar por la religión. O sea, desde el punto de vista de la politiquilla —o política de partido—, en blanco. Dos blancos que nuestras campañas electorales no han sabido llenar con nada. Y el hombre verdaderamente popular seguirá preocupándose de sus enfermedades y sus malestares y de cómo el Lucero —Lucifer o Luzbel— se derrite y cae cada día del cielo. Que es otro blanco.

Y para terminar: mejor un salto en las tinieblas que un deslizamiento en el vacío.

martes, 10 de abril de 2018

Caciques y caudillos

Ahora (Madrid), 25 de diciembre de 1935

Como aquel sujeto me dijese una vez: “Le doy, don Miguel, mi palabra de honor de que...”, le atajé: “¿Su palabra de honor? ¿Es que tiene usted otra sin honor?” ¡Se me amoscó, claro! Vaya otro rasgo suyo, y es el de que es de los que dan un sentido peyorativo a las voces “maniobra” y “estratagema”. Llaman maniobras los hombres carneros, los de tope o choque, a los esguinces del adversario. Dicen, por ejemplo, que es discutir de mala fe cuando se les opone un argumento que ni esperaban ni lo comprenden. Es que jamás comprenden lo que oyen por primera vez y a que llaman paradoja, empleando un término que tampoco saben lo que quiere decir. “¡En mi vida he oído semejante cosa!”, equivale para ellos a una definitiva refutación. Es la idea que tienen de lo que llaman tradición, si es que a eso cabe llamarle idea. Y renuncio, por ahora, a dar más características de aquel sujeto, que es este sujeto de ahora.

El cual me ha venido, para certificarme del valor de su posición ideal, social y moral, a decir que está pronto a sacrificarse por ella, a dar por ella su vida. “Su muerte, querrá usted decir”, le he atajado esta vez. Y me he puesto a intentar explicarle la diferencia —tan conocida y recalcada— que va de dar la vida a dar la muerte. Y que el que uno dé su muerte por una idea, se deje matar —matando él a su vez, si puede— por ella no prueba la validez objetiva de esa idea. Muchas veces se ha repetido, pero conviene repetirlo una vez que a ningún sujeto de juicio sano se le ha ocurrido ofrecer su vida— lo que llaman así— por confesar que los tres ángulos de un triángulo valen dos rectos o que (a+b)2 = a2+2ab+b2. Y otras verdades así. El sacrificio de la vida de quien profesa una idea no le da validez a ésta. Y esto, que es tan evidente, conviene repetirlo ahora, en que hace estragos cierto pragmatismo de eso que llaman el acto puro. Puro o libre de lo que no sea acción, es decir de contenido. A uno que me decía que se dejaría cortar la cabeza por sostener no sé qué estuve por decirle que no perdería nadie nada, ni él tampoco, con que se la cortaran. Pero me contuve, porque es terrible el carnero que topa en el aire.

Si, conozco eso que llaman doctrina de servicio y aprecio éste. Pero servicio ¿a qué o a quién? En civilidad, o sea en política, hay servicio a la Historia, a la conciencia que la comunidad patria, la que tiene conciencia, la tiene de sí misma. La fe es un servicio —obsequio suele traducirse— racional, según dijo el Apóstol. Pero lo de racional lleva consigo la libre adhesión por libre examen. Y así, la llamada fe implícita, la fe del carbonero, la del “eso no me lo preguntéis a mí..., etc.” —¡lo he repetido tantas veces y lo que aun lo rondaré!—, de racional no tiene nada. Es la del servicio u obediencia —y aquí vuelvo a otro de mis temas favoritos— del tercer grado de obediencia loyolesca, la de juicio —no ya de hecho y de voluntad sólo—, la de creer que lo que el superior manda es lo más juicioso. O sea que el superior, jefe o como quiera llamársele, es infalible, no se equivoca. Pero ¿quién le ha conferido a ese superior —jefe— su superioridad o jefatura? En la Iglesia Católica, Apostólica, Romana ya sabemos cómo se decretó el dogma de la infalibilidad pontificia por el obispo de Roma, a quien ciertos fieles rinden un cuarto voto de obediencia. Pero ¿esto cabe traducirlo a un partido político, por ejemplo, y que los pobres partidarios rindan ese cuarto voto —el de la fe del carbonero— a un jefe cualquiera, sin que se sepa en qué conclave se le confirió su poder, ya que no autoridad? (La autoridad se adquiere muy de otro modo.)

