jueves, 15 de junio de 2017

Sobre el Buey Apis

El Sol (Madrid), 17 de enero de 1932

Heródoto de Halicarnaso, llamado el padre de la historia ―historia para tan fino escéptico valía por enquesta―, dechado de socarronería y agudeza jónicas ―es decir, de temple liberal―, al narrarnos del loco de Cambises, llega a cuando éste, en un ataque de furia racionalista, mató al buey Apis, ídolo viviente para los egipcios, diciéndoles: “¡Ah, malas cabezas! ¿Semejantes dioses os nacen, de sangre y de carne y a que se hiere con hierro? ¡Digno es de los egipcios tal Dios!” Matóle, y los sacerdotes lo enterraron a hurtadillas.

Y el socarrón de Heródoto comenta la loca insensatez de Cambises, pues tal estima el burlarse de las cosas y usos religiosos. Y añade el jonio: “Pues si alguien propusiese a cualesquiera hombres que eligiesen las mejores costumbres, examinándolas elegiría cada uno las suyas propias, pues piensan que son las mejores. No es, pues, de creer sino que se volvió loco el hombre que de ello se burla.” Y da luego un caso como prueba de su aserto. “Darío ―dice―, al principio de su mando, llamando a unos griegos presentes les preguntó por cuánto querrían comerse a sus padres fallecidos, y ellos le dijeron que no lo harían por nada, y después de esto, llamando a unos indios, por nombre Calatías, que se comen a sus padres, les preguntó delante de los griegos, y por medio de truchimán para que se enterasen de lo dicho, por cuánto dinero consentirían el quemar a fuego a sus padres fallecidos, y ellos, gritando mucho, le mandaron que se callase. Así va todo esto, y me parece que estuvo atinado Píndaro al decir que el Rey de todo es la costumbre.” “Nomos”, la voz griega.

Impiedad para los unos sepultar a los padres en el vientre de los hijos, y ellos los queman; impiedad el quemarlos ―la cremación― para los que se los comen. Y si el socarrón de Heródoto, que así se chanceaba de la locura racionalista de Cambises, viviera hoy en España ―vivió en la Grecia del siglo V antes de Cristo―, tendría no poco que socarrar de las manías católicas y de las anti-católicas, de las racionalistas y de las anti-racionalistas de partidarios de unos u otros enterramientos.

Porque lo de la cremación no es, para los más de los que la propugnan, cuestión de higiene, sino de ir contra lo que estiman una superstición cristiana, la de la resurrección de la carne; es ir contra el sentimiento que llevaba a los antiguos egipcios a momificar sus cadáveres para conservarlos; contra el culto a la muerte. ¿A los antiguos egipcios? ¿Por qué se ha embalsamado, casi momificado, y vuelto a embalsamar al cadáver de Lenin, y se le expone a la adoración ―¡así!― de los fieles bolcheviques, sino porque éstos siguen, quiéranlo o no, fieles a la tradición ortodoxa rusa, y esperan, no siempre a sabiendas, la resurrección carnal del nuevo padrecito de Rusia? Porque esos a quienes el mismo Lenin predicó la concepción materialista de la historia, la de Marx, y les enseñó que la religión, la de Cristo, es el opio del pueblo, están amasando otro opio, tan supersticioso como el pasado, si es que no es el mismo. Que la historia no se corta.

Por otra parte, los que prendieron fuego a la capilla jesuítica de la calle de la Flor no debieron proponerse reducir a ceniza un resto material de San Francisco Javier.

Lo más hondo del razonamiento escéptico y hondamente liberal de Heródoto de Halicarnaso estriba en decir que es abierta locura ir contra las arraigadas ―es decir, radicales― costumbres de un pueblo, por absurdas y disparatadas que nos parezcan, cuando a nadie le estorban la vida, sino más bien se la consuelan, como ocurría con el culto que al buey Apis rendían los egipcios. Y acaso Heródoto presentía que los principios filosóficos racionales de la sabiduría helénica, la socrática, eran otro buey Apis. ¡Pues qué de mitos en la ciencia!

Cuéntase en mi tierra que en una villa guipuzcoana se reunieron antaño unos radicales anti-clericales a ver cómo podrían molestar más al cura, y uno de ellos dijo: “Sinagoga biar degu”; ¡nos hace falta una sinagoga! Mas como ninguno de ellos supiese en qué consiste ella y cómo se establece y funciona, acordaron proponer horno crematorio, no por razones de sanidad y policía urbana, sino por dar en la cabeza al párroco, que, a su vez, imponía ciertos ritos funerarios a los radicales muertos, no más que por dar en la cabeza a los vivos.

