lunes, 25 de diciembre de 2017

El juego del sacapón

Ahora (Madrid), 18 de mayo de 1934

¿Qué es la discusión del Presupuesto del Estado sino el juego de la perinola? O del sacapón, como se le llamaba en la —no el— Bilbao de mi niñez. En sus cuatro caras tenía la perinola S. P. T. D., iniciales —ahora en moda— de “saca”, “pon”, “toma” y “deja”, pues según la cara que quedase encima se sacaba o ponía parte de la puesta o se tomaba o dejaba toda ella. Y esto se hace discutiendo en Cortes el Presupuesto del Estado. Y ellas, las Cortes, nacieron del juego del sacapón regio, del chalaneo y regateo de arbitrios al rey. Lo demás de la vida pública, hasta, en rigor, la justicia, estaba fuera de ellas. Y todo ese juego ¿para qué?; ¿para qué el Presupuesto? ¿Para las necesidades materiales y espirituales, temporales y eternas del pueblo?

¿Las primeras necesidades del pueblo? Comer, beber, dormir, calentarse, abrigarse, reproducirse... Y, sobre todo, divertirse, que es lo de más primera necesidad. Divertirse es consolarse de haber tenido que nacer. Divertirse es pervivir y es revivir. Cierto es también que el pueblo se divierte a comer, a beber, a reproducirse, que no sólo hacen todo esto para conservarse y conservar la casta. “¡Creced y multiplicaos!” Y duermen para soñar, más que sea sin saberlo. La diversión es arte y es religión. Una capea o una procesión, una comedia —mejor de magia— o una misa, un baile o un funeral, ¿qué más da?

Lo otro, lo propiamente civil, lo propiamente político, lo del Estado, lo de la cultura no se le daba mucho al pueblo. Lo que éste quiere es no tener que pagar y divertirse, material y espiritualmente, temporal y eternamente; matar el tiempo y matar la eternidad, a su modo de soñarlos. ¿Qué se le daba al pueblo de Castilla, en su edad llamada de oro, de la política universal, católica, del primer Habsburgo español, del hijo de la Loca y del Hermoso, del nieto de los Reyes por excelencia Católicos? Esa política no la sintió el pueblo, y por eso en las Cortes, en el juego del sacapón, se opusieron al César de Yuste. Y de aquí la lucha de los Comuneros.

¡Las Cortes! “Cúmplase la voluntad nacional”, decía Espartero. ¡La voluntad nacional o popular! Pero ¿es que la nación, el pueblo tienen voluntad? No tiene voluntad quien no tiene pensamiento. Querer es pensar, y pensar es querer. Se quiere con conceptos, esto es, con palabras, y no con sensaciones inarticuladas. El que atiende, el que se fija, el que sabe, ése es el que quiere. No quiere el que no sabe lo que quiere, y no sabe lo que quiere el que no quiere, el que no sabe saber. Querer es esfuerzo que da fuerza. La diferencia que va de ver a mirar, de oír a escuchar, de oler a olfatear o husmear, de saber —“me sabe mal este manjar”— a gustar, de sentir a palpar o tocar, esa misma diferencia va de hablar a decir. Si es que cabe un mero ver, oír, oler, saber, sentir y hablar sin algo de mirar, escuchar, husmear, gustar, palpar y decir... ¡Pero en Cortes se habla tanto, sin decir casi nada! Se parla, que por eso es parlamento… “¡Ganas de hablar!” ¡Qué atinada frase! Ganas y no voluntad o querer. El querer es decir. “Quiero decir...”, me dice uno. Y yo a él: “Me interesa más lo que usted dice sin querer; ¡hable!” Y que tome la palabra.

(Y, entre paréntesis, ¡si supiera el lector el esfuerzo, la voluntad, el querer que hay que poner en estos análisis verbales; lo que cuesta tener que pensar para librarse del pensamiento, para llegar al verdadero libre pensamiento!)

¡Voluntad popular, pensamiento popular! Y le daban al espigoncillo del sacapón, de la perinola, para ver si caía en T, “toma”, para no darle al César los recursos que pidiera para sus conquistas africanas. Pues ¿qué se les daba a ellos de tales conquistas? Bien se estaban los moros en su Morería desde que se les echó de España.