Es realmente algo que apena el ánimo, cuando de civilidad conciente se trata, el ver que un jefe o caudillo lanza excomuniones pontificales, protesta contra el hecho de que no se cuente con él, pronuncie a boca llena que no hay otro jefe que él o acaso hable de “su gente”. “El partido soy yo”, parece decir alguno. Y otro dice: “Pues mi gente (¡su gente!) se irá con Perengánez, y eso se saldrán ustedes perdiendo.” La verdad sea dicha: un supuesto jefe que consiente que una caterva de carbonerillos —de fe irracional— pidan todo el Poder para él, ya que no se equivoca, es un peligro para toda república bien ordenada. (Y doy aquí a este tan elástico y ambiguo concepto de república aquel sentido el más amplio que incluye hasta a las monarquías y a los imperios, ya que República se llamaba el Imperio romano.) Y mucho más si la fe del jefe es también de carbonero. Y terrible cosa cuando a una vaciedad propia se agrega otra delegada.

Servicio racional, de libre examen, a la conciencia de la comunidad patria, que encarna en su historia, en su tradición, bien, muy bien; pero para ello hay que conocer esa historia, esa tradición, y para conocerla hay que estudiarla con amor. Y nuestros carbonerillos de las distintas agrupaciones —triste es tener que decirlo— en general no la conocen porque no la estudian. No tienen idea alguna de lo que hicieron sus padres y sus abuelos y los de éstos. Los que de entre ellos más se manifiestan propicios a dar su vida por lo que antaño se llamaba “la causa”, menos dispuestos están a dar esa su vida al estudio de la causa misma. Su ignorancia política es enciclopédica y acaso —aquí estriba la tragedia— invencible.

Y ahora me siento atraído a decir algo de la diferencia que va de caudillo a cacique y a justificar a éste frente a aquél. El caudillo suele ser carneril, de tope, y el cacique es de maniobras y estratagemas. El caudillo suele ser sonoro y espectacular —de cine sonoro—, mientras que el cacique maneja —o mejor, mangonea—, y se calla, y se vale de maniobras y estratagemas. Los dos tienen su papel público, civil, y este comentador que os habla, fiel a su alterutralidad, ya expuesta, cree en el valor útil de ambos, pero cree también que en momentos graves el cacique es preferible al caudillo. El caudillo, fiándose de su magia fascinatoria —ejercida sobre los carbonerillos como la serpiente ejerce la suya sobre los chorlitos—, encubre mejor su propia oquedad, mientras que las artes del cacique piden un fundamento civil más sólido. Se ha dicho y redicho mucho en España contra el caciquismo, y cuando Joaquín Costa hizo aquella enquisa sobre él, fue este comentador uno de los pocos consultados que se atrevió a tratar de justificarlo. Habría que decir otro tanto sobre el caudillismo. Lo estimo más peligroso que el caciquismo. ¿Y si el caudillo es un cacique o el cacique es un caudillo?, se nos dirá.

De esto, otra vez.

lunes, 9 de abril de 2018

Pedreas infantiles de antaño

Ahora (Madrid), 20 de diciembre de 1935

Al sentir el ahogo del temporal político-religioso que venimos pasando suele refugiarse en espíritu este comentador que os habla, lectores, en las memorias de su ya lejana infancia, tal como en gran parte las guarda en sus Recuerdos de niñez y de mocedad y en su novela histórica Paz en la guerra. ¡Qué frescor le llega de ese pasado íntimo!

Eran los tiempos en que se encendió la última guerra civil cruenta —a tiros— entre carlistas y liberales, después de la caída de Isabel II y de la huida de Amadeo. En aquel ambiente, los niños acomodábamos a él nuestras pedreas deportivas. Había en Bilbao dos partidas principales: la de Sabas y la de Azcune. El que esto cuenta entró en el Instituto Vizcaíno el año mismo, 1874, en que había acabado el sitio y bombardeo de Bilbao. Allí conoció a Sabas, el jefe de partida. Pero las partidas no se llamaban de liberales y carlistas.