De todo lo cual se saca en limpio, conforme a la doctrina liberal ―esto es, escéptica― del padre de la historia, que es locura e insensatez proponerse matar al buey Apis sin esperar a que se muera. Que si se muere, lo más probable, racionalmente pensando, es que no resucite ya; pero si se le mata a hierro, escandalizando a sus fieles, es casi seguro que resucitará en otro buey.

miércoles, 14 de junio de 2017

“Somnia Dei per hispanos”

El Sol (Madrid), 14 de enero de 1932

En aquel tan sugestivo libro The autocrat of the breakfast table (El autócrata de la mesa redonda) ―¡y qué extraño que no se haya traducido ya!― le hacía decir su autor, Oliver Wendell Holmes, al monopolizador conversacionista, esto: “No supondrá usted que las observaciones que hago en esta mesa son como otros tantos sellos de correo, cada uno de los cuales sólo se usa una vez. Y si supone así, se equivoca. Tiene que ser un pobre hombre el que no se repita a sí mismo a menudo. ¡Imagínese al autor de aquella excelente pieza de consejo: ¡Conócete a ti mismo!, sin volver a aludir a ese sentimiento durante todo el curso de una prolongada existencia…! Porque las verdades que un hombre lleva consigo son sus herramientas; ¿y cree usted que un carpintero no tenga que usar el mismo cepillo más que una vez para cepillar una tabla nudosa o tenga que colgar su martillo, después que ha metido su primer clavo? Jamás repetiré una conversación; pero una idea, a menudo. Usaré de los mismos tipos cuando me plazca; pero no, de ordinario, de la misma estereotipia. Un pensamiento es muchas veces original aunque lo haya expresado uno cien veces. Se le ha ocurrido por nuevo camino, por un nuevo y expreso curso de asociaciones.” Y además, añado yo, es en vano que esquivemos repetir ciertas nociones cuando ellas, como ciertos manjares, nos repiten dejándonos su dejo en el paladar del pensamiento. Y sobre todo, cuando se repite la pregunta hay que repetir la respuesta. Así ahora.

Pues me escribe uno de esos mozos de vanguardia sin peso de hisoria, que, forasteros en dondequiera, tiran tan sólo a arrasarlo todo a su propio vacío rasero ―¡claro que de boquilla!―, que la República debe ir a paso de carga, y yo le respondo ―a él, ¡irresponsable!― que no, sino a paso de trilla. ¡Aunque después se pongan a pegar fuego a las parvas! ¡Es tan entretenido!

Invoca, ¡claro!, la revolución. ¡Y dale con ella! Pero yo le pregunto qué quisicosa es ésa de la revolución que tanto traen en boca. ¿Es revolverlo todo? ¿Es volver la tortilla? ¿O es lo que llaman en astronomía revolución, la de los planetas en torno del Sol, la de los satélites en torno de un planeta? En un reloj de bolsillo el segundero va más de prisa que el minutero, y éste más que el horario; pero todos vuelven al mismo punto, cumplen su revolución, y… vuelta a empezar.

¿A paso de carga? ¿A cargar sobre qué? Ni él, mi corresponsal el mozo de vanguardia, lo sabe. Es que se encuentra en un estado de ánimo que podríamos llamar catastrófico, en un tenor revolucionario que no es político, o sea civil, ni ético, o sea moral, ni menos religioso, sino estético; es que sufre de lo que se diría acedía seglar ―correspondiente a la acedía claustral, que tanto torturaba a los ascetas― de tedio civil, o, en una palabra, de aburrimiento. Es el mismo triste estado de ánimo que lleva a tantos a las corridas de toros no más que en acecho de lo que llaman hule. “¡Así no se puede vivir; aquí no pasa nada!” ―decíame uno de esos mocetes. Y es lo que les llevó a quemar conventos a mozalbetes que ninguna enemiga abrigaban contra sus frailes. Una enfermedad del magín; un efecto de la leyenda cinematográfica de la actualidad. Y en el fondo, una falta de formación histórica.

Los más de esos chicos y grandes que hablan de la revolución que está por hacerse en España no saben de lo que se trata. Es aquello de “cuando venga la gorda...” Prim hablaba de destruir en medio del estruendo ―así― todo lo existente, y apenas sí quedó el estruendo. “Se fue para siempre la raza espúrea de los Borbones”, decían; pero en Cartagena ―que está en la misma costa que Sagunto― prepararon los cantonales su vuelta restauradora. Y segunderos, minuteros y horarios se pusieron a dar las horas al paso del Sol, que no se sale del suyo.