¿Política universal, católica?, ¿civilización?, ¿historia? ¡Capea y procesión, comedia y misa, baile y funeral! ¿Y después? ¿Lo otro, la mística? ¿Contemplación infusa, visión beatífica? ¡Darse de corazonadas contra el murallón del vacío!... “¿Qué es esto comparado con la eternidad?”, dice el cuitado. ¿Eternidad? Hay pueblos salvajes que no cuentan arriba de los dedos de una mano, y si se les fuerza a imaginarse más se quedan embaídos o les da un soponcio. Y así a todos si se hostiga mucho a la loca de la casa. Trate el lector de imaginarse, de nombrar siquiera, una cantidad de siglos de luz, representada por la unidad seguida de un millón de ceros y elevada a otra tanta potencia. Y aun no es nada. Un millón de ceros es como un solo cero; la eternidad es un momento que pasa y se queda en... nada. Esa eternidad de la “vida perdurable” del Credo es como la eternidad pasada, prenatal, el nirvana. No cosa de razonar, ni de discurrir, ni de creer; cosa de soñar y no poder imaginar. “El hombre, sueño de una sombra”, dejó dicho para siempre —para ahora— Píndaro. Y sombra de un sueño.

Y vienen los otros, los del otro opio, los de la sociedad futura, vida terrenal de justicia social y reparto equitativo. Y de hastío aún mayor. Los pobres monjes medievales que en sus celdas se daban de corazonadas contra el murallón del vacío, del abismo místico, sufrían la tortura de la acedía. ¿Y la venidera acedía ciudadana? “¡No hay que pensar más que en esta vida!” Claro, como que no cabe pensar —pensar, ¿eh?— en otra. Y la tragedia es no poder librarse del pensamiento. ¡Pobres que no saben contradecirse! Racionalistas jesuíticos o racionalistas masónicos: empate.

¡Y cuando vuelve uno la atención a aquellas irrecordables sesiones de Cortes en que se discutían enmiendas al Presupuesto!... Irrecordables, que no cabe recordar lo que no se nos quedó. Las sesiones del juego del sacapón no suelen ser solemnes, patrióticas. Estas son las de diversión artística, sin que su arte alcance religiosidad. A pesar del entono de himnos a la Patria. Sesiones también irrecordables. ¿Quién se acuerda de aquellas en que se entonaron himnos a una victoria? Como de aquellas para las que el César de Yuste pedía contribución a las Cortes. Pero ¡qué poco sentían los Comuneros lo que se ha llamado misión católica de España! Les vino bien, sí, lo de Flandes y lo de América, pero porque dio salida al sobrante de población; proceso malthusiano. Como lo era el de aquellos pobres monjes y monjas que se encerraban en el claustro a bregar con la acedía al hundirse en la contemplación. Soldados o monjes. Y si Íñigo, estropeada su pierna en Pamplona, no hubiera tenido que dejar el servicio del rey, ¿se habría puesto a luchar, en milicia eclesiástica, contra la Reforma? A él, a Íñigo, le cayó el sacapón en D., “deja”.

No, no, que no se nos vengan con eso de la misión católica de España ni de la contraria. ¿Que el pueblo no siente la religión? Sí, la laica, la popular, la de diversión espiritual: procesión que es capea, misa que es comedia, funeral que es baile y comilona. O manifestación comunista, luego fajista.

Adéntrate, lector, en esta contemplación de esencias, de verdaderas esencias. ¿Que ello incapacita para la acción? ¡Mentira! ¡Santa acción de la palabra, querer de entender, limpieza de ánimo, claridad de mente! Y ver, oír, saber, oler y sentir a España; ver sus montañas y sus valles y sus costas; oír sus brisas por las hojas y los arrullos de sus tórtolas; saber sus frutos, su pan y su vino; oler sus flores; sentir bajo los pies sus rocas y sus yerbas... Y comprender, sin tener que imaginarse ni la vida perdurable ni la sociedad venidera, al apretar el desconsuelo en el cogollo del corazón, la capea y la procesión, la comedia y la misa, la comilona y el funeral... Esto es auténtico laicismo.

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Al ir a mandar a las cajas este Comentario acabo de leer, estremecido, el São Paulo, que en portugués ha dado mi Teixeira de Pascoaes, y que creo el más grande acontecimiento de la actual espiritualidad religiosa ibérica, un acto de nuestra profunda revolución. He de dedicarle en seguida algo de la mucha y larga atención que merece. ¿Y estará, mi Pascoaes, enterrado San Pablo —no Santiago— en España?

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