Consabido es que en esas peleas de chiquillos las partidas se dicen de ladrones y guardias civiles —“¡Yo quiero ahora ser ladrón, y si no, no juego!”, “¡Ahora te toca ser guardia civil!”— o tal vez de rusos y japoneses, como podían ser de tirios y troyanos, oñacinos y gamboínos en mi nativa tierra, o de cartagineses y romanos, como para la competencia escolar dividían los jesuitas a sus alumnos. Ahora esas partidas podrían llamarse de italianos y abisinios. Pero es que los peleadores de hoy no son ya niños de diez o doce años, sino de alguna más edad corporal y de mucha menos edad mental. Y en vez de piedras usan de porras y de pistolas.

En cuanto a la denominación, ¿qué más da? Recuerdo que entre mis compañeros de colegio —escuela era la municipal, la de balde— había uno preocupado con pelear contra los... madianitas. Hoy los madianitas para esos porreros y pistoleros se llaman marxistas, o judíos, o antiespañoles, o... krausistas. Y de otro lado, fajistas, falangistas, tradicionalistas, japistas y ¡qué sé yo!... ¿Contenido doctrinal? Ninguno. Siquiera los de mi tiempo no pretendían llenar con supuestas doctrinas políticas, religiosas o sociales el empuje deportivo que los llevaba a las pedreas infantiles. Pedreas sin pretextos.

Lo de ahora es algo que acongoja Tengo a la vista unos números de esas publicaciones que venden o reparten estos chiquillos de ahora, y... se le cae a uno el alma al leerlos. No hay doctrina alguna. Esas hojas rezuman y hasta chorrean memez. O mentecatez. No dicen nada. Recuerdan la filosofía de aquel botero de Segovia a quien pintó Zuloaga y de quien éste decía: “¡Qué filósofo! ¡No dice nada!” No que diga como cualquier nihilista que no hay nada, sino que no dice nada. Y así éstos. ¡Qué sentencias! Recuerdan lo que decía Juan Pablo Richter de los que pintan éter con éter en el éter. Llega uno a pensar acongojado si tendrán razón los que afirman que se está formando una generación que es degeneración, inapetente de saber, de una ignorancia enciclopédica invencible. Y algo que no decimos por ser no ya inefable, esto es, que no puede decirse, sino nefando, o sea que no debe decirse.

En uno de los números que tengo a la vista, uno de esos chicos dice que “no perecerá el mundo si esta juventud manda”, que los viejos “son casi todos tontos y cobardes”, que los jóvenes —ellos se entiende— sean “quizá demasiado apresurados y hasta vacíos de cascos”, pero que esto no importa, pues “todas tas grandes acciones las han hecho las juventudes y todas han sido locuras”. Después de esto se ve claro que esta Juventud de Falange Española, la del yugo, no ha de hacer locuras, sino tonterías o mentecatadas, que es muy otra cosa. Necedades futuristas.

La cosa es tristemente seria. En general, el pensamiento (pase el eufemismo) político y religioso hoy en España es de una vaciedad, de una ramplonería y de una superficialidad aplastantes. ¿Pero el de esta sedicente juventud? Hay una virilidad mental, y es cosa terrible cuando antes de llegar a ella, a la pubertad intelectual siquiera, se pretenden engendrar convicciones políticas, patrióticas o religiosas. ¡Cuánto mejor harían leer el Juanito o el Bertoldo!

¿Y aquello otro de los del tercer grado de la obediencia loyolesca, de los que piden todo el poder para el jefe, de quien dicen que no se equivoca? Una vez hablé aquí mismo de un Instituto cuyo fin es mantener, defender y propagar la tontería. Lo que puede ser hasta caritativo, ya que la tontería garantiza una cierta felicidad. Pero sólo defiende el engaño vital el desengañado, y la tontería el que no es tonto. Y el que se hace el tonto es que lo es. “Eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”, dice el catecismo jesuítico que me enseñaron para justificar la fe implícita o del carbonero. Pero ¿y si esos doctores resultaren ignorantes? Que éste es el caso. No, no; un rebaño de borregos no puede ir guiado por otro borrego, y menos por un corderillo retozón. Mejor por un lobo, aunque éste se cobre. ¿Está claro?