Y es por esto por lo que vengo insistiendo y volviendo a insistir en que se críe a la generación nueva en el hondo sentimiento de la historia patria, en el arregosto de la tarea cotidiana, en el consentimiento del lazo que nos une con los que nos han hecho españoles. Porque aquí la historia es historia española, y España es su propia historia, su obra. “Gesta Dei per francos”, los gestos; es decir: las acciones o hazañas de Dios por medio de los francos ―dijeron éstos―. “Somnia Dei per hispanos”, los sueños de Dios por medio de los hispanos ―digamos nosotros―. Y éste será el más profundo sentimiento de la patria y de su historia. ¿Meta última? El gran historiador alemán Ranke solía decir que cada generación está en toque inmediato con la Divinidad. Y es que hay como una visión beatífica civil y mundana, y es la contemplación, la comprensión y el goce de la historia que se está haciendo. Hacer historia es comprenderla y gozar de su comprensión. Y hacer historia es hacer patria y es hacer religión.

Y hasta para ponerse a echar mano a un derribo y desescombro, que no es otra cosa una históricamente inevitable revolución, se debe ir a ella, no por emociones catastróficas, no por holgorio callejero, sino con la alegría del sentido de la responsabilidad histórica. Sentido que nos dice que la verdadera revolución ―diríase que astronómica―, la permanente, va a paso de trilla. Y ¡ay del que, arrastrado por la afición catastrófica, no va sino a salir del paso!

martes, 13 de junio de 2017

Sobre el manifiesto episcopal

El Sol (Madrid), 10 de enero de 1932

El documento que han dirigido a los fieles católicos españoles los obispos de España lo es muy detenidamente pensado y redactado con singular ecuanimidad. Y tienen, sin duda, justicia los obispos cuando protestan contra las limitaciones que se ponen a las Asociaciones religiosas y al derecho de manifestarse los fieles en procesiones religiosas, a la libertad de enseñanza, a que se pueda subvencionar a toda Asociación excepto a las religiosas, y otras protestas así. Como la de que con el hipócrita pretexto del cuarto voto de los jesuitas ―”en lo que tenga de realidad” dice muy bien el episcopado― se pretenda disolver la Compañía de Jesús, la creación española más universal, y sea cual fuere el juicio que ella nos merezca y sin reunir siquiera los argumentos jurídicos que para disolverla reunieron los consejeros del piadosísimo rey Carlos III, consejeros que eran todo menos sectarios.

El manifiesto episcopal es algo sereno, respetuoso y grave. Y con él inician sus firmantes una  “misión” que es muy otra cosa que aquella “cruzada” ―¡término agorero!― que preconizó este mismo episcopado en aquel otro —lamentable— documento con que se abrió, a estímulo de D. Alfonso, la llamada Gran Campaña Social, que él mismo tuvo que atajar. El cambio de los tiempos les ha enseñado a los prelados de la Iglesia Católica Romana de España a ver más claro, aunque no del todo.

La equivocación del episcopado al dirigirse a “la conciencia cristiana del país” estriba, en efecto, en no darse entera cuenta del estado de esta conciencia. Que a la Iglesia Católica Romana pertenezca “la mayoría de los españoles” es una afirmación tan insustancial como la de decir que en tal día España dejó de ser católica. Porque no es lícito contar, para este recuento ―casi apernamiento― de conciencias, como fieles a todos los bautizados bajo la fe del litúrgico “¡volo!” del padrino. Católicos de nacimiento, como republicanos de nacimiento ―o de toda la vida―, no son más que inconcientes cuando no se han hecho luego ellos un credo. Lo que ha producido la situación congojosa y apurada en que hoy se encuentra el catolicismo ortodoxo oficial de España es que sus directores no se daban cuenta de su fuerza ―o mejor, de su debilidad― y procedían a base de esa equivocación. Y ahora comprenderán todo lo desatinado que fue desatarse contra el liberalismo ―que era pecado― cuando es en este pecado, en el del liberalismo, en el que tendrán que buscar su principal apoyo de la parte de fuera.

Hay, por otra parte, en ese documento un párrafo muy significativo, y es aquel que dice: “Ni faltan hombres poco avisados que creen resuelta la crisis religiosa, pensando que con preceptos legales se ha amortizado a Dios y a la Religión en la vida española, y declarando que el catolicismo les es simplemente indiferente.” Porque, en efecto, ningún español con sentido histórico —es decir, avisado— puede decir que le sea indiferente el catolicismo, sentencia tan insustancial, y a la vez insincera, como la de declarar que una nación deje de ser católica por virtud de un sufragio.

A este comentador, por su parte, no le es indiferente ni el catolicismo ni ningún otro credo religioso, anti-religioso, científico, artístico o político. Y si de algo se ha preocupado uno es de escudriñar cuál sea el verdadero sentimiento religioso español. Y le sorprende con qué descuidada ligereza se ponen los unos a declarar que el pueblo español ni es creyente ni siquiera religioso —que se puede serlo sin apenas creencias— y los otros a declarar lo contrario. ¡So… sociólogos!