¡Ah como estas juventudes llegasen a domeñar y manejar a sus mayores! ¡Entonces, sí que...! Porque así se prepararía y entrenaría la mayor gangrena civil de la gobernación de un pueblo, que no es la inmoralidad, sino la imbecilidad. Mil veces peor el tonto, que no el ladrón. Y éste es el pecado original —y por ende, hereditario— de nuestra política. Asusta hoy la vacuidad mental de estas juventudes militantes. Hay la otra; la que calla, estudia, espera, o acaso desespera y se consume sin alharacas. Por muy “tontos y cobardes” que seamos los viejos de hoy en España, nada tenemos que aprender de esos mentecatos. Por mi parte, no creo en madianitas.

Hay quien sostiene que la llamada vulgarmente inmoralidad, la corrupción administrativa y gubernativa, es mera parvedad, cosilla de mal menor, comparada con el laicismo. Pero este comentador está convencido de que en la inevitable lucha por la cultura —no hay que decirlo en alemán—, la tontería del tercer grado de obediencia loyolesca, la del carbonero de la fe implícita, es raíz de la peor inmoralidad. La del suicidio mental.

Que se fajen los del fajo, que se unzan los del yugo, que se aporreen disciplinándose loa de la porra; pero, por Dios santo, que no estén aporreando la virilidad mental de la patria, que no estén entonteciendo —como lo están— a esta menguada generación, que no conoce ya las puras y frescas y verdaderamente infantiles pedreas de aquellos tiempos, en que la santa guerra civil de liberales y carlistas le echó los cimientos de su conciencia civil al que esto, con el ánimo amargado, os dice, lectores. ¿O es que quieren llevar a España a que se suicide en alguna inédita Etiopía?

domingo, 8 de abril de 2018

Programa de un cursillo de filosofía social barata V

Ahora (Madrid), 17 de diciembre de 1935

Rematé la última lección de este mi cursillo con la promesa de explicar la posición personal del exponente respecto a la valoración de las diversas posiciones políticas, sociales y religiosas, y en el caso de dos combatientes, a las de estos dos. Y dije que mi posición es de “alterutralidad”. Que si de neutralidad —de “neuter”, neutro, ni uno ni otro— es la posición del que se está en medio de dos extremos —supuestos los dos—, sin pronunciarse por ninguno de ellos, de “alterutralidad” —de “alteruter”, uno y otro— es la posición del que se está en medio, en el centro, uniendo y no separando —y hasta confundiendo— a ambos. La llamada dialéctica —mejor, polémica— la de la renombrada “coincidencia de los opuestos”, la del Cusano, la de Hegel, y en socialismo, la de Proudhon.

En rigor, comprender es valorarlo todo por igual, en realidad. Cuando, a mayores, las valoraciones no suelen pasar de calificaciones, y éstas, no más que de denominaciones. ¡Magia de los nombres! En cuanto una fe cuaja en un credo exclusivo se muere. Monarquismo, republicanismo, anarquismo, comunismo, derechismo, izquierdismo..., ¡nombres, nombres, nombres! Cuando se mira la tela de las opiniones al envés, al revés y al través se ve que los tres son uno. De un sentimiento irracional se hace una doctrina o conocimiento simbólico; de éste, un precepto, dogma o programa; de éstos, una escolástica. Hacen los partidarios —fieles— la valoración a costa de la comprensión. Hase dicho con acierto que se desaprobaría un axioma matemático si destruyera el fundamento de nuestro más íntimo anhelo vital. Ya Tertuliano, después de haber pedido perdón para la esperanza del orbe entero, plañía: “Cierta es por ser imposible.” Las doctrinas relativistas amenazan destruir la realidad en cuanto no se pliegue a nuestras más entrañadas aspiraciones. La física moderna está desvaneciendo la materia en puro idealizarla. Ya no se toma la materia materialmente. Más el espíritu.

En un orden más pragmático, un dogmático cualquiera no oye con calma el que se le diga que sus soluciones no llevan al fin que se propone y que éste no se logra de manera alguna. Que la explicación marxista de la Historia, por ejemplo, no da a ésta el valor que el proletariado exige, como ni la explicación opuesta justifica al capitalismo. ¡Pobres hombres los que se ponen a tiro hecho a marchar, por la derecha o por la izquierda, sin vaivenes ni bamboleos y sin comprender que no se abraza un problema sino a dos brazos, derecho e izquierdo, apechugándolo al corazón —que es centro alterutral—, y para manejarlo con ánimo, no diestro ni zurdo, sino maniego!

Y de pronto se me presenta aquella tremenda exclamación de Carducci, el poeta de la tercera Roma, cuando exclamó: “¡Mejor, obrando, olvidar, sin indagarlo, este enorme misterio del Universo!” Mas ¿cabe que un hombre —¡un hombre!— pueda obrar sin indagar con su obra ese misterio? Obrase para algo, y este “para” es ya una indagación de misterio. Hasta en la labor de un esclavo.

Este pobre filósofo barato no puede remediarlo, pero cuando se encuentra con un entusiasta convencido quienquiera de una cualquiera fe religiosa, social, política, artística o científica duda si compadecerle o envidiarle. Pero como se envidia a la vez que se le compadece a un demente dichoso cuando nos tortura la razón. La compasión ¿no es una forma de envidia? Pues hay días aciagos en que uno quisiera ser tan mentecato como en esos días le parecen ser la inmensa mayoría, la casi totalidad acaso, de sus compatriotas —sobre todo los jóvenes— para poder vivir en paz consigo mismo. Y escapar así a esta terrible última edición mecánica moderna del “la vida es sueño”, a este sentimiento de cine sonoro que nos da la historia que venimos viviendo, como si todos fuésemos fantasmas de pantalla que hablamos por gramófono. ¡Y qué cosas! La materia se ha hecho sombra; el hombre, un nombre; el hambre, hastío. Tiene uno que tocarse para creer en sí mismo. ¡Y aun así...!

Pero es que los combatientes —y convivientes, por ende— no combatirían, no vivirían, sin una fe y tienen que hacérsela para combatir y convivir. El martirio hace la fe, aunque no la verdad del credo, que no la fe el martirio. Lo dije hace años y aun lo recuerda un hoy converso. Y la tragedia del converso suele ser que cuanto más reniega de su pasado más se le adivina que está combatiendo consigo mismo para convencerse de que está convertido. Grita para no oírse a sí mismo, para acallar con sus gritos hacia afuera la íntima propia voz que le susurra la verdad al oído del corazón. Rumor de aguas soterrañas que minan la fe roquera.

¡La conversión al tradicionalismo —no tradición—, que parece ahora, en nuestra guerra civil, tan de moda! ¡Pobres cangilones —no regueras— de la noria de la tradición, que necesitan del servil trabajo del mulo vendado que la mueva! ¡Y, en cambio, poder ser reguera de tierra viva, ceñida de verdura del campo, y no cangilón de barro cocido o arcaduz de hierro roñado; reguera que lleve agua aireada y soleada de manantial de cumbre y no de aljibe o de alberca! ¿No ve, lector amigo, todos esos cuitados, menoscabados de seso, empantanados en mandangas, que creen en judíos, masones, brujas, fantasmas, duendes, trasgos o demonios colorados como los que, según fray Z. González, O. P., cardenal —por cuyo texto estudié—, arman los fenómenos espiritistas? Y luego, todo ello viene a degenerar en partidas que discuten incivilmente: ¡a porrazos, martillazos, hozadas, pistoletazos, cristazos...! ¡Y hay desdichado caudillo que moteja de criminal al adversario político! Y se oye la estupidez —¡así!— de la anti-Patria y de la anti-España. Rabia de pseudo-dogmatismo de cabo a rabo, y por el centro, falta de persuasión entrañada y sobra de contraseñas histriónicas. Y estornudos dementales que piden conjuro de: “¡Jesús, María y José!” Y todo ello, ¡en qué chabacanería de lenguaje, válganos Dios! Y ramplonería.