Llegan días de prueba y de depuración acaso, para la Iglesia Católica Romana de España, días en que tendrá que renunciar a insensatas “cruzadas” para dedicarse a su “misión” propia, que es, en su máxima parte, obra de españolidad. Y los que sentimos la religiosidad española, sean cuales fueren nuestras íntimas creencias o descreencias, no podemos menos que consentir en esa obra de  confortamiento de la unidad patria. Que lo de unidad católica, esto es: universal, tiene un sentido más hondo que el que le da la ortodoxia romana. Ni depende de un credo dogmático ortodoxo. Hasta los dudadores profesionales —avistando a las veces la desesperanza, y hasta la desesperación— ponemos sobra toda duda y sobre toda negación la necesidad espiritual de una unidad de anhelo, que querer a Dios sobre todas las cosas es querer Dios sobre todo. Y otro día os comentaré este nuevo lema: “Somnia Dei per hispanos”. Que también es sueño la vida eterna.

Y en cuanto a los jesuitas, su error —¡uno de tantos!— ha sido el de creerse, fiándose de la leyenda que les han hecho sus poco avisados adversarios sistemáticos, con una fuerza y arraigo de que carecen. “¿Jesuita y se ahorca? ¡Su cuenta le tendrá!” —decían los otros ingenuos hermanitos —los del triángulo―, y con ello los ingenuos jesuitas se dieron a ahorcarse creyendo que les traía cuenta. Aquel folleto que en propia defensa publicaron y que comentamos en estas mismas columnas prueba cuán equivocados se hallan respecto a su crédito, a su influencia y a su obra los sucesores —degenerados— de aquellos dos máximos espíritus vascos que fueron Íñigo de Loyola y Francisco Xavier. Los de hoy apenas si cuentan algo en la cultura española. Es la persecución con que se les amenaza —otra inútil y absurda ley de Defensa de la República— lo que les empieza a dar alguna importancia.

lunes, 12 de junio de 2017

Día de reyes, día de magos

El Sol (Madrid), 6 de enero de 1932

El 6 de enero, día de reyes. Pero en rigor no es así, sino día de magos. La Iglesia católica romana celebra la festividad de la epifanía, de la aparición o mostración del niño Jesús, aun no rey ―no lo fue hasta su muerte en cruz―, a los magos. Magos y no reyes les llama el Evangelio. Los magos no eran, por ello sólo, reyes. Mas ¿por qué la leyenda, la tradición popular ha hecho de los tres magos de Oriente tres reyes y el uno negro? Porque el mago, sacerdote, era un rey de la palabra, pues con ella regía a los hombres y hasta las cosas.

La magia, el conjuro, era el poder creador y curador, restaurador, de la palabra. La palabra hacía cosas. Y de la magia, el lenguaje creador, nació la religión. (Véase la teoría de Pierre Janet sobre el origen del lenguaje.) El centurión del Evangelio, cuando va en Capernaum a decirle a Jesús que le cure a un su criado, y Jesús le dice que irá y le sanará, aquel le responde que no es digno de que entre bajo su techado, sino que basta que diga una palabra para sanarle, pues “soy hombre bajo autoridad ―añade―, y tengo bajo de mí soldados, y digo a éste: ¡Ve!, y va, y al otro: ¡Ven!, y viene, y a mi siervo: ¡Haz esto!, y lo hace”. Y el Cristo se maravilló de la fe que en la magia, en el poder misterioso de la palabra, tenía el centurión. Y el Cristo mismo se nos aparece como un mago que rige sólo con la magia de su palabra. Con un: “¡Lázaro, acá, afuera!” se cuenta que le sacó de la tumba en que yacía muerto. Y su Padre, el Dios cristiano, se dice que con una mágica frase: “¡Sea la luz!”, hizo la luz, pues decir es hacer. Y dijo también: “Hagamos al hombre”… así, en conversación consigo mismo, en diálogo, pues conversación, diálogo ―y diálogo dialéctico―, es la historia humana que el Señor discurre. ¿Es, pues, extraño que de los magos, magos de la palabra, se hiciera reyes, reyes de las cosas? Pero el mago no era propiamente un rey, en el bajo sentido político.

El rey, por otra parte, podía ser un mago. En nombre del rey se ordenaba la ciudad; de real orden. La palabra real era un conjuro. Y conjuro es cosa de magia. Ese conjuro que sigue rigiendo como medio y como remedio curativo en nuestros campos. Y es curioso que la voz popular “mego” ―muy usada en gallego: “meigo”―, blando, suave, apacible, tanto puede provenir de “magicus”, como se supone, como de “medicus”. O de las dos. La magia es la medicina y a la vez la religión popular campesina, la de conjuros, ensalmos y encantamientos.

La fiesta popular de reyes no es, pues, una fiesta especialmente monárquica, sino mágica. El aguinaldo es un presente mágico, de conjuro. Y los que iban a esperar a los reyes, a los magos, iban a esperar salud, sanidad. Jesús, el mago galileo, adorado de niño en Belén por los magos, se hizo, por su muerte en cruz, Cristo rey.

¿Y ahora? Todo sigue igual; la leyenda se anuda. La República aparece tan mágica como la realeza. Y hay quienes de ella aguardan aguinaldos. ¿Qué les echará en los zapatitos nuevos? ¿O es que a la magia, al conjuro, al fetichismo o hechicería ―pues “fetiche” es voz que tomamos del francés, y éste a su vez la tomó del portugués “feitiço”, pareja a nuestro “hechizo”― monárquicos, no han sucedido acaso la magia, el conjuro, la hechicería y fetichismo republicanos? La festividad tradicional del día de magos, de la epifanía de la palabra redentora, resulta, por lo tanto, tan republicana como monárquica. Es la festividad del poder mágico, milagroso, de la palabra, de la aparición del verbo. Y si no, no hay sino observar el poderío mágico, hechiceril, que muchoa atribuyen al nombre de República, nombre de ensalmo y encantamiento, y todo el fetichismo que de esta atribución mística y mítica deriva.

Uno quisiera que ese poder mágico, de conjuro, ensalmo y encantamiento, de hechicería patria, se atribuyese, no al nombre de monarquía o de rey, ni al de república, que son comunes, sino al santo nombre de España, que es propio. Porque ha habido y aun hay muchos reyes y muchas repúblicas; pero no ha habido ni hay más que una sola España. Y es de leer en la Estoria de Espanna que mandó componer el rey Alfonso el Sabio y se continuó bajo su hijo Sancho IV en 1289, aquel loor de nuestra España, la de aquel entonces y la de otros entonces, “segura e bastida de castiellos…, engennosa, atrevuda e mucho esforçada en lid…, affincada en estudio, palaciana en palabras”… Y acaba: “Ay, Espanna, non a lengua ni engenno que pueda contar tu bien.”

¿Por qué se trastornó aquella lengua palaciana, engañosa ―restauremos la vieja palabra que dejó caer luego el ingenio cultilatiniparlante― mega o mágica de tiempos del rey mago Alfonso X, el que hizo ordenar las Partidas, aquella lengua del XIII que entonó tales loores al nombre conjurador y encantador y ensalmador de España?

Alfonso el Sabio sigue, como rey, rigiendo a España, porque fue un mago que nos dejó obras de palabra creadora y recreadora, sanadora y restauradora. Que sólo la obra mágica, milagrera, de la palabra ―raíz de la cosa― resiste al embate de los siglos. Y esa obra mágica, milagrera, se debe al conjuro, al ensalmo, al encanto de España.

Día de magos; día de reyes.

domingo, 11 de junio de 2017

Al lector anónimo y solitario

El Sol (Madrid), 2 de enero de 1932

Tiene usted razón, mucha razón, en lo que me dice usted en su anónimo, desconocido lector; ése como otros comentarios lo escribí para usted, expresamente para usted, hombre de su casa y no de la calle, solitario y no miembro de una muchedumbre de reunión pública. Sí, tiene usted razón; a las veces quiero hacer de esto no tribuna, no púlpito, sino gabinetes de confidencias, confesionario. ¿Monólogos? ¡Ah!, no, sino diálogos, diálogos con lectores como usted, pues oigo en mí, dentro de mí, como usted me responde ―no sólo me contesta― y me corresponde. ¡Nos conocemos tan bien!…

Cuando ha empezado a difundirse eso del radio, he pensado alguna vez en poder utilizarlo para dirigirme, no a una masa, no a un montón de unos miles de personas formando lo que se lama un público, sino a cada uno de ellos, tomado separadamente, en su hogar, aislado de los otros y libre del sentimiento rebañego de la muchedumbre. Es decir, no en un mitín. (Y entre paréntesis he de decirle que un amigo mío, rimador de sonetos, propone que el vocablo inglés “meeting” lo demos por “metingue”, que tiene la ventaja de rimar con pringue y con potingue, sin contar extingue). Seguro de que así haría más y mejor opinión o conciencia pública.

Lo sé, sí, lo sé,; sé que se toma muchas veces por neutro al ciudadano solitario, al hombre de su casa, que con actos oscuros, cotidianos, contribuye al curso de la historia. Y sé cuán lejos de la neutralidad se halla esa solitariedad. Basta recordar aquellas maravillosas elecciones municipales del 12 de abril, que tanto sorprendieron a los que no creen más que en el hombre bullanguero de la calle, en el hombre muchedumbroso. Y sé que esos hombres desconocidos son los que nos han traído el cambio. ¿Y ahora? Fue después proclamada y aclamada la República; pero muy luego se acalló el clamor, y hoy lo que se oye es cierto reclamo de una Dios sabrá qué revolución, pues no lo saben los que la declaman. Y con ustedes, los solitarios, nadie apenas cuenta. Nadie cuenta con su solitariedad, que no es precisamente soledad, pues no es la soledad del desierto la solitariedad de un monasterio, de un convento de “monachos”, monjes o solitarios. ¿Y no tiene España mucho de un monasterio laico?