Lo mejor, más fresco y más original de mi mocedad me lo pasé escudriñando los entresijos de nuestra santa guerra civil para haber de comprenderla, que es valorarla alterutralmente. ¿Y a la postre? En el prólogo de la última y recentísima edición de mi Niebla, al comentar el apocalíptico final del Cántico del gallo silvestre, del abismático Leopardi, he dejado dicho lo que se queda cuando todo pasa y se anonada. Y ése puede ser el resultado de esta filosofía social barata. Cuando se acabe el final, fin...

¿Que no he satisfecho a los más? ¡Y qué le vamos a hacer! Yo y los que lean esto. ¿Satisfecho? Ni a mí. Definirse, valorar y tomar partido es más fácil y cómodo que estudiar, comprender y cobrar conciencia. Pero esto segundo nos lleva a la verdadera paz.

Y basta por ahora, que ocasiones vendrán de tener que volver a las andadas. Y perdone el lector estos desahogos; pero ¡le duele a uno tanto este ruedo de incomprensiones partidarias...! ¡Y de conchabanzas! Coronas, flores de lis, gorros frigios, escuadras, haces, yugos, hoces, martillos, escapularios..., amuletos y fetiches. Y dentro..., ¡nada de nada!

sábado, 7 de abril de 2018

Programa de un cursillo de filosofía social barata IV

Ahora (Madrid), 13 de diciembre de 1935

Decíamos que l a concepción —y, por ende, conceptuación— histórica de la Historia se cifra en la guerra, en la lucha no ya por la vida, sino por la conciencia social o civil. Milicia es la vida del hombre sobre la tierra, se ha dicho. Treitschke, el más genuino apóstol y profeta del nacionalismo germánico, dejó dicho que la guerra es la política por excelencia. Y la política es la Historia, o sea la civilización. Y lo de Trotsky de la revolución —la lucha de clases— permanente no quiere decir otra cosa. Aplicado a nuestra historia —civilización— española, aquel Romero Alpuente, aunque acaso un botarate, tuvo el acierto de formular el mismo esclareciente principio al dejar dicho que la guerra civil es un don del cielo. Y pudo añadir que España es un don de la guerra civil, del combate entre las dos Españas —su lado cóncavo y su lado convexo—. Combate que es convivencia, pues convivir —en vida histórica, civil— es com-batirse. Y locura pretender neutralizar ese combate con debates periodísticos, que suelen chorrear memez agriada.

La guerra civil, esto es, entre los más hermanos, entre los que hablan lo mismo, no la guerra animal, de conquista de esclavos o de mercados. No guerras entre naciones o razas distintas, no guerras de imperialismo conquistador, sino guerras que lleven a que una nación se conquiste a sí misma. La triste guerra que los soldados de Hernán Cortés hicieron a los súbditos de Guatimocín, o los de Pizarro a los de Atahualpa, no fueron guerras civiles, civilizadoras. Lo fueron, en cambio, las guerras de independencia de las naciones hispanoamericanas, de los pueblos, ya de criollos y mestizos, que lucharon entre sí —realistas y patriotas— para conquistarse una conciencia civil, histórica, hispánica, que se hablaba a sí misma en castellano. Hidalgo, Bolívar, San Martín pelearon por la conquista espiritual de la máxima Hispania. Y luego cada una de aquellas naciones continuó, en sí misma, la guerra civil. Y aquí, en España, los españoles que de aquellas guerras civiles volvieron acá reanudaron la fecunda guerra civil. Espartero y Maroto se formaron en la América hispánica. Nuestra guerra civil de los siete años —de 1833 a 1840— no acabó, ni pudo ni debió acabar, con el convenio de Vergara. Como la de 1872 a 1876 —la que este filósofo barato de la guerra civil recordó en su Paz en la guerra— no acabó ni pudo ni debió acabar con la restauración de don Alfonso ХП.