Tiene usted también razón en lo que me dice comentando lo que me dice comentando lo que dije en Málaga acerca de la comunión de los héroes en la historia perdurable en comparación con el dogma católico romano de la comunión de los santos en la vida perdurable. Hay en la historia que se hace en el tiempo, pero queda hecha en la eternidad de la idea, una comunión de los héroes, los más de los cuales son anónimos y desconocidos. Hablaba yo en Málaga de Torrijos, y decía que vivió y obró en una tradición, en la tradición liberal, constitucional, que viene desde los Comuneros de Villalar hasta los conjurados de Jaca; desde Padilla, Bravo y Maldonado hasta Galán y García Hernández, y pude haber añadido que así como el fusilamiento de Torrijos por orden de Fernando VII contribuyó a determinar el cambio político ocurrido a la muerte del déspota, así el fusilamiento de los de Jaca por orden del biznieto suyo fue lo que más contribuyó a la caída de éste. Y así como hay una comunión de los héroes, los más anónimos, en la historia ya hecha y eternizada, hay una comunión de los solitarios, de los ciudadanos de su casa, en la historia que se está haciendo, que se está eternizando.

Ha sido, señor mío, mi fe ―mi fe y mi esperanza― en esa comunidad silenciosa y desparramada de ciudadanos solitarios que no forman partido, que no se matriculan o enmadrigueran en ningún Comité, lo que me ha hecho prever con claridad el curso que habría de tomar nuestra historia española. Es lo que en el destierro fronterizo me hacía confiar en la eficacia de las voces que daba, pues no eran murallas rocosas de Jericó lo que había que abatir, sino bambalinas de papel de una Corte desmantelada. Confié en la mocedad estudiantil, en la juventud escolar; confié en los hombres que, como usted, mi desconocido lector, no se apuntan en ningún partido, pero no por eso se escabullen de la historia. Y tienen justicia los que aseguran que ellos nos han traído esto.

Usted, señor mío, y los hombres como usted que me rinden la confianza de oírme cuando dialogo conmigo mismo, no me han pedido nunca que les recomiende para cargo alguno, no me piden sino con su atento silencio, con su silenciosa atención ―dispénseme el giro― que les ayude a rumiar la historia que nos va quedando. Y sé que me perdonará que insista tanto en esto de la historia, que es mi estribillo favorito.

Profesor de historia e historiador fue aquel inolvidable Emilio Castelar, cuya frente broncínea suelo ver brillar al sol de Castilla cuando paso por el paseo de la Castellana, y veo erguida su diestra en ademán más profético que oratorio, aquel repúblico del 3 de enero de 1874, el que luego, en la Restauración, formuló el posibilismo que es el historicismo, y con ello preparó al pueblo español para el último cambio de postura constitucional.

¿Derecha? ¿Izquierda? Sé que usted, mi desconocido lector solitario, no es ni diestro ni zurdo, sino maniego. Y sé que usted no busca programas, sino informaciones. Y que le ayuden a sentirse y consentirse en España.

sábado, 10 de junio de 2017

Geometría política

Heraldo de Aragón (Zaragoza), 1 de enero de 1932

Si se le pone a un sujeto en un terreno bien llano con los ojos vendados y se le dice que marche en línea recta, discurre una muy amplia curva o hacia la derecha o hacia la izquierda, siempre el mismo sujeto al mismo lado. A los que tiran, inconcientemente, a la derecha se les llama dextrógiros, y a los que tiran a la izquierda, levógiros, términos tomados de la química. Como también cuando, de ojos cerrados le va cogiendo a uno el sueño, se le coge a él ya recostándose del lado del corazón, la izquierda, ya del lado del hígado, la derecha, y muy pocos, que luego suelen ronzar, cara arriba. ¿Dependerá esto de lo que los antiguos médicos ―físicos se decían a sí mismos― llamaban humores o temperamentos? Sanguíneo, bilioso, melancólico y flemático según Galeno. En todo caso, lo de tirar a la izquierda o a la derecha nada tiene que ver con la geometría sino con la fisiología o si se quiere con la humorística. Y tal vez con la peculiaridad de los zurdos y de los maniegos o ambidextros como por otro nombre se les llama.

En geometría pura, que es razón, que es matemática, que es ideología, no hay derecha ni izquierda, como no hay arriba ni abajo, delante ni detrás: No hay ni puede haber ideología levógira, izquierdista, ni dextrógira, derechista. Y además, ¿cuál es la izquierda o la derecha de un objeto? Es como cuando se habla del sentido del reló. Tal como le miramos va a la derecha desde las 9 a las 3, luego, desde las 3 a las 9, a la izquierda. Pero mirándole del otro lado la cosa cambia. Como en el mapa en que se dice que el Norte está hacia arriba, el Sur hacia abajo, el Este a la derecha y el Oeste a la izquierda. Lo que viene de la mala costumbre de no enseñar a los niños geografía en mapas horizontales y mudos.