Pues ¿qué es eso de anonadar al adversario o de disolverlo? Si una parte —comunión, partido o como quiera llamársela— anonadara a su adversaria, la disolviera, resurgiría ésta en ella misma y con ello la civilizadora guerra civil, don del cielo. En cuanto un combatiente devora al otro lo siente dentro de sí. Los que hemos estudiado con la pasión de la verdad nuestra guerra civil en la forma que tomó en el siglo XIX sabemos cómo alentaba liberalismo en las entrañas del carlismo y alentaba carlismo en las del liberalismo. Y patriotismo en ambas. Sólo a los menoscabados de conciencia histórica, civil, se les ha podido ocurrir esa estupidez de la anti-España. Como a los otros, a los motejados de anti-españoles por los sedicentes tradicionalistas, se les ha podido ocurrir el desatino de acabar con lo inacabable. Y luego, esas consustancialidades —y autenticidades y esencialidades— que figuran en los credos políticos y que recuerdan lo de aquel gran cordobés, el obispo Hosio, el que metió lo de “consustancial” (“homoousios”) en el Símbolo de Nicea, Constitución de la Iglesia Católica. Es fatal el teologismo —o ateologismo, que es igual— de nuestros laicistas, que no laicos. No hay programa sin él, y el programa... es algo dogmático. Y donde falta contrapeso...

Y esta guerra civil, don del cielo, es una verdadera guerra santa y no ninguna de esas otras guerras de conquista externa, de imperialismo territorial, que se emprenden no pocas veces para apartar a los pueblos de la santa guerra civil, íntima, de la conquista de sí mismos. “La guerra santa es, por lo menos entre los pueblos islámicos, una preparación para la muerte”, me decía un estudioso de la mística guerrera mahometana. Y pensé, al oírselo, que la santa guerra civil es una preparación para la muerte por la patria, que lleva a la resurrección en la Historia. En un cielo que es nada menos y nada más que historia, como el paraíso dantesco no es nada menos ni nada más que poesía. E historia no es más ni menos que poesía, esto es, creación, y poesía cuando es verdadera poesía, es historia. Que la verdad de la Historia —como la de la religión— no estriba en la realidad grosera y material de lo que nos dice. Como verdadero consuelo es el que de veras nos consuela, aunque sea engañándonos. Y acaso sólo consuela de veras el engaño, y lo que llaman la verdad objetiva desconsuela y mata. (Aquí no puedo resistir a citar aquello de Browning respecto a la historia-relato, y es: “Aquí la Historia abre tienda; cuenta cómo los hechos pasados se hicieron, así y no de otro modo; hombre, ¡ten la verdad para siempre!; olvida las mentiras anteriores.”)

Y en esta concepción agonística —y agónica— de la Historia se sume la llamada materialista. En la lucha de clases, la lucha lo es todo, y la clase, nada. ¿Motivos de lucha? El instinto —mejor, necesidad— de lucha los inventa. El genio de la especie, que, según Schopenhauer y otros, inventó el amor, ese mismo genio inventó la guerra, hermana del amor. La historia de la civilización es la guerra civil del linaje humano histórico contra sí mismo. Como la vida espiritual del individuo es una guerra íntima contra sí mismo.

“¿Y el fin?, el fin de esa lucha”, se nos dirá. No tiene fin. Su fin es tan inconcebible como su principio. ¿El fin de la Historia? Sería el fin de la conciencia. Sería el trágico, apocalíptico y catastrófico san se acabó. “¡San se acabó!” ¡Terrible santidad de la santa guerra civil! ¡Como no fuera aquel “¡se consumó!” (“tetélestai” o “consummatum est!”) con que se cierra el relato de la Buena Nueva para abrirse el verdadero consuelo histórico cristiano...! ¡Cuánto se han torturado con este pensamiento tantos y tantos consoladores desconsolados e inconsolables! ¿Y quién no es quien para ello?

Todo esto se ha dicho muchas veces; son nociones baratas que el lector puede adquirir a poco precio. El que os las revende aquí ahora se ha preocupado, sobre todo, de la expresión, a ver si, merced a su novedad, logra que se recuerde lo que de puro sabido se olvida. Y como el hombre no se rinde tan aínas a lo que le contraría, no faltará lector que le pregunte a este filósofo barato: “Pero, vamos a ver: usted, señor mío, ¿de qué parte se pone en nuestra guerra civil?” ¡Otra! Sí, lo he dicho ya muchas veces, pero tendré que repetirlo. Y que explicar otra vez mi “alterutralidad” (“alteruter” quiere decir “uno y otro”). Mas de esto, aparte.