Trasládese todo esto a la política y se verá que no es matemático, que no es ideológico, que no es racional hablar de programas de izquierda y de derecha. Como es otra irracionalidad decir de más avanzado o más retrogrado. ¿Por qué la izquierda ha de ser más avanzada que la derecha?  Todo eso es temperamental o humorístico, tal como ser optimista o pesimista. Y esos temperamentos políticos se manifiestan cuando se le vendan a un sujeto los ojos o cuando los cierra al ir a dormirse, esto es a no pensar, a lo más soñar.

“Nadie entre aquí sin saber geometría”, dicen que ponían los platónicos en sus escuelas. Y eso habrá que poner en las escuelas de política. Y así a nadie se le ocurrirá el desatino de pensar qué es de izquierda y qué es de derecha, si el individualismo ―su extremo el anarquismo― o el socialismo ―su extremo el comunismo―, si el federalismo o el unitarismo, si el liberalismo o el democratismo. Y tan absurdo como lo de la izquierda es lo de radical. Otro término que no quiere decir nada claro y preciso. Adscribirse al izquierdismo o al derechismo, al radicalismo o al moderantismo es cerrar los ojos y renunciar al discurso racional, geométrico.

Triste cosa tener que repetir de vez en cuando estas nociones tan elementales y obvias, pero ¿qué se quiere donde se llega a bachiller sin distinguir una hipérbola de una parábola, y sin saber construir un cuadrado de área triple, quíntuple, séxtuple, etc., de otro, y eso que se le enseñó al aire el teorema de Pitágoras? Y sin noción clara de la línea recta, indefinible como es indemostrable el postulado de Euclides.

¡Y qué peligroso es discutir de política en dialéctica geométrica, matemática racional! Desde joven cobré la habilidad de leer y escribir de abajo arriba, o sea con las letras vueltas en tal sentido, y también de leer y escribir al través ―lo que los ingleses llaman mirrorwriting― como escriben los litógrafos o como para que pueda leerse al trasluz. Esto me ha enseñado a mirar las cosas de todos lados, en cualquier posición y a percatarme de que b, d, p, q, son, geométricamente, la misma letra y sus diferencias sólo de posición.; basta hacerla de alambre y ponerla en una u otra postura. Pero esto resulta una habilidad desdichada cuando hay que tratar con gentes que no ven así, en pura geometría. Como es otra habilidad desdichada la de llegar en fuerza del estudio del lenguaje, de filología, a escribir con precisión, porque ésta, la precisión, suele resultarle al lector perezosos oscuridad. ¿Está claro? Por lo cual no estaría de más que nuestra juventud se dedicara un poco más y mejor a estudiar geometría y filología para no caer en los camelos políticos del izquierdismo, el derechismo, el radicalismo, el reaccionarismo y otras vaciedades por el estilo para uso de durmientes.

Madrid, diciembre de 1931.

viernes, 9 de junio de 2017

Iberia es España

Heraldo de Aragón (Zaragoza), 11 de octubre de 1931

Raza es una palabra lo más probablemente de origen español y que de nuestra lengua pasó a todas las demás europeas en que hoy se usa. Es hermana melliza de “raya” y significa, en rigor, lo mismo que esta. Aun hoy se llama aquí, en Castilla al menos, una “raza de sol” a la que se filtra por el resquicio de una puerta o ventana, y los tejedores llaman raza a la hebra continua de un tejido. Raza, pues, equivale a línea y en el sentido genealógico a linaje, que a su vez deriva de línea. Y en el fondo de estas denominaciones late el concepto de continuidad. Y la continuidad, en lo humano, es la historia, aunque en lo meramente animal pueda ser otra cosa.

Una raza animal, de caballos, de toros, de carneros, de puercos, etc., puede determinarse por caracteres meramente corporales, somáticos, porque los animales no tienen historia propiamente dicha, que es cosa del espíritu. Pero una raza histórica se determina por la continuidad histórica. Claro está que, siendo el hombre un animal, hay en el género humano razas animales, las de blancos, negros, bronceados, pieles rojas, amarillos, etc., pero no les falta razón a los negros y mulatos de Haití que, por pensar y sentir en francés, se dicen de raza latina. Y de raza española era el indio mejicano, Benito Juárez, que en español pensó y sintió su Méjico, y de raza española era el mestizo de tagalo y chino José Rizal, que en español se despidió en un canto inmortal de su Filipinas “dolor de mis dolores”, “perla del mar de Oriente, nuestro perdido Edén” que dijo.

¿Raza española? Sí, producto de una continuidad histórica espiritual, raza que está siempre haciéndose como está siempre haciéndose su exponente supremo, el idioma, este idioma español que se está haciendo, se está integrando continuamente, como se hacen y se integran los ríos, por sus afluentes, hasta que van a perderse o a otro mayor río o a la mar, madre e hija de todos ellos. Así se está haciendo el Ebro, que desde cumbres cantábricas castellanas, atravesando navas navarras, va a renacen en la mar levantina, catalana y valenciana. El Ebro ―Íber de los griegos, Iberus de los latinos―, de donde se hizo Iberia.

¿Y por qué hay quienes, con recelosa falta de sentido histórico, sustituyen a España por Iberia y se imaginan que naciones ibéricas es otra cosa que naciones españolas? ¿Es por halagar o atraer a los portugueses?Pero los portugueses cultos ―y los incultos en ninguna parte cuentan― saben muy bien que Hispania incluía a Portugal tanto como Iberia. Y en rigor ríos españoles, el Miño, el Duero, el Tajo, el Guadiana, unen a Portugal con España ―la que hoy llamamos así―, mientras el Ebro, el que dio nombre a Iberia, corre lejos de Portugal uniendo a Castilla, Navarra y Aragón con Cataluña. El Ebro es el río de la unidad que forjaron los Reyes Católicos. El Ebro es el río, además, alimentado por una parte por esos Pirineos de donde bajaron los almogávares, tanto aragoneses como catalanes, que se lanzaron a la conquista del Ducado de Atenas. Y la gran cuenca histórica, la concha histórica de aquel imperio, es la cuenca del Ebro.

Aun en los Altos Pirineos, en los Centrales, se conservan dialectos aragoneses, el cheso, el benasqués, el grausino, el estadillano… después que la esencia íntima, el jugo entrañado del romance aragonés fue a fundirse en el romance castellano, enriqueciéndolo. Con lo que, en vez de perder, ganó en personalidad Aragón, que la tiene tan fuerte y destacada como la región que más se jacte de ello. Personalidad integral y no diferencial. Y conviene recordar que aquellos Borjas ―en Roma Borgias― de linaje aragonés trasplantado a Valencia ―como el de Blasco Ibáñez― no hablaban propiamente valenciano, sino aragonés, que entonces ya se confundía casi con el castellano. Así Alejandro VI, así César, espíritus imperiales.

Lo mismo da, pues, España que Iberia siempre que se entienda una unidad que es la que ha hecho la nación, la que está rehaciendo la renación. Porque frente al hecho diferencial, siempre mezquino y pobre, está lo que se está haciendo, el quehacer, integral.

En el capítulo III del cuarto Evangelio, el llamado de San Juan, se nos cuenta la visita nocturna que el fariseo Nicodemo hizo a Jesús, y cómo éste le dijo que no podría ver el reino de los cielos si no nacía de nuevo, si no renacía. Y al decirle Nicodemo al divino Maestro cómo era que pudiese volver a nacer no entrando otra vez en el vientre materno, Jesús le respondio: “Si alguien no se engendra de agua y de espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. Y así España o Iberia. Tiene que renacer de agua y de espíritu, de ríos materiales y de ríos espirituales. De ríos físicos, materiales, cuyas aguas se recogen ya en saltos de empuje dinámico, ya en remansos y pantanos para riegos, y de ríos espirituales que también se encauzan y se recogen en saltos de empuje, muchas veces revolucionario, o se remansan en pantanos vivos para riego de las almas sedientas de ideal. De agua y de espíritu tiene que renacer la que llamo la renación española. O ibérica, me es igual.

Y ahí, en Aragón, tiene el pueblo español dos ríos padres ―mejor sería llamarles madres―, el Ebro, de cuya cuenca vive gran parte de la española Cataluña, la de tierra adentro, el Ebro que engarza Castilla, Navarra, Aragón y Cataluña, y ahí en Aragón tiene el pueblo español otro gran río, el romance español ―castellano, leonés, aragonés, andaluz, etc.― en cuya cuenca hay que recoger embalses de espíritu para enriquecimiento integral de las almas sedientas de universalidad española. Este nuestro romance que por nuestros grandes ríos ibéricos, españoles, se fue a la mar, y de la mar a América, que despertó a la historia humana universal al oír esta voz de imperio: “¡Tierra!”.

“¡Mi tierra!”, decimos con el corazón estremecido. Digamos también: “¡Mi agua!”, “¡mi espíritu!”. “¡Mi río español!”, “¡mi romance español!”. Y todo esto, aragoneses de España, españoles de Aragón, lo he sentido contemplando desde el Almanzor, vértebra cervical de Gredos, espinazo de Iberia, las cuencas del Duero y del Tajo, meollos de Iberia que es